Este debate presuntamente historicista, denominado
presentismo, se produce generalmente por personas que no son historiadores y
que juzgan hechos del pasado con las reglas morales del presente. Y es
utilizado por algunos dirigentes para supeditar la Historia al interés político
del presente. Se trata de una forma de manosear la Historia que implica un
revisionismo continuo e interesado del pasado, sin ningún afán riguroso por una
comprensión objetiva de hechos históricos pretéritos, tendente solo a
glorificar o legitimar acciones políticas del presente.
Parece oportuno subrayar que los impulsores del presentismo
no son expertos ni historiadores sino políticos o novelistas que pretenden
ajustar el pasado a los estereotipos de sus interpretaciones históricas en la
actualidad, sin distinguir ni el contexto ni los valores morales y legales
imperantes en cada momento histórico. El historiador se limita a contar los
hechos del pasado, sin opinar sobre ellos y, menos aun, juzgarlos con las
normas del presente. Los presentistas, en cambio, pretenden juzgar, interpretar
y valorar hechos, personajes y períodos de la historia a partir de los valores,
la moral y los parámetros de hoy. Presentan una visión del pasado sesgada por
una miopía del presente que los distorsiona, la mayor parte de las veces, de
manera interesada. Y en menor medida, con la intención de corregir hechos del
pasado en función de esquemas de sensibilidad contemporáneos, para los cuales
acciones y comportamientos históricos resultan rechazables u ofensivos en la
actualidad.
Con ese prisma, las matanzas cometidas por los españoles en
Tenochitlán, la capital del imperio mexica, tras la llegada de Hernán Cortés, y
que acabó con el poder local en apenas tres años, pueden ser interpretadas como
deleznables actos de genocidio y no fruto del choque cultural y el imposible
diálogo interreligioso que supuso el encuentro entre pueblos y civilizaciones
tan distintos social, militar, cultural y moralmente. Máxime si se omite que,
en aquella lucha, los mexicas respondieron persiguiendo a los españoles, los
mataron en el camino y los ahogaron en el canal de los Toltecas, ocasionando
también infinidad de muertos, según un testimonio indígena, datado en 1528, que
explica lo acaecido en esa batalla.
Por eso, exigir disculpas o pedir perdón por hechos
históricos del pasado, aunque sean sangrientos y dolorosos, es una manera de
reescribir la historia, bien para borrar culpas o bien para enaltecer una
historia con sentimientos identitarios o nacionalistas.
La historia hay que contemplarla con el suficiente
distanciamiento científico para alejar los hechos de toda valoración emitida
desde parámetros del presente. De lo contrario, lo que se realiza es una
versión interesada de la misma que puede inducir a derribar estatuas de
Cristóbal Colón o pedir responsabilidades por sucesos pretéritos, cuando ni
México era México ni aquella España imperial era el país democrático que es
hoy.
No obstante, reconocer el pasado y admitir los abusos
cometidos en épocas tan lejanas de la historia es una actitud que honra y
dignifica al país que la toma, puesto que asume la responsabilidad del daño y
pretende su reparación desde el punto de vista institucional e histórico. Es lo
que hizo Alemania por el Holocausto, Francia por lo de Argelia o Canadá con la
comunidad judía. Son casos excepcionales que no justifican la revisión
permanente de los procesos evolutivos y las transformaciones de las sociedades
humanas a lo largo de la historia. De lo contrario, estaríamos exigiendo
disculpas a Italia por esclavizar y someter a Europa durante el Imperio Romano,
a los árabes por la conquista de España durante la época islámica e, incluso, a
Francia por la invasión napoleónica.
No se puede pretender un rediseño del pasado según los
intereses del presente, atribuyendo a posteriori una identidad inventada
a personajes históricos y una interpretación también convenientemente reelaborada
del pasado. Y no se puede, entre otras cosas, porque tales revisiones no se acometen
desde el rigor y la objetividad científica de los historiadores y, lo que es
peor, porque se centran en un aspecto concreto de la historia y no en el
conjunto de toda ella. Es decir, el presentismo histórico está impulsado, sin
tener en cuenta las circunstancias históricas de los hechos, por deseos de
explotar una “arqueología del agravio” que sirve para sustituir la historia y
memoria de los pueblos por un relato oficial que conviene a los intereses políticos
del presente.
Claro que se puede -y se debe- tener una visión actualizada
de la historia, estudiar críticamente el pasado, pero no para corregirlo sino
para aprender de sus lecciones, emular su grandeza y evitar cometer sus errores,
incluso para reparar las consecuencias que todavía puedan perdurar en el
presente. Una visión que permita reconocer la historia compartida y el legado
cultural que enriquece tanto a España como a la América hispana. Porque comprender
el pasado con honestidad y precisión histórica, es la mejor manera de construir
un futuro también compartido entre pueblos con una relación de siglos y la base
más firme para la convivencia y la cooperación en el presente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Este blog admite y agradece los comentarios de los lectores, pero serán sometidos a moderación para evitar insultos, palabras soeces y falta de respeto. Gracias.