domingo, 15 de marzo de 2026

Huérfanos de pensadores

El mundo hoy pierde uno de sus pensadores más influyentes y que más ha contribuido a fortalecer la democracia basada en la razón comunicativa: Jürgen Habermas, el filósofo y sociólogo alemán que elaboró la teoría de la democracia comunicativa, una noción de la deliberación pública, más allá de las instituciones, como centro del pensamiento y la función democráticos. Sin ese poder comunicativo, cuya legitimidad se basa en la fuerza del mejor argumento y no en la imposición, el dominio o el poder, no es posible la democracia deliberativa moderna. 

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas tuvo una niñez y una juventud marcadas por el nazismo. Su padre fue gerente de la Cámara de Industria y Comercio de la ciudad y simpatizante del NSDAP, el partido nazi, del que llegó a ser consejero de economía de la sede local. El mismo Habermas ingresaría como miembro de las Juventudes Hitlerianas, algo que parecía obligatorio a los de su generación. Tras la derrota del nazismo, Habermas descubre el marxismo y, receloso del comunismo, evoluciona hacia la socialdemocracia, capaz de alcanzar consensos políticos, y hacia un humanismo intelectual que le permitiría abordar todos los asuntos o preocupaciones relevantes de la filosofía y las ciencias sociales. Entre ellos, la necesidad de desarrollar un enfoque nuevo de la razón dirigido al entendimiento entre sujetos, a un uso público de la razón por el que la sociedad se pone de acuerdo consigo misma y se ilustra a sí misma sobre su voluntad política, formando parte de una esfera pública no institucional que modifica sus actitudes por medio de argumentos.

Jürgen Habermas formó parte de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort, junto a Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse y Max Horkheimer, pensadores que partían de la lectura de Hegel, de Marx y de Freud para concluir que la razón podría ser una promesa de emancipación. En ese sentido, Habermas fue más allá y, haciendo una revisión radical de la Teoría Crítica, la transformó en su famosa Teoría de la Comunicación, en la que propone una racionalidad no instrumental, distinta a la del mercado o la burocracia, que en lugar de imponer escucha y que funda su legitimidad en la fuerza del mejor argumento, no en el poder de quien habla: en la fuerza de la razón y no la razón de la fuerza.

Se trata de una síntesis que amplía distintos plexos de investigación filosófica y de teoría social con los que Habermas llevada trabajando durante años, partiendo de la base de que no hay ningún acceso a la realidad que no esté mediado lingüísticamente; es decir, que la realidad solo existe en dependencia del lenguaje, pues los sujetos piensan y actúan en el entramado del lenguaje. Y solo podemos explorar el mundo con esa forma de racionalidad que es el lenguaje.

Desde ese principio, Habermas concibió una teoría normativa de la democracia deliberativa en la que, si no se puede ejercer ese poder comunicativo, sin esa capacidad de entendimiento entre sujetos sin coacción y sin restricciones, la democracia es imposible. Esa razón, basada en el mejor argumento, surge de la voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos, una realización intersubjetiva sobre la base de un entendimiento mutuo y de un acuerdo recíproco sobre los hechos, las normas y las vivencias.        

Su proyecto de democracia basado en la razón parece hoy más necesario que nunca, justamente cuando se pone en duda su validez como sistema menos malo de convivencia y de gobierno. Habermas creía en el poder de la comunicación y en la necesidad de que los ciudadanos, lejos de limitarse a votar cada cuatro años, participen en la esfera pública, aporten sus puntos de vista y abran debates sobre los asuntos que les preocupan o interesan para que, argumentativamente y sin coacción ni restricciones, acuerden el modelo de convivencia que hace posible una sociedad libre y democrática.  

Jürgen Habermas, el filósofo de la razón comunicativa, además de tener una enorme repercusión académica, tuvo una gran influencia como intelectual público. Participaba de la función de vigilancia que tiene la crítica pública y que él ejercía, como intelectual, con destacada intensidad. Intervino sin descanso en la discusión pública, sin esquivar la polémica. De hecho, abogó por defender Ucrania frente a la invasión rusa, cuestionó la intervención en Irak y, incluso, abordó el papel de las religiones en un mundo pos-secular.

Como escribí en otra ocasión, fue un filósofo de la modernidad que actuaba, además, como un intelectual ante los problemas sociales, políticos y culturales de su tiempo, capaz de intervenir de buen grado en los debates de la esfera pública que más le preocupaban.  

Entre sus obras destacan La transformación estructural de la esfera pública (1962), Historia y crítica de la opinión pública (1962), Discurso filosófico de la modernidad (1985), su famosa Teoría de la acción comunicativa (1981) y su impresionante Una historia de la filosofía (2019). Y sobre él, habría que señalar  Jürgen Habermas, una biografía, de Stefan Müller Doohma (Trotta, 2020), del que extraigo datos para este artículo.     

