lunes, 29 de diciembre de 2025

Un año funesto (y II)

El año 2025 también ha sido funesto en España, país en que la crispación política y la polarización, alimentadas por el bombardeo de desinformación y la proliferación de mentiras y bulos, condenan a la ciudadanía al enfrentamiento y a la desafección. No hubo semana en este año que agoniza en la que los partidos con posibilidad de gobernar no se tirasen a la cara exabruptos y acusaciones a cuál más grave: que si esto es una dictadura, que el gobierno es ilegítimo y su presidente, un jefe mafioso con toda su familia corrompida, que aquel otro es amigo de narcotraficantes y su partido está condenado por corrupción y dispuesto a gobernar con la extrema derecha. Y así, un día tras otro.

Claro que también existían motivos para la alarma y el arrugar de nariz. Porque después de siete años de impulsar con éxito una moción de censura contra un Ejecutivo conservador cuyo partido acabó siendo condenado por corrupción, al ético presidente que prometió acabar con esa lacra le han aflorado presuntos casos de corrupción alrededor de su entorno político y personal. Muchos casos para un Gobierno que pretendía ser limpio y ajeno a unas prácticas que ha empañado el ejercicio de la función pública, bajo cualquier administración de este país, desde que la democracia permite investigar y hablar de ello. Y antes también, por supuesto.

En el ámbito personal, con motivos fundados o no, a la esposa del presidente del Gobierno y su hermano se les investiga por tráfico de influencia y prevaricación. Y en el político, dos secretarios de Organización del partido gobernante, personas de su máxima confianza, han sido imputados por estar implicados en el “caso Koldo”, acusados de malversación, cohecho y tráfico de influencias. Además, una exmilitante del PSOE es detenida y puesta en libertad por supuestos contratos irregulares y buscar información sensible de quienes investigan las tramas corruptas.

Pero la actuación judicial con mayor repercusión política del año ha sido la imputación y condena del fiscal general del Estado, un hecho inédito. Es la primera vez en democracia que se condena a un fiscal general en ejercicio, con pena de dos años de inhabilitación, por revelación de secretos relacionados con la investigación de un defraudador confeso que es pareja sentimental de la presidenta de la Comunidad de Madrid.

El año también nos deparó otro hecho inédito: un apagón sin precedentes que dejó a toda España a oscuras durante horas. Fue una jornada en la que recuperamos las radios a pilas, nos alumbramos con linternas y velas, no funcionaron ni trenes ni metros, los semáforos estaban apagados y volvimos a casa a pie, los bares tuvieron que echar las persianas y almorzamos sándwiches fríos o latas de atún. El Gobierno echa la culpa a las empresas energéticas y éstas al regulador del sistema. Todavía no se conoce la causa concreta de un fallo que paralizó a todo el país e, incluso, afecto al vecino Portugal.

Los efectos del cambio climático también se sintieron en España, provocando un verano en llamas por los incendios. Fue la peor temporada en décadas y con la mayor superficie carbonizada que se recuerda. Según datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, más de 400.000 hectáreas se quemaron ese año, casi diez veces más que en 2024. Pero ahora, como llueve, ya ni nos acordamos.

Aunque tarde, fue el año en que el presidente de la Comunidad de Valencia presentó su dimisión, doce meses después de las inundaciones que afectaron a su región, mientras el perdía el tiempo en una comida durante horas, en las que murieron ahogadas más de 200 personas. Esperó un año acumulando sospechas, versiones contradictorias y silencios para responsabilizarse de una ineptitud que no tenía justificación posible, y menos por estar de comilona.

Por su parte, al Gobierno de la nación, que al parecer tendrá que prorrogar por tercera vez los Presupuestos, se le agota la capacidad de maniobra. El partido conservador independentista, Junts per Catalunya, esencial para sumar mayoría en el Parlamento, ha decidido dejar de apoyar al Ejecutivo. Rompía así el pacto de investidura que posibilitó el actual Gobierno de coalición, por lo que cualquier iniciativa legislativa parece difícil, por no decir imposible. La gobernanza no está asegurada y un ruido de urnas se oye en el ambiente.  

Y por si fuera poco, España fue el único país que rechazó el incremento de gastos de la OTAN acordado en la Cumbre de La Haya y mantuvo su posición de limitarlo al 2,1% del PIB. Ello ha despertado la ojeriza del presidente norteamericano, que acusa a nuestro país de “no jugar limpio” y ha amenazado con represalias. No doblegarse ante Trump es peligroso, por más que EE. UU. conserve estratégicas bases navales y aéreas en suelo español. Una ojeriza que agrava el enfado del norteamericano por el reconocimiento de Palestina por parte de nuestro país.

