jueves, 2 de abril de 2026

Un viaje no tan histórico

¿Descubrir América por segunda vez sería algo histórico? Lo que realmente cambió la historia fue la primera vez que los europeos descubrieron un continente en medio del océano Atlántico cuando pensaban que allí no había nada porque creían que el mundo era más pequeño y podrían ir a Asia navegando hacia el Oeste. Esa era la idea que impulsó a Cristóbal Colón descubrir América, una gesta histórica porque nunca antes se había realizado.

La NASA, en cambio, pretende que el despegue del cohete SLS que tiene como misión enviar cuatro astronautas a un viaje de ida y vuelta a la Luna, sin alunizar, sea un acontecimiento histórico… en los últimos cincuenta años, cuando al satélite ya han llegado hasta en nueve ocasiones con el Proyecto Apolo, desde 1968 hasta 1972.

Lo histórico en astronáutica fue cuando un ser humano orbitó por primera vez la Luna (Apolo 8, 1968) y puso los pies sobre ella (Apolo 11, 1969). Lo que va a hacer la Misión Artemisa II, que partió esta medianoche (hora de España) desde Cabo Cañaveral, es repetir el vuelo del Apolo 8 al cabo de cincuenta años. Y repetir lo que ya se ha hecho no es algo histórico. Es, en todo caso, ampliar una aventura que se interrumpió por cuestiones ajenas a la exploración espacial y a los objetivos científicos que deberían animarla.

No obstante, es evidente que existen avances que diferencian los programas Artemisa y Apolo. La principal de ellas es que habrá una mujer, una persona afroamericana y un ciudadano no norteamericano (canadiense) entre los astronautas de esta primera misión tripulada, como reflejo de la sociedad plural que, en teoría, existe en la actualidad.

Otra diferencia es la distancia que recorrerá la cápsula Orón de Artemis II en su viaje a la Luna, pues la órbita que describirá sobre el lado oculto será muy alejada de la superficie lunar. Es por ello que se superará el récord de distancia desde la Tierra alcanzado por un ser humano, establecido anteriormente por el Apolo 13 en 400.171 kilómetros.

También hay que destacar que la comunicación y las retransmisiones han avanzado considerablemente, como cabía esperar. Esta vez las imágenes no estarán limitadas, sino que se ofrecerá cobertura casi continua y en tiempo real, gracias a una red global, con estaciones en distintos continentes, gestionada por Jet Propulsion Laboratory (JPL), un centro tecnológico de investigación y desarrollo que opera bajo contrato con la NASA.

Otra diferencia notable es el tamaño de la nave Orión, diseñada para transportar cuatro astronautas, en vez de tres de las Apolo, y dos juegos de trajes espaciales, concebidos para distintas fases del vuelo, que proporcionarán protección vital en caso de emergencia. De hecho, el módulo Orión es un espacio altamente optimizado en el que hasta seis astronautas pueden vivir y trabajar durante semanas. Está lleno de sistemas digitales, pantallas táctiles y automatismos avanzados. Reproduce en su interior, con una atmósfera perfectamente regulada, unas condiciones similares a las de la Tierra para facilitar largas estancias. Está acoplada al módulo de servicio, construido por Airbus, donde se alojan los tanques de gases respirables, el sistema de propulsión principal y los paneles solares que abastecen de electricidad a todo el conjunto.

Y, por último, el objetivo de la misión, que no es otro que contribuir a la preparación de futuras expediciones a la Luna que explorarán regiones poco estudiadas, incluida la cara oculta y el polo sur lunar, donde se busca evidencia de hielo de agua, necesaria para cualquier proyecto de estación permanente en el satélite.

Pero más allá de las diferencias técnicas y funcionales de ambos proyectos (Apolo y Artemisa), existen similitudes especulares entre las causas y objetivos de una carrera espacial que sirven de base a todas las iniciativas astronáuticas emprendidas hasta la fecha. Y el primero de esas similitudes es la competición tecnológica entre las grandes potencias. El Apolo competía con la antigua Unión Soviética por ser los primeros en llevar un hombre a la Luna. Y Artemisa se enmarca en el enfrentamiento geoestratégico actual con China, que planea que dos astronautas chinos pisen la Luna antes de 2030. Ambos proyectos persiguen la presencia sostenida en la superficie lunar.

También existe una gran diferencia, y peor: esa carrera espacial entre potencias enfrentadas despierta la voracidad de oligarcas, como Elon Musk y Jeff Bezos, por obtener réditos económicos y de poder, que se traducen en cambios en el orden internacional del espacio que ponen en peligro la conservación del entorno y la apropiación de los recursos naturales que se descubran en la Luna. Y es que ambos oligarcas compiten en la construcción de la nave (Starship de SpaceX y Blue Moon de Blue Origin, la primera que esté lista) destinada para el descenso a la Luna, en una compleja operación de transbordo desde la nave Orion, que se encarga de llevarlos a órbita lunar y traerlos después de regreso a la Tierra.

El derecho espacial internacional, elaborado desde 1960 en el seno de la ONU, se basaba en la cooperación y el diálogo multilateral. Con Artemisa, EE.UU. ha promovido unos acuerdos (“Acuerdos Artemis”) al margen de la ONU, que legitiman la extracción de recursos espaciales sin ningún tipo de control internacional. China, como es natural, no se ha adherido a unos acuerdos dictados exclusivamente por EE.UU. El negocio queda, por tanto, al alcance de unos pocos ciudadanos multimillonarios y poderosos. Según Jorge Hernández Bernal, astrofísico en la Universidad de la Sorbona, “los ingredientes para convertir el espacio, y en particular la Luna, en el Salvaje Oeste están servidos”, como comentó en un artículo en elDiario.es.

Ha sido espectacular el lanzamiento de Artemis II, con toda la perfección técnica y estética que se le supone a una agencia, como es la NASA, que tiene experiencia sobrada en lo que es su actividad básica: la astronáutica. Impresiona contemplar ese cohete mastodóntico rugir poderoso para elevarse al espacio de manera tan perfecta. Pero no es un hecho histórico, aunque sea muy importante y llamativo. Y lo que esperamos de tales alardes tecnológicos y del regreso del hombre a la Luna es que ello contribuya a la investigación científica y, sobre todo, al beneficio de toda la humanidad y el entendimiento entre los pueblos. Y no solo para una simple competición de poderío entre potencias enfrentadas.