Este pensador racionalista, pragmático, universalista kantiano, pos-marxista, liberal y republicano, fue en realidad un humanista y ferviente demócrata que, desde la filosofía política, se interesó por la filosofía del lenguaje, la ética, la epistemología y la sociología. Recibió abundantes premios, como el Gottfried Wilhelm Leibniz, considerado la máxima distinción en el ámbito académico de Alemania, y el Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, en 2003.

Con su muerte perdemos uno de los pensadores más importante del siglo XX y un guía imprescindible que orientaba la conducta ética y política de nuestro tiempo.  

viernes, 13 de marzo de 2026

Inmovibles conspiranoicos

Con la de problemas y males que aquejan a nuestro país, sin contar los que afligen al mundo entero, algunos siguen empeñados, cual estoicos, en negar la mayor, insistir en que ETA o sus herederos siguen vigentes, por lo que se permiten pontificar sobre las calamidades que podrían ocurrirnos si no les hacemos caso, como fue perder, por ejemplo, unas elecciones generales contra todo pronóstico.

Y no lo asumen, no aceptan que la realidad les lleve la contraria, les contradiga y los orille en la marginalidad de la irrelevancia porque no saben hacer otra cosa, son incapaces de mirar más allá de lo que sus anteojeras dogmáticas enfocan, reduciéndolo todo a… ETA. El fantasma de ETA como causa de los problemas de España.

Lo más curioso es que estos charlatanes de ETA son los mismos que aún mantienen que en IRAK había armas de destrucción masiva que justificase nuestra participación en la guerra ilegal en la que nos involucraron. Y que los atentados yihadistas del 11M, contra lo probado como verdad judicial, fueron realmente obra de ETA.

Ambas trolas están, por supuesto, relacionadas y se retroalimentan. De ahí que no sea posible reconocer la falsedad de una sin al mismo tiempo reconocer la de la otra. Los que continúan sosteniendo ambos bulos no pueden hacer otra cosa más que seguir alimentando, erre que erre, esta sarta de mentiras que ya nadie se cree. Esa es la razón por la que se niegan a pedir perdón y admitir que estaban equivocados.

Y es que estos inmovilistas conspiranoicos son tercos y, como escribió Nietzsche, vuelven una y otra vez a esparcir, en una especie de eterno retorno, sus rancias ideas, sin ningún apoyo probatorio, acerca de indemostrables teorías de la conspiración que explicarían los hechos y, lo que es más importante, sus conductas y decisiones. Practicando la vieja actitud de sostenella y no enmendalla, se atreven incluso a escribir libros sobre una supuesta “verdad incómoda” que llevan años propalando en cuantas intervenciones, artículos, conferencias y entrevistas se ponen a su alcance.

Y uno de los impertérritos y contumaces inmovilistas de la conspiración es el exministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, un vasco que no puede vivir sin mantener una referencia constante a ETA, su obsesión más crónica y patológica. Un trauma que define su personalidad y su razón vital. Así, desde sus comienzos.

Puede ser comprensible, pero ello no justifica que siga mintiendo. Mayor Oreja, donostiarra de nacimiento, antes que político fue ingeniero agrónomo y pretendió ser abogado, pero dejó los estudios por ser incompatibles con su actividad política. Como buen exmarianista, se declara católico practicante -lo que no tiene nada de malo-, excepto cuando pretende imponer su creencia religiosa a toda la sociedad, lo que le lleva a combatir decisiones legítimas de la esfera civil, como es el derecho al aborto, la eutanasia y el matrimonio igualitario, derechos que califica -aunque no obligan a nadie- como “algo propio de los bolcheviques” que forma parte de las “viejas recetas de los totalitarismos que han asolado Europa”.

En sus años mozos fue secretario de las juventudes de la Asociación Católica de Propagandistas, en las que había ingresado siendo niño. De ideología democristiana, se adscribió al Partido Popular, por el que ha sido diputado en el Congreso, ministro de Interior, candidato a lendakari y eurodiputado. Lo que se dice todo un carrerón político, aunque en ninguna de sus etapas haya hecho cosas destacables en beneficio del país.    

Aparte de haber vivido el ambiente asfixiante del País Vasco más sangriento, su fijación con ETA tal vez naciera cuando fue designado, durante escasos seis meses de 1982, delegado del Gobierno en su tierra y ETA intentó asesinarlo lanzando una granada contra su despacho. Salió ileso de cachimba porque una farola desvió el artefacto.

Esa fijación se afianzaría, sin duda, con el hecho de que, como ministro de Interior, pretendió ser intransigente y desautorizó las conversaciones que su ministerio estaba manteniendo con ETA con la intermediación de Adolfo Pérez Esquivel. Pero, ante las exigencias de la organización terrorista para liberar al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara, tuvo que ceder al agrupamiento de presos de ETA en prisiones del País Vasco y Navarra. Durante el secuestro, se acercaron 43 presos, 13 de ellos con delitos de sangre. Posteriormente, se acercaron más de un centenar de etarras. A partir de entonces, rechaza toda negociación con la banda terrorista y considera que cualquier otra política, incluso la que ha permitido su definitiva disolución, es errónea.  