No hay que olvidar que la moda ultra ya está aquí. Y se contagia. Sus siglas en España son las únicas que crecen en cada elección, como ha demostrado Extremadura, condicionando cualquier política que se quiera aplicar. Y contagia a la derecha moderada, como en Badalona, donde el alcalde de la localidad tiene el indigno honor de ser el primero en dictar un desalojo masivo de inmigrantes de un colegio abandonado en plenas fiestas de Navidad. Más de doscientas personas fueron echadas a la calle cuando las lluvias y el frío azotaban a la población, con la manida excusa -es un clásico- de acabar con un foco de delincuencia. Si no es racismo, se le parece; y si no es aporofobia, también. En cualquier caso, es el proceder maniqueo de esos ultras que dicen salvaguardar la civilización occidental y la cultura cristiana, justamente aquella que se dotó de derechos y libertades para combatir las desigualdades, las injusticias y los abusos de los poderosos por cuestión de raza, lengua, creencia o sexo. El alcalde en cuestión lo que defiende es la barbarie y la discriminación, como buen cristiano que celebra estas fiestas a su manera. Lo malo es que le votan y no lo botan.

No obstante, hay imágenes positivas en ese 2025 que nos deja. Y sorprendentemente son económicas. La marcha de la economía va bien, digan lo que digan los agoreros, con unas de las tasas de crecimiento más altas de los países de la zona euro. Según la Comisión Europea, será casi del 3% del PIB. Y la tasa de paro quedará por debajo del 11%, gracias a la creación de empleo cercano al 2% y una inflación que se reduce algo por encima del 3%.  Son datos macroeconómicos que nada nos dicen, pero de alguna manera reflejan la salud económica de nuestro país. No todo iba a ser funesto, impidiendo que albergáramos una tenue esperanza de cara al próximo año. ¡Suerte y salud!   

sábado, 27 de diciembre de 2025

Un año funesto (I)

A punto de dar carpetazo a 2025, parece oportuno recordar los sustos que nos ha causado el año para que 2026 no nos coja desprevenidos, ya que el próximo promete ser aún más catastrófico. Han sido tantos los sobresaltos que nos ha propinado que no resulta exagerado calificarlo de año funesto. Porque, si repasamos someramente los hechos más importantes acontecidos, tanto en el mundo como en España, tal vez hasta nos quedemos corto a la hora de valorarlo. Y no es para menos.

Para empezar, Donald Trump arrancó en enero su nuevo mandato como presidente de EE.UU. con la soberbia, el narcisismo y el afán de venganza que les caracteriza. Es, sin duda, el agente más poderoso, peligroso y fanático capaz de desestabilizar y destrozar el orden y comercio mundiales. Y de alterar, en beneficio propio, las normas y los organismos que otorgan seguridad a las relaciones internacionales. De hecho, ha impuesto aranceles arbitrarios para conseguir balanzas comerciales positivas, ha lanzado amenazas a países sobre los que planea extender la influencia geoestratégica de su país, como son Canadá y Groenlandia, o para apoderarse de sus recursos y riquezas naturales, como Venezuela. Ha empujado a Europa a aumentar el gasto en defensa y hacerse cargo de la ayuda a Ucrania, advirtiendo de abandonar la OTAN. Ha interferido en procesos electorales de estados extranjeros por favorecer a candidatos afines e, incluso, ha autorizado el bombardeo de zonas en conflicto, como Irán o Nigeria, para afianzar intereses y gobiernos aliados, etc.

En su propio país, la ha tomado con la inmigración irregular, ordenando expulsiones masivas, incluso de los hijos de estos nacidos en EE.UU. Ha iniciado el desmantelamiento de sectores enteros del Estado federal, despidiendo a miles de funcionarios públicos, cerrando agencias de cooperación y desarrollo, aplicando recortes a Universidades y la NASA y eliminando partidas presupuestarias de los sistemas de salud y educación que perjudica a los más desfavorecidos. En definitiva, ha hecho saltar la convivencia, la paz social y la confianza en su población y entre países por sus obsesiones ultranacionalistas y negacionistas, en sintonía con el ideario de la extrema derecha. Así, ha conseguido que alrededor del 75% de los científicos estadounidenses esté considerando emigrar a causa de los recortes a la investigación y su interpretación sobre el cambio climático, las vacunas y demás evidencias científicas.

Y si esto sucede en la primera potencia mundial, cabe esperar que el futuro inmediato pinta mal para el resto del planeta. De ahí que calificar de funesto el año que está a punto de terminar sea quedarse corto. Porque es, simplemente, para ponerse a temblar.

Por si fuera poco, en el mundo continúan las agresiones y violaciones de la legalidad internacional, como en Gaza, donde Israel, más que actuar en legítima defensa tras el atentado de Hamás, lo que está perpetrando es un auténtico genocidio contra los palestinos de la Franja. Es más, la tregua acordada entre Israel y EE. UU. no ha impedido que mueran cerca de medio millar de personas en el enclave por disparos del Ejército hebreo. La matanza, por tanto, no ha cesado.