Tras su abandono -es un decir- de la política, Mayor Oreja continúa dando la tabarra con ETA y las teorías de la conspiración, y con soflamas sobre la pérdida o crisis de valores que asola esta parte del mundo, desde su punto de vista de católico fundamentalista, naturalmente.

Pero el tema que no es capaz de quitarse de la cabeza, ni estando jubilado, es el de ETA y el atentado del 11 de marzo de 2004. Para él, pese a la investigación judicial que no halló participación de ETA ni de ningún servicio de espionaje extranjero, aquella masacre no fue obra de islamistas, sino una operación de servicios de inteligencia foráneos que se llevó a cabo con la finalidad de cambiar el rumbo de la dirección de España. Y que esos atentados le dieron la victoria a José Luis Rodríguez Zapatero sin merecerla.

Tanta es su obsesión que, tras más de dos décadas, el exministro vuelve a las andadas con sus teorías de imposible comprobación. Y retorna de la mano de un libro que, coincidiendo con el aniversario del atentado, aborda sus viejas y reiteradas teorías de la conspiración que nunca ha podido demostrar ni ofrecer indicios sólidos.        

Y lo hace en el preciso momento en que una nueva guerra, también ilegal, vuelve a desatarse en Oriente Próximo, basándose también en mentiras que a nadie convencen. Y para más inri, presenta su libro acompañado del mismo expresidente que nos involucró en la primera guerra, la de Irak, y que hoy defiende con ardor, para ser coherente con sus mentiras, la de Irán, protagonizadas ambas por idéntico agresor, EE.UU.  

Jaime Mayor Oreja fue ministro de Interior de ese José María Aznar que rebautizó a ETA como “Movimiento Vasco de Liberación” durante su primer año de Gobierno, cuando empezaron los traslados de presos al País Vasco. Y aunque Mayor Oreja ya no era ministro, ese Aznar fue el expresidente que no supo o no quiso saber que los terroristas que atentaron el 11M eran islamistas y no de ETA. Ahora ellos dos, Mayor Oreja y Aznar, son los que se sientan juntos para presentar un libelo que ni es historia ni novedosa investigación policial, sino un conjunto de bulos que pretenden mantener vigente la más sucia teoría que jamás un político, incluso tan cínico como ellos, haya sido capaz de sostener sin ruborizarse: que un atentado tan grave como el del 11M no fue obra de quienes fueron juzgados y condenados por la Justicia, sino por ignotos autores que confirmarían sus mentiras y demostrarían que sus decisiones e intuiciones fueron correctas.

La verdad es que no tienen otra forma de validar sus interpretaciones paranoides más que con la reiteración hasta la saciedad de sus mentiras. Además de tratar de influir en una ciudadanía que siente desapego y desconfianza hacia las instituciones, predispuesta a creer en explicaciones ocultas, lo que realmente mueve a estos inmovibles conspiranoicos, como parece le sucede a Jaime Mayor Oreja, es una probable autoafirmación narcisista por el supuesto prestigio de poder descifrar lo oculto, desvelar lo secreto, de creer en lo increíble y de percibir lo que nadie ve.

En definitiva, de padecer una patología psiquiátrica, cual es su obsesión enfermiza por ETA. Lo malo es que no está solo, sino que hay otros que multiplican tales bulos y hacen lo imposible por seguir alimentando explicaciones delirantes que enturbian la convivencia y erosionan la democracia. Conocerlos es inmunizarnos contra sus venenos. He ahí la razón de este artículo, por si sirve de vacuna.   

sábado, 7 de marzo de 2026

Una distopía actual

1984, la célebre novela distópica de George Orwell, renace reflejada sobre la actualidad en el documental biográfico Orwell: 2+2=5, dirigido por Raoul Peck, que se exhibe en cines. El documentalista recurre a esa novela para contar la vida y obra del escritor, intercalando escenas de las versiones cinematográficas del mundo opresivo y desolador que el autor describió con imágenes del mundo actual, dominado por tensiones geopolíticas y tentaciones autoritarias que pretenden controlar hasta lo que deben saber y pensar los ciudadanos.

De esta forma, la película acierta a mostrar lo profético que fue Orwell para visionar las atrocidades inevitables del mundo capitalista, donde los Musk, Zuckerberg, Bezos o millonarios como Trump pueden acaparar poder para monopolizar la economía global y dirigir la vida de los seres humanos.