También en Ucrania, el país europeo invadido por una Rusia nostálgica del imperialismo, lleva librándose una guerra no declarada desde hace ya cuatro años. Saltándose leyes que salvaguardan la integridad territorial y la soberanía de los estados, Rusia ha emprendido acciones militares contra Ucrania para intentar recuperar antiguas zonas soviéticas de influencia, alterar el orden de seguridad continental y los objetivos de Europa por la integración política, económica y social, además de bloquear la ampliación de la Alianza Atlántica hacia el Este. Sin dejar de atacarla a diario, las perspectivas de una paz precaria sobrevuelan el conflicto, otra vez animadas por Donald Trump, que intermedia para negociar la desmembración del país, impedir su ingreso en la OTAN, reducir su Ejército y repartirse, cómo no, sus minas de tierras raras y controlar, a medias con Rusia, la central nuclear de Zaporiya, la más grande de Europa. Triste panorama, pues, para Ucrania y Europa, convidada de piedra.

2025 nos permitió asistir a una sucesión papal en el Vaticano, tras la muerte de Francisco y la elección del primer papa estadunidense, Robert Francis Prevost, como León XIV. El nuevo pontífice, oriundo de Chicago y con nacionalidad peruana, es considerado moderado, pero con tics conservadores, como son recuperar la celebración de una misa tradicionalista, descartar la ordenación de mujeres diáconas y no reconocer el matrimonio homosexual. Tal parece que hará bueno al papa Francisco.

En cuanto al clima, el año que despedimos ha sido prolijo en fenómenos meteorológicos extremos, como los fuegos que arrasaron el área de Los Ángeles, uno de los más graves en términos económicos y humanos, pues requirió más de 60.000 millones de dólares en su extinción e indemnizaciones y causó la muerte de 31 personas., con cerca de 400 damnificadas. Los huracanes también hicieron presencia ese año, como el Melissa, uno de los más potentes que haya azotado el Caribe, que devastó Jamaica e inundó Cuba y Hawai. Igual que los tifones que asolaron Filipinas, Vietnam y otras regiones del sudeste asiático. A pesar de todo, sigue habiendo personas, como Trump y demás ralea, que niegan el cambio climático acelerado por la actividad humana. Y despotrican de las políticas de sostenibilidad y freno de las emisiones contaminantes.

Son negacionistas del cambio climático, de la violencia machista y contra la igualdad de la mujer, entre otras ideas retrógradas, que aglutinan formaciones de ultraderecha que desgraciadamente avanzan imparables en Europa y América. Uno de sus últimos representantes en ganar el poder es José Antonio Kast, que ganó las presidenciales de Chile, convirtiéndose en el primer defensor de la dictadura de Pinochet que dirigirá el país andino. Anteriormente, otros países sudamericanos han conquistado idéntico triunfo: la Argentina de Milei, Bolivia, Ecuador y Honduras. En Europa no vamos a la saga: los gobiernos de ultraderecha ya son realidad en el Viejo Continente, donde Bélgica, Bulgaria, Chequia, Francia, Grecia, Irlanda, Luxemburgo, Portugal y Suecia cuentan con gobiernos de centroderecha, y Croacia, Finlandia, Hungría, Italia y Países Bajos están dirigidos por coaliciones de partidos de derecha moderada y derecha extrema. Es decir, 14 países que suman algo más de 230 millones de habitantes, lo que supone el 50,38% de la población de toda la UE. El riesgo, por tanto, de desandar los avances logrados en derechos y libertades es más serio de lo que imaginamos.

Y eso va parejo al impulso adoptado por la Unión Europea para acelerar el rearme y reforzar su industria de defensa, como se acordó en la última Cumbre de La Haya, en la que instó elevar el gasto en defensa a todos los países miembros de la OTAN hasta el 5% del PIB durante la próxima década. Aires conservadores y militaristas recorren el continente.   

Pero para colmo de calamidades, también asistimos en 2025 a un robo de película: el del Museo del Louvre, donde ladrones ataviados con chalecos de obreros entraron a plena luz del día y se apoderaron de joyas históricas de enorme valor. Cuatro de ellos han sido apresados, pero el botín no ha sido recuperado.

Y como contrapunto a todo lo anterior, habría que citar la normativa adoptada por Australia para impedir las redes sociales a menores de 16 años. Es una iniciativa inédita y francamente valiente, pues la normativa obliga a Facebook, Instagram, Threads, TikTok, YouTube, Snapchat, X, Reddit, Discord, Twitch y Kick a demostrar que han tomado “medidas razonables” para identificar y desactivar perfiles de usuarios por debajo de esa edad. Otros países, como Nueva Zelanda, Dinamarca y España, se han planteado un control similar para el acceso de menores a las redes. Ojalá cunda el ejemplo.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Bienvenido, invierno

Aseguran los entendidos que hoy es el día más corto con la noche más larga del año, la jornada de menos horas de luz con la oscuridad nocturna más duradera. Desde hoy los días empiezan a alargarse hasta conseguir que el Sol y la Luna coincidan en el cielo en esos atardeceres tardíos del verano. Un fenómeno tan asombroso que los antiguos creían que tales cambios en la duración del día eran debido al capricho de dioses empeñados en confundir y atemorizar a los moradores de aquel mundo de ignorancia y tinieblas. Ahora, gracias a la experiencia y la ciencia, se sabe que todo es producto del solsticio de invierno, el punto orbital en que la posición del planeta respecto al Sol, por la inclinación de su eje, hace que el hemisferio norte reciba menos luz directa. La astronomía ofrece precisas razones para el inicio de lo que, sin necesidad de tanta sabiduría, conocemos como invierno, aunque climáticamente este ya empezara a manifestarse en el ambiente y obligara a la gente a sacar abrigos y calentadores para combatir los primeros fríos que empañan los cristales de las ventanas. Un conocimiento que satisface plenamente a la razón, pero despoja de poesía los misterios de la naturaleza. Con todo, bienvenido sea un invierno que ha alimentado, con su helado aliento, tanto las supersticiones como el saber de los hombres a través de los siglos, sin fallar nunca al ciclo de las estaciones. Hoy comienza oficialmente el invierno.       

jueves, 18 de diciembre de 2025

La tengo siempre delante

Cuando se alcanza cierta edad el futuro parece una quimera, un espejismo que ni estimula ni reconforta, y el pasado se convierte en algo remoto que empieza a desdibujarse entre la bruma de una memoria olvidadiza. Yo vivo esa edad en que se apuran los recodos de un camino ya prácticamente recorrido y se empieza a vislumbrar el final del mismo. Es una etapa de la vida que, como todas, depende de cómo se asuma, ni pesarosa ni venturosa, en función de las condiciones, tanto físicas como cognitivas, con que nos coja. Pero en que lo temporal de nuestra existencia nos interpela con más constancia. De ahí que la muerte sea un pensamiento que siempre tengo delante, como aconseja Stephen Sweig, para quien tener presente la muerte hace que la vida sea “más solemne, más importante, más fecunda y más alegre.”  

Saber que voy a morir no me amarga la existencia, pero me obliga a aprovechar la vida con más intensidad, más provecho y, aunque parezca contradictorio, más alegría. Una alegría distinta a la de los jóvenes, que jamás piensan en la muerte y creen disponer de todo el tiempo del mundo como para perderlo en fruslerías. La alegría que se experimenta a cierta edad tiene que ver, como decía André Malraux, con el valor que adquiere la vida cuando la muerte nos hace reflexionar sobre ella. Solo entonces tiene importancia la muerte, cuando nos obliga a reflexionar qué hacemos con nuestra vida.

Por eso no puedo dejar de pensar en la muerte, no por temerla, sino por ese absurdo rechazo del ser racional y consciente a encarar su condición mortal. Actitud tan absurda como inútil, puesto que es inevitable una muerte que afecta a todo ser vivo, una facticidad inexorable de la contingencia de la vida. La vida es puro azar, pero la muerte es un hecho incontrovertible e inexorable. No es una posibilidad propia, sino una inesquivable consecuencia del existir.

Pero solo hay que pensar en la muerte si contribuye a que la vida sea más apreciable y enriquecedora. No como algo tenebroso que amenaza a los seres vivos, sino como el culmen de una vida plena que ha dado todo de sí. No hay que preocuparse de la muerte en la misma manera que no nos hemos preocupado de nacer. Ni de temer la nada que seremos ni de la que fuimos. Hay que afrontar la muerte con la actitud de los epicúreos, que inspiraron la máxima de Antonio Machado: “La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”.

En cualquier caso, tenerla presente es, en mi caso, una oportunidad de enfrentar cada día con ánimo de culminar lo todavía no logrado, de aprender lo que todavía ignoro, de conocer lo todavía no visitado, de dar y ayudar lo que me solicitan, de entregarme a quienes me reclaman y de abrazar y besar a los que nunca me canso de besar y abrazar porque son mis seres queridos. En ese sentido, pensar en la muerte y tenerla presente me hace apreciar todo lo que tengo y lo que soy, todo lo que hace que mi vida sea más intensa, fecunda y feliz.

Y es que, en realidad, no me preocupa la muerte, ya que solo significa que he vivido y que seré eterno en quienes me recuerden.            