La distopía de 1984, tan aterradora y deprimente acerca de una realidad dominada por el poder invisible de ese Gran Hermano en permanente vigilancia y de la ubicua propaganda que emite el “Partido” y su Ministerio de la Verdad con mensajes de que “la guerra es paz”, “la libertad es esclavitud” y ”la ignorancia es fuerza”, no solo nos describe un mundo siniestro y asfixiante, sino que refleja la monstruosidad de los fascismos que vuelven a resurgir en el presente, cuando los totalitarismos parecen ser capaces de brotar en cualquier parte.

George Orwell fue un escritor lúcido que buscaba de manera infatigable la verdad a través de sus novelas, sin caer en partidismos ni convencionalismos. Vivió el nazismo y fue testigo de la guerra civil española, como brigadista internacional. Fruto de esa experiencia es el libro Homenaje a Cataluña, un testimonio honesto y espeluznante sobre los crímenes de los franquistas, pero también de los comunistas y anarquistas.

La película nos permite acercarnos a la biografía del escritor y al ambiente familiar en el que creció, a los estratos bajos de una clase media que imita los modales de la clase alta a la que aspira poder acceder, en aquellos tiempos imperialistas y sin una fortuna o rentas que lo permitan, por vía del Ejército, el sacerdocio o una prestigiosa profesión liberal. Buscaban el ascenso social sin importarle las condiciones de vida de las clases bajas o la de los pueblos colonizados.

Orwell vive eso y poco a poco se va percatando de la hipocresía e injusticia social que representa. Era una persona noble que nunca quiso mentirse ni mentir a los demás. Prefirió el humanismo a la conveniencia social o ideológica. Por eso pudo escribir sobre la decencia común, convirtiéndose en brújula moral y notario de las infamias de la época que le tocó vivir.

Unos tiempos no tan distintos a los de hoy, en los que EE. UU. ejerce un liderazgo cada vez más autoritario, la guerra prende en Oriente Medio y en Ucrania, el genocidio se practica a ojos de todo el mundo en Gaza de manera impune, sin reproche alguno, y hasta se secuestra a líderes de países extranjeros por las riquezas naturales que poseen, principalmente petróleo, y que se les quiere arrebatar.

El mundo obsesivo y terrorífico de Orwell es, de alguna manera, nuestro mundo actual, su distopía es semejante a nuestra realidad cotidiana, los conceptos inquietantes de aquel mundo imaginario parecen replicarse en la actualidad, cuando la vigilancia o control del ciudadano es absoluta y pensar u opinar en libertad es motivo de un castigo que puede afectar hasta las universidades, los medios de comunicación y, por supuesto, a cualquier individuo en particular, ejerza o no un cargo público o privado en el que sea vea obligado a expresar su parecer y defender su criterio.   

Y es que, según el director del documental, “cada vez más gente afirmaría que dos más dos son cinco si se lo dice un político, un influencer o alguien en quien ellos confían. Nunca todo había sido tan fácil para los populismos”.

Se trata, pues, de una película sumamente recomendable para quienes, hayan leído las obras de Orwell o no, estén preocupados por la tendencia de unos tiempos actuales que se caracterizan por el cuestionamiento de la democracia, la falta de respeto a las instituciones, el recelo a la ciencia y el debilitamiento de derechos y libertades en nombre de una supuesta seguridad y una seudo esencia de la patria que algunos consideran perdida o en peligro a causa de la globalización, el feminismo, los fenómenos migratorios y la tolerancia al diferente.  

Es verdad que se sale del cine con el ánimo por los suelos y los pelos de punta, pero con la certeza de que es posible combatir tanta manipulación catastrófica con la verdad y claridad de criterio. Y con obras, como esta película, que ayudan a abrir los ojos. No se la pierdan.

jueves, 5 de marzo de 2026

Ojalá seamos terribles

Me incluyo en ese descalificativo porque me siento aludido con la crítica de Trump. El presidente norteamericano ha declarado, durante una comparecencia ante la prensa en la Casa Blanca junto al canciller alemán Friedrich Merz, que “Lo de España es terrible”. Y aunque soy español por decisión voluntaria y no por azar natalicio, me duelen las amenazas del mandatario yanqui a nuestro país. Y todo porque no se le puede llevar la contraria ni discrepar de sus arbitrariedades.

Donald Trump está muy enfadado con España, particularmente con el presidente Pedro Sánchez, al que acusa de ser un líder débil porque se ha atrevido a negar a EE.UU. el permiso para usar las bases militares, de soberanía española y utilización conjunta, de Morón de la Frontera (Aérea, en Sevilla) y Rota (Aeronaval, en Cádiz) para la logística y el abastecimiento de los bombarderos que atacan a Irán.

Al parecer, era la gota que colma el vaso. Esa negativa al uso de las bases españolas provocó la furia iracunda del presidente Trump, quien, si por él fuera, ordenaría inmediatamente no solo que se operara desde esas bases ignorando la prohibición del Gobierno español, sino que se paralizara “mañana, hoy mejor aun, todo lo que tenga que ver con España: embargos. Podemos hacerlo”, afirmó desafiante. Y añadió: “Y podemos imponer un 15 % de aranceles a quien queramos”, blandiendo su arma favorita de negociación hasta que el Supremo le paró los pies.

Al parecer, a Donald Trump no le cae bien Pedro Sánchez desde que le salió respondón y se negó a subir el gasto militar al 5 % del PIB, como se acordó en la Cumbre de La Haya. En aquella ocasión, Sánchez también discrepó de una decisión que, promovida por el mandatario norteamericano, habían adoptado todos los países miembros de la OTAN, menos España. Es por eso que, como argumento a esgrimir para su actual enfado, el presidente Trump recordara que “todos se mostraron entusiasmados con la idea, todos menos España, y ahora dicen que no podemos usar las bases, es terrible”. Y como hizo entonces, ha vuelto a amenazar con represalias comerciales a España. ¡Huy, qué miedo!

Y es que nuestro presidente no aprende, no sabe mostrarse servil y dócil ante el todopoderoso ególatra yanqui, acatando todas sus barbaridades. Ya antes, el Gobierno de España se había opuesto a la ilegal intervención militar ordenada por Trump en Venezuela para secuestrar “manu militari” a Nicolás Maduro, presidente del país, y conducirlo a la fuerza a una cárcel de Nueva York, donde pretenden juzgarlo, a pesar de todas las violaciones del derecho internacional cometidas en su captura.

De hecho, nuestro país lleva señalándose desde hace mucho tiempo, prácticamente desde el inicio de su mandato, plantando cara a las políticas de Donald Trump cada vez que atropella la legalidad internacional, pisotea los Derechos Humanos e ignora la Carta de la ONU, mientras destruye, con mamporros cada vez más violentos e indisimulados, el viejo orden mundial, aquel multilateralismo en las relaciones internacionales basado en consensos y reglas y regido por leyes que todos cumplían.

España ha sido crítica con los abusos y la soberbia de quienes se creen que pueden imponer su criterio e intereses simplemente porque pueden, por la fuerza. De ahí que nuestro país haya denunciado por activa y por pasiva el genocidio cometido en Gaza por un Israel envalentonado por el apoyo incondicional que le presta Trump. E incluso que haya reconocido oficialmente a Palestina como Estado independiente, con derecho a exigir el respeto de su soberanía e integridad territorial, conforme las resoluciones de la ONU.

Por eso nuestro país no deja de denunciar la brutal agresión que sufre el pueblo palestino, a quienes se les quiere desalojar de sus tierras. Son las mismas razones -el respeto a la legalidad internacional, a la soberanía de los estados y a la integridad territorial- por las que también se opone, con igual contundencia, a la ilegal y criminal invasión de Ucrania por parte de Rusia. Entre otras razones, porque los abusos hay que denunciarlos sin importar quien los cometa y sin caer en una hipócrita equidistancia.

Y porque, si no, los abusadores se envalentonan al creer que los demás consienten sus atropellos sin rechistar. Tal vez esta sea una de las razones por la que esos mismos matones se unen ahora para atacar Irán y comenzar un conflicto en Oriente Próximo que no se sabe cómo acabará. Otra vez Israel y EE.UU. juntan sus bombas para abrir fuego contra el país de los ayatolás, con la excusa de impedir que se doten de armas nucleares y liberar a su pueblo de la dictadura que lo oprimía. Es decir, otra versión de lo de las armas de destrucción masiva y la democracia. Bla, bla, bla.

Antes se coge un mentiroso que a un cojo. Calla Trump que fue él quien había hecho que su país abandonara el acuerdo firmado con Irán, bajo la presidencia de Obama, en 2015, y avalado por varias potencias internacionales, por el que Teherán garantizaba el uso exclusivamente pacífico de su programa nuclear, permitiendo la supervisión de sus instalaciones por inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica. Cosa que Israel no hace.

Y que, no contento con ello, en 2025 bombardeó, junto con Israel, las instalaciones nucleares más importantes de Irán, asegurando que había devastado completamente el programa nuclear iraní. ¿Dónde radica, pues, el supuesto peligro nuclear de Irán que justifica esta nueva guerra ilegal y sin autorización de la ONU?

De ahí que España insista no solo en cuestionar esa iniciativa bélica, sino incluso en negarse a colaborar con ella, prohibiendo el uso de las bases americanas en nuestro país por los bombarderos norteamericanos. Recupera, así, el grito de “no a la guerra” que ya pronunció masivamente por la también ilegal guerra de Irak en la que nos involucró un Gobierno conservador, sumiso y servil a las directrices del imperio yanqui. Entonces gobernaba un Aznar engreído, que fumaba puros y hablaba con acento de Texas, y regía en Washington un tal Bush, igual de ignorante e impulsivo que Trump.