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Época de monstruos

No he vivido época peor, salvo cuando España era una dictadura o guerras mundiales arrasaban Europa, que la actual, cuando gobiernan verdaderos sátrapas, delincuentes y asesinos como Netanyahu, Putin o Trump, los más destacados, despiadados y despreciables, verdaderos monstruos que han ascendido al poder en sus países, enfrentando y polarizando a la población y los países, ejerciendo una nefasta influencia internacional que destroza el mundo regido por normas, leyes, derechos y democracia que conocíamos. Contemplo estupefacto los acontecimientos que protagonizan estos tiranos, leo lo que provocan con sus desvergüenzas y soy testigo de las desgracias que causan, y no puedo ser indiferente con lo que está pasando. Porque me enerva y asquea ser coetáneo de semejantes bestias negras, sobre todo después de haber participado, asumiéndolos y defendiéndolos cívicamente, para que las libertades y los derechos fueran guías de mi conducta y del país, instrumentos irrenunciables con los que dejar atrás, de una vez por todas, las negruras de un pasado de intolerancias, cainismo e injusticias.

Y cuando los considerábamos erradicados definitivamente, retornan los autoritarismos fascistas, los actos de fuerza de los poderosos, las imposiciones sectarias y totalitarias, la marginación cuando no la eliminación política y hasta física del adversario u oponente de dentro y fuera de las fronteras, la falta de respeto a cuantas normas, leyes, tratados, convenios, constituciones, instituciones o gobiernos parezcan obstaculizar los intereses de los privilegiados o plutócratas, e, incluso, el desprecio absoluto a la dignidad y la vida humana, consideradas sacrificables por mor de la ambición o el beneficio. Es decir, la totalidad de “el mundo de ayer” está siendo barrido y hecho añicos por las garras de esos monstruos desaprensivos que gobiernan el planeta a su antojo y capricho.

Lo frustrante es que esto suceda después de un breve resplandor de esperanza que parecía alumbrar un mundo de progreso, tolerancia, igualdad y ansias de libertad, en el que no cabía el racismo ni el machismo cavernícola, ni los abusos a las minorías, los desfavorecidos o los distintos. Entonces un ciudadano negro podía ser presidente de EE UU. y hasta una mujer también podía aspirar a serlo. Era cuando un sarpullido democrático recorría el planeta despertando una primavera en el mundo árabe, la protesta en los jóvenes y no tan jóvenes insatisfechos del 15M de España, la ira en los hastiados de la plaza Sintagma de Atenas, el resurgir de nuevas promesas progresistas en líderes como Sanders en EE UU, Corbyn en Gran Bretaña y Mélenchon en Francia. Cuando una izquierda revitalizada y una nueva derecha civilizada brotaban en este país y combatían un bipartidismo esclerótico y corrupto. 

Pero fue solo un sueño del que salimos cuando se despertaron los amigos de la oscuridad, los chantajes y la corrupción. Los que no toleran que se pongan en juego sus privilegios ni se cuestionen sus ambiciones y egoísmos en nombre de ningún bien común e interés general. Desalmados que ya no necesitan golpes de estado ni tanques para reconducir situaciones adversas a sus intereses, sino que se valen de la democracia de la que desconfían para acceder al poder y ponerlo a su disposición y exclusivo beneficio, mediante mentiras, exageraciones, teorías conspiratorias, manipulaciones e intoxicaciones mediáticas, judiciales y políticas.

Ya lo avisó Donald Trump durante su primer mandato como presidente de EE UU, pero se ha encargado de demostrarlo en el segundo que comenzó hace casi un año. Y lo hace sin disimulos, sino con voluntad expresa de ponerlo todo boca arribas, exhibiendo un compendio de despotismo, menosprecio, soberbia e ignorancia en su conducta, desde la poltrona de la primera potencia mundial, que aterra a las almas sensibles y sensatas, puesto que actúa más por prejuicios que por motivos racionales. Como si quisiera confirmar, si acaso la conociese, aquella máxima de Marx de que los grandes hechos y personajes de la historia aparecen dos veces, pero, en su caso, invirtiendo los términos: la primera vez como farsa y la segunda como tragedia.

Porque desde el primer día ejerce con despotismo y vulgaridad. Desprecia los derechos humanos y cualquier miramiento ético cuando criminaliza la migración y la combate con redadas generalizadas para deportar sin contemplaciones incluso a hijos de esos migrantes nacidos en EE UU. No los quiere por su origen familiar. Piensa que todos los males de su país son siempre culpa del “otro” -tanto individual como colectivo, migrantes o estados-, que impide “Hacer América grande otra vez”. Así, no solo ordena a su Ejército asesinar extrajudicialmente a 87 personas -hasta la fecha- que viajaban en lanchas por aguas del Caribe y el Pacífico por supuestamente transportar una droga de la que nunca se presentan pruebas, sino que consiente que se remate a los supervivientes de un ataque después de haber hundido su embarcación, demostrando estar dispuesto a perpetrar crímenes de guerra sin estar siquiera en guerra alguna. Para él cualquier medio es válido en su repugnante populismo excluyente para insultar, humillar y criminalizar, tachándolos de basura, violadores o delincuentes. a las personas que han emigrado a Norteamérica en busca de un futuro mejor, como hicieron los que poblaron aquellas tierras, desde las originales trece colonias británicas, hasta convertirla en la nación que es hoy. Incluso como hicieron sus propios antepasados familiares.

Sus métodos, intolerables y violentos, no persiguen un supuesto bien superior, como es la lucha contra las drogas, puesto que, movido por intereses inconfesables, al mismo tiempo que inicia una escalada con Venezuela por una supuesta lucha contra el narcotráfico, presiona y consigue la puesta en libertad de un condenado a 45 años de cárcel por traficar con drogas por un tribunal estadounidense, cual es el expresidente de Honduras, del que sí quedó acreditado haber introducido 400 toneladas de cocaína en el país.

Esta es la hipocresía y catadura moral del actual presidente de EE UU. El mismo que apoya, arma y tolera la expulsión y el genocidio de los palestinos por parte de Israel; justifica y defiende la agresión rusa de Ucrania mientras humilla y marea a Zelenski, presidente del país, por no capitular ante el invasor; relega y desconfía de Europa por no plegarse servilmente a sus oscuros tejemanejes, y amenaza abiertamente a Groenlandia, Canal de Panamá y Canadá con un intervencionismo militar, si fuese necesario, por consolidar afanes imperialistas con los que sueña el plutócrata de la Casa Blanca.

Donald Trump se cree providencialmente legitimado para hacer que su país y el resto del mundo se amolden a sus exigencias. De ahí que no dude en pisotear la libertad de expresión, restringiéndola incluso en las universidades; que propague la intolerancia hacia la diversidad de género, raza y creencia; que persiga a sus oponentes o detractores, favoreciendo la polarización política, las tensiones sociales y la desconfianza hacia las instituciones no controladas por él; que destruya el multilateralismo y renegocie acuerdos y tratados unilateralmente, imponiendo aranceles arbitrarios que trastocan el comercio mundial; en definitiva, que cuestione los principios básicos del pluralismo y la legalidad internacional, poniendo en peligro la propia democracia y un orden mundial regido por reglas que obligan a todos.

Así es el personaje, prepotente y hortera hasta en pijamas, que hoy gobierna el mundo por la fuerza, que cree resolver los conflictos mundiales (aunque en realidad no resuelva ninguno, ni en Gaza ni en Tailandia) de los que saca tajada que lo enriquecen aún más, exigiendo por ello recibir el premio Nobel de la Paz. Y que elabora una Estrategia de Seguridad Nacional que hace temblar a Hispanoamérica, por una política de cañoneras, y Europa, a la que percibe como el principal adversario de EE UU, lo que justifica, a su turbio entender, sus esfuerzos por interferir en esos países y apoyar a las formaciones ultras, euroescépticas y reaccionarias del Viejo Continente. Así es como él trata a los aliados.   

Pero no es el único. Hay otros dirigentes, anteriores incluso a Trump, que hacen lo mismo y practican idéntico populismo manipulador que exacerba las pulsiones emocionales e irracionales de la gente para seducirlas con soluciones simples para arreglar de un plumazo problemas complejos. Vladimir Putin es todo un experto en ello, con menos escrúpulos, si cabe, pero mucho más inteligente y taimado. De hecho, su carisma como rocoso líder autoritario es un faro que ilumina a Trump, quien lo admira y respeta con inaudita veneración. Y no solo por su dirigencia política cuasi dictatorial, sino con mayor atracción aun por la economía oligárquica que ha implantado en Rusia, donde predomina un “capitalismo de amiguetes” con el que posiciona a sus incondicionales en las más altas instancias y empresas estratégicas. Ambos comparten ambiciones de antiguas épocas imperiales.

Este exespía de la KGB, que aun mantiene los expeditivos métodos para deshacerse de sus enemigos u oponentes que cuestionen su forma de gobernar, es todavía más peligroso y letal que Trump. Es lo que evidencia la extraña muerte en prisión del líder opositor Alexei Navalny, preso con cargos prefabricados; el asesinato de la periodista Anna Politkovskaya, que había denunciado las violaciones de los Derechos Humanos cometidas por las tropas del Kremlin en Chechenia; el asesinato del exviceprimer ministro Boris Nemtsov, cometido cerca del edificio donde Putin tiene su despacho; el envenenamiento con polonio del exespía Alexander Litvinenko, quien fallecería en Londres; y el de los disidentes rusos Sergéi Skripal y su hija Yulia, también envenenados en Reino Unido; la oportuna muerte de Ravil Maganov, presidente de la petrolera rusa Lukoil, que falleció tras caerse por una ventana del hospital donde estaba internado; las extrañas muertes, al estilo del Chicago de los gánster, de los diputados Vladimir Golovliov y Serguéi Yushenkov, tiroteados en distintas fechas en Moscú; e incluso Yevgeny Prigozhin, fundador del famoso grupo de mercenarios Wagner, que perdió la vida después de exigir más medios a Putin en un siniestro accidente aéreo cerca de Moscú; y otros muchos casos de convenientes desapariciones de opositores y críticos del mandatario ruso.

Este mismo energúmeno es el que ordenó en 2022 invadir militarmente Ucrania, después de anexionarse en 2014, también por la fuerza, la península ucrania de Crimea, estratégica para la flota rusa del Mediterráneo. Desde entonces, no para de bombardear con misiles y drones ciudades, edificios de viviendas, centrales eléctricas, hospitales, teatros, zonas densamente pobladas y cuantas instalaciones civiles y militares puedan desmoralizar a la población y castigar la resistencia de los ucranianos en defenderse. No le importó tomar una decisión unilateral y arbitraria que viola frontalmente la Carta de las Naciones Unidas, cometer un crimen de agresión, contraviniendo la legalidad internacional y el respeto a la soberanía e integridad de los estados.

Y por si fuera poco, también ha autorizado atrocidades que incluyen el secuestro, la tortura, el asesinato de civiles, las deportaciones forzadas, incluida la de niños, y el asesinato y tortura de prisioneros de guerra. Y, por supuesto, crímenes de guerra, como la masacre de Bucha, un suburbio de Kiev, donde las tropas rusas dejaron al menos 420 civiles asesinados a quemarropa, algunos con las manos atadas a la espalda, unas ejecuciones sumarias que pudieron conocerse gracias a evidencias fotográficas.   

Con tales métodos de desatada violencia militar, la Rusia de Putin ha logrado conquistar cuatro regiones del Este de Ucrania, limítrofes con la frontera que separa a ambos países: Dombás, Lugansk, Jersón y Zaporiyia, cuyo control sigue en disputa y que el supuesto plan de paz de Trump considera que deberían cederse si se desea alcanzar un alto el fuego que premia, de este modo, la agresión rusa. Un plan que premia anexiones por la fuerza, dado que además del Dombás, donde en unas elecciones ganó el candidato prorruso, Zaporiyia y Jersón votaron mayoritariamente a Zelenski. Se premia lo que no se consigue con los votos.

Sin embargo, tal capitulación de Ucrania no asegura la paz, puesto que no satisface las ansias de Putin por aumentar su influencia y control sobre antiguos territorios que pertenecían a los dominios soviéticos tras el Telón de Acero. Y a tenor de las últimas palabras del mandatario ruso, la desconfianza hacia Rusia está plenamente fundada, ya que el líder ruso ha desafiado a los países europeos, afirmando que si Europa quiere combatir (ayudando a Ucrania), él está listo para hacerlo ahora mismo. Hay que creerlo capaz, cuando la invasión militar de Ucrania consiga sus objetivos, de que no parará ahí, máxime si al parecer cuenta con el respaldo y la comprensión de EE UU, desde donde advierten que en 2027 retirarán sus defensas de los países del Este de Europa.

Los monstruos, por lo que se ve, se entienden entre ellos, haciendo de este mundo un lugar en el que impera la razón de la fuerza y la ausencia de la ley, un solar lleno de escombros y ruinas, como diría Walter Benjamin, que estos desalmados han provocado con sus miserables actos de ambición y poder.

Esta cuadrilla de miserables no estaría completa sin otro impresentable déspota en tierras bíblicas, el genocida Benjamin Netanyahu, quien, aprovechando un atentado del grupo terrorista Hamás, lleva más de dos años bombardeando y destruyendo, precisamente hasta reducirla a escombros, la desafortunada y mísera Franja de Gaza, donde se apretujan poco más de dos millones de palestinos, último resquicio de lo que eran sus tierras. Una población civil e inocente que trata de sobrevivir en condiciones carcelarias a causa del asedio al que Israel la somete.

Esgrimiendo legítima defensa, Netanyahu ha desatado una guerra que ha causado la muerte de más de 70.000 palestinos, la mayoría de ellos civiles, y una crisis humanitaria en Gaza de dimensiones espeluznantes. No ha tenido empacho en atacar por tierra, mar y aire un territorio en el que los habitantes están cercados y sin posibilidad de refugio, destruyendo más del 90 por ciento de sus edificaciones e infraestructuras. Además, ha impedido toda ayuda humanitaria y la entrada de suministros básicos, utilizando el hambre de la población como método de guerra.

Tan desproporcionada y violenta ha sido esta respuesta de Israel que, más que un ejercicio de legítima defensa, lo que allí practica el Ejército judío es una intencionada destrucción física de los palestinos con la clara finalidad de vaciar el territorio para poblarlo de israelíes. Tal ha sido siempre el sueño que parece está a punto de conseguir el ínclito Netanyahu: ocupar toda Palestina para construir el Gran Israel que los sionistas ambicionan. Una limpieza étnica que afecta no solo a Gaza, sino también a Cisjordania, infiltrada por colonias de judíos muy violentos que destruyen y arrebatan a los palestinos sus tierras y posesiones, sin que las fuerzas del orden intervengan.

Es así como el mandatario israelí está ejecutando en realidad, con la guerra de Gaza, un auténtico crimen de guerra, un acto genocida a la vista de todo el mundo. Tan evidente es su intención que Sudáfrica presentó en 2023 una denuncia contra Israel por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ), el tribunal de la ONU encargado de dirimir disputas entre Estados. En su informe, la CIJ constata que las autoridades y fuerzas israelíes han cometido en Gaza cuatro de los cinco actos genocidas definidos en la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, consistentes en matar, causar lesiones graves a la integridad física o mental, someter deliberadamente a condiciones de vida que acarrean la destrucción total o parcial de los palestinos, e imponer medidas destinadas a impedir la natalidad. Según la presidenta de la comisión, “es evidente que existe la intención de destruir a los palestinos de Gaza mediante actos que cumplen los criterios establecidos en la Convención sobre el Genocidio”. Y aunque la sentencia oficial tardará en conocerse, la Corte avanzó medidas cautelares que obligaban a Israel evitar cualquier acto genocida y permitir la entrada de ayuda humanitaria, cosa que Netanyahu ha obviado olímpicamente.

Por su parte, la Corte Penal Internacional, que juzga a individuos por crímenes graves cuando los Estados no pueden o no quieren hacerlo, emitió en 2024 órdenes de arresto contra Netanyahu y su exministro de defensa Yoav Gallant por crímenes de guerra y lesa humanidad en Gaza. Solo EE UU desoye estas órdenes.

Protegido e impune ante ambos tribunales, el sanguinario líder israelí ha continuado con su exterminio de la población palestina tanto en Gaza como en Cisjordania. Y es que Benjamin Netanyahu es otro de los monstruos que han convertido este mundo en un campo de batalla sin ley ni orden, y en el que los poderosos pueden agredir, chantajear e invadir otros Estados sin que se les castigue por ello. Ya se han ocupado previamente de desprestigiar y anular a los organismos internacionales que velan por el cumplimiento de la legalidad internacional, como la ONU y los tribunales internacionales arriba citados, cuya autoridad servía para impedir veleidades expansionistas, hegemonistas o imperialistas de los poderosos.

Es lamentable que, a pesar de los esfuerzos por conseguir un mundo en paz y armonía, hoy los monstruos de toda ralea campen a su antojo, rampando con ese anhelo pacifista y de progreso. Es lo que me hace sentir que nunca había vivido una época peor, en la que nos despeñamos por un abismo de caos, injusticia y fascismo. Como si camináramos hacia atrás, desde la civilización hacia la barbarie. ¡Qué asco!       

lunes, 1 de diciembre de 2025

Vuelve December

Soy predecible porque soy fiel a mis gustos y aficiones. Por eso hoy, a la entrada de diciembre, vuelvo a referirme a un disco que desde hace años hace que esta estación del frío y las lluvias sea la más apropiada para dejarse balancear con sus notas y melodías. Ya en diciembre de 2010 comencé a reseñarlo en Lienzo de Babel con estas palabras:

No es vanidad de falso políglota, sino el pensamiento que brota de pronto ante un invierno que adelanta sus días llorosos, grises y fríos, como las melodías de ese disco de George Winston, pianista americano que acaricia las teclas con una delicadeza exquisita hasta conseguir unas melodías tan íntimas y sensuales como la luz que acompaña a estos días que te obligan a refugiarte en ti mismo.

December es un disco antiguo (1982, Widham Hill Records) que se mantiene fresco cuando el invierno empieza a golpear los cristales de las ventanas con la niebla húmeda de la tristeza. Contiene la música que transporta la soledad cuando se libera de las entrañas que la aprisionan en lo más hondo del alma y se convierte en el susurro de unas notas que logran verbalizar lo que en las gargantas se hace un nudo cada vez que nos impresiona un momento, un afecto o una pena. Es December el disco que siempre me reclama cuando los días me predisponen a encontrarme conmigo mismo.