No es ojeriza, pues, lo que Trump siente por Sánchez, es algo peor. Es animadversión y verdadera repulsión por un dirigente que osa cuestionarle sus iniciativas más importantes, incluía sus incursiones bélicas. Y es que desde España se rechazan sus medidas contra los inmigrantes, a los que acusa de todos los males que padece la sociedad norteamericana. Frente a la criminalización de la migración, el presidente español aprueba una ley de regularización de migrantes que se convierte en modelo de acogida y un ejemplo a tener en cuenta. Si Trump crea una policía dedicada a la caza y captura de emigrantes para su expulsión, Pedro Sánchez les ofrece papeles para legalizar su situación en España. Resultado: compárense los problemas de convivencia y los índices de criminalidad de un país y otro. Ni Trump ni la extrema derecha española asumen esos detalles que objetivan con datos verificables el supuesto problema migratorio.

Y cuando Donald Trump impulsa guerras ilegales, España no las apoya por considerarlas un “atropello a la legalidad internacional”, idéntica acusación que se le hace a Putin por la guerra de Ucrania, a Netanyahu por la masacre de Gaza y a Trump por la incursión en Venezuela y las amenazas anexionistas a Groenlandia. Y, aunque aparentemente es una voz que clama en el desierto, la actitud de España tiene algún peso o trascendencia en tanto en cuanto al presidente norteamericano tanto le afecta. Tal vez sea, no por pragmatismo, sino por la coherencia de muestra posición con el derecho internacional y el diálogo entre las naciones.

En todos los casos, España ha demostrado que no quiere ser cómplice de iniciativas que son contrarias a sus valores, basados en el respeto a la legalidad internacional, la paz y la coexistencia pacífica, y menos aun por miedo a represalias. Es una actitud ética, como país, digna de elogio y orgullo, aunque paguemos algunas consecuencias en el corto plazo.

Ojalá seamos más terribles en dignidad que patriotas de pulserita defensores del energúmeno que nos amenaza.

jueves, 26 de febrero de 2026

Sin peluches

El mundo entero se ha conmovido con un mono macaco de un zoológico japonés porque, al ser rechazado por la madre y el resto de la manada, buscó protección y consuelo emocional en un peluche de orangután que los cuidadores del parque le tiraron dentro de la jaula para que le hiciera de madre. Las imágenes del animal abrazando al muñeco de trapo desataron la sensiblería de quienes las vieron a través de los medios de comunicación y las redes sociales, hasta el extremo de convertirse en un fenómeno viral.

Algo falla en nuestros afectos cuando al mundo se le saltan las lágrimas por un macaco antes que por un niño detenido por una policía armada hasta los dientes, como sucedió en Minnesota, por el mero hecho de ser ecuatoriano e inmigrante en los Estados Unidos de América. El pequeño de EE UU, de solo cinco años de edad, no tenía un muñeco con el que buscar amparo y se hallaba quieto, sin llorar, la boca cerrada y sin apartar la vista de donde lo dirigía gente que no era su familia, manteniendo esa actitud silenciosa de quien no sabe qué va a pasar pero intuye que no será nada bueno, rígido por ese miedo que infunde algo inesperado que te supera y mostrando con todo tu cuerpo paralizado el desamparo y la vulnerabilidad en que se halla.

Acababa de ser detenido cuando salía del colegio por agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) durante una de las redadas que esta policía está efectuando contra los inmigrantes, siguiendo instrucciones del presidente Donald Trump. Separarte de tu familia para introducirte en un vehículo policial no es algo agradable ni para un adulto. Menos para un niño.

Pero este cachorro humano no tenía un muñeco al que aferrarse y que "humanizara" una violencia que, de otra forma, no altera la sensibilidad adormecida que provoca un mundo acostumbrado a imágenes impactantes. Por eso, el pequeño Liam no se convirtió en una imagen viral, sino en una noticia que atrajo, si acaso, nuestra atención el tiempo en que otra ocupa su lugar.

Vivimos tiempos confusos y desquiciados en los que es complicado discernir lo importante de lo banal, lo real de lo artificial, lo creíble de lo manipulado. Estamos sometidos a un bombardeo continuo e intenso de información cierta, incompleta, tendenciosa y falsa, todo a la vez y mezclado, que cuesta trabajo atender nada de manera exhaustiva y, menos aun, comprender la realidad de los hechos y no lo que parece que nos cuentan. Al final, sucumbimos y nos limitamos a informarnos por titulares y dejarnos emocionar por lo espectacular.

Es por ello que nos conmueve más el monito japonés que el niño norteamericano. La orfandad del primero, generada por la violencia animal, nos resulta más lacrimógena que la del segundo, provocada por un gobernante racista y paranoico, supuestamente racional. De este modo, un mono abrazando un muñeco es más tierno, entre la multitud de imágenes, que un niño indefenso y frágil frente a un furgón policial.

Cuesta admitirlo, pero es así. De hecho, el macaco ha logrado, incluso, que desplacemos el foco de nuestra preocupación de la salvaje agresión rusa de Ucrania, una guerra que cumple cuatro años desde que Putin le dio por invadir al país vecino por cuestiones que tienen que ver más con la psiquiatría que con la geoestrategia. Ya apenas seguimos las noticias del mayor conflicto bélico en Europa desde la Segunda Guerra Mundial y en el que han muerto más de 15.000 civiles ucranios inocentes -entre niños, mujeres y hombres- por vivir donde caían las bombas.

Las imágenes de las matanzas rusas que sembraban las calles de cadáveres en las ciudades que ocupaban, los edificios residenciales semidestruidos por drones y misiles, el medio millón de muertos entre ambos bandos, los cerca de seis millones de ucranios que han abandonado su país -la mayoría de ellos refugiados en Europa- o los 3,7 millones de personas que se han visto obligadas a dejar sus hogares para desplazarse a otra zona del país, nada de eso nos ha pellizcado por dentro como el mono del peluche. Es probable, incluso, que lleguemos a recordar más la anécdota del zoológico japonés que esta guerra en nuestro propio continente. Ninguna de las víctimas apareció en las noticias apretando un muñeco de peluche. Y es que somos así de sensibleros.

Es más, el famoso primate ha hecho que desviemos el interés del genocidio de Gaza, donde más de 600 gazatíes -ciudadanos inocentes y no combatientes- han muerto durante un alto el fuego que los soldados israelíes rompen cuando les place. Y que olvidemos la brutal y genocida actuación de Israel en una franja que tenía acorralada a una población palestina indefensa que pagaba con sus vidas lo que era denominado eufemísticamente de "legítima defensa". Más de 70.000 gazatíes han muerto (muchos más que civiles en Ucrania) en una "guerra" que es antes un exterminio y limpieza étnica que un enfrentamiento entre dos ejércitos. Y ni una lágrima se nos ha caído por ninguno de ellos. Durante un tiempo una Gaza devastada acaparó las portadas de periódicos y telediarios, pero ya ha desaparecido de la actualidad, de lo que consideramos relevante, de lo que nos conmueve.

Ahora nuestros sentimientos son encendidos por un monito despreciado por su manada en un zoológico y que busca consuelo en un muñeco de trapo. Y los enciende porque todos necesitamos el aprecio de los nuestros, la protección de los padres y el bienestar de los espacios seguros. Como homínidos, al fin y al cabo, nos identificamos con nuestros parientes en esos comportamientos en los que el amor y el afecto son más importantes que la nutrición, como demostró el psicólogo Harry Harlow con suu teoría del apego.

Tan impresionados quedamos con la imagen del mono y su peluche que ni siquiera nos planteamos, no las desgracias arriba señaladas que afectan a nuestra especie, sino la violencia que supone para un primate nacer en un zoológico y no en una selva, y que para huir de los suyos no tenga un árbol al que trepar y deba consolarse con un trapo que alguien le tiró para deleite de los visitantes del zoo y de los consumidores de información al peso como distracción y sin compromiso.

Algo falla cuando necesitamos un peluche para mostrar nuestros afectos.

viernes, 20 de febrero de 2026

El machismo que no cesa

A pesar de las medidas adoptadas, tanto legales (leyes de protección, políticas de igualdad, etc.) como educacionales (eliminar la enseñanza sexista, evitar sesgos sexistas en los juguetes, educación sexual, etc.), para combatir el machismo de nuestra sociedad, todavía perduran dos de las manifestaciones más abominables de esa conducta que permean clases sociales, estratos económicos o niveles de formación: la que asesina y la que viola o agrede sexualmente a la mujer.

Cada año se contabilizan en nuestro país cifras escalofriantes de mujeres muertas a manos de sus parejas o exparejas, sin que ninguna de esas medidas haya logrado extirpar definitivamente la lacra del machismo más cavernícola y despreciable, el que asesina. Unas cifras que, si bien se han reducido paulatinamente desde que se contabilizan, no consiguen rebajar el nivel de entre 45 y 50 mujeres víctimas de machistas asesinos que cada año computan las estadísticas en España.

Es más, se registra incluso un ligero repunte en los datos de los últimos años, aunque sin superar -sólo lo ronda- el cómputo de 50 mujeres asesinadas anualmente por un machismo que algunos todavía se niegan a admitir. Una cantidad que, en todo caso, repugna a quien albergue una mínima sensibilidad respecto a la actitud que debería presidir la relación hombre/mujer: la que considera a ambos sujetos como personas con igual dignidad, solo distintas por su sexo, y merecedoras de los mismos derechos e idéntica consideración y respeto. Se trata, por tanto, de una cifra inaceptable para cualquier sociedad sana, tolerante, plural y libre como aspiramos que sea la nuestra en pleno siglo XXI.

Pero no lo conseguimos porque el inicio de este año ha vuelto a ser trágico para la mujer, con tres asesinatos por violencia machista en los 13 primeros días de enero. Y en lo que va de año, ya se han registrado 15 feminicidios y otros asesinatos de mujeres, según el portal Feminicidio.net. La cifra contrasta con los recuentos oficiales -que registran siete mujeres asesinadas hasta la fecha por violencia machista (1.350 desde 2003)- porque esos recuentos solo incluyen los asesinatos cometidos por parejas o exparejas y no recogen los feminicidios cometidos fuera del patrón familiar de la medición oficial.

Es necesario, pues, entender que las cifras oficiales no reflejan toda la magnitud de un problema estructural, derivado de una sociedad patriarcal, que se perpetúa por dinámicas de desigualdad, tolerancia social con los comportamientos machistas y las deficiencias de las medidas de prevención y protección de la mujer.

De ahí la persistencia de una lacra que cada año se cobra el tributo de mujeres muertas por el simple hecho de ser mujer y por pretender ser tratadas con igualdad de derechos que el hombre, sin verse subordinadas ni a su voluntad ni a su supuesta autoridad.

Por eso se suceden los casos de agresiones sexuales y violaciones de mujeres que son consideradas meros objetos para la satisfacción o el capricho del hombre, ante quien han de ser sumisas y obedientes. Una situación de subordinación y discriminación que se da, incluso, en ámbitos que, en teoría, deberían velar contra lo que en realidad son delitos perseguibles y castigados penalmente. Tal es el caso de un altísimo cargo de la Policía Nacional, que ha sido cesado cuando se conoció que había sido citado por el Juzgado de Violencia sobre la Mujer tras ser acusado de una agresión sexual contra una subordinada. El daño cometido por el denunciado, alguien cuyo deber era el de proteger y resultó ser un despiadado machista, es enorme por cuanto erosiona la confianza de las víctimas en el sistema.

En España se denuncian una media de 14 violaciones al día. Casi tres millones de mujeres (2.715.311) han sido acosadas sexualmente en el último año, a las que hay que sumar las que sufren agresiones de índole sexual, según la Macroencuesta de Violencia sobre la Mujer, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) y la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género. El retrato que dibujan tales datos es el de una realidad en la que no hay ningún ámbito ajeno a esta lacra.

Ello pone de manifiesto que el machismo más vil, el que viola y asesina, no cesa, que su ensañamiento contra la mujer persiste inamovible en el seno de nuestra sociedad y que, en cuanto puede, asoma su rostro violento a pesar de que hayan pasado más de dos décadas de la Ley Integral contra la Violencia de Género y demás medidas legales y educativas impulsadas para erradicarlo.

Con cada agresión, con cada asesinato asistimos a un fracaso colectivo que ha de impulsarnos a redoblar los mecanismos sociales, legislativos y educativos que posibiliten la erradicación de todas las formas de violencia machista de nuestro seno. Y que contribuyan a evitar el abuso de poder y la sumisión frente al agresor, cuya persistencia alimentan el miedo de la mujer a denunciar la situación que sufre, a veces desde hace años, por el temor al propio agresor, a la vergüenza, a no ser creídas e, incluso, a considerarse culpable de esa violencia.

Y aunque existe ayuda formal u oficial para estas situaciones, nunca es suficiente. Muchas mujeres todavía siguen sin hallar protección directa, ni siquiera engrosando el sistema VioGÉN (sistema de seguimiento integral en casos de violencia de género) ni utilizando la aplicación Alertcops, de alerta a la policía, por fallos en las pulseras de geolocalización. Tampoco encuentran apoyo en su entorno inmediato porque el agresor, en la mayoría de los casos, pertenece a ese entorno íntimo -familiar, amigo o conocido- donde se produce la agresión. Tantas son las circunstancias adversas para la mujer agredida que, por ejemplo, en la franja de edad en torno a los 75 años, solo dos de cada diez mujeres logran romper la relación con su agresor.

Tales dinámicas de tolerancia con la violencia machista hay que romperlas en cualesquiera los ámbitos donde se produzcan, ya sean laborales, deportivos, sociales o domésticos. Porque la única manera de hacer frente al machismo violento es no consistiendo en ningún caso su existencia, reprobando siempre su expresión o exhibición y denunciando, en cuanto se produzca, la conducta violenta u ofensiva. Pero sobre todo, mostrando siempre nuestro apoyo, comprensión y ayuda a toda mujer que sea víctima de ese machismo que no cesa. Ni una más.         

miércoles, 11 de febrero de 2026

No me gusta el reggaetón, pero sí Benito

Más por la edad que por otra cosa, el reggaetón no es un estilo musical que me entusiasme. Me ha cogido muy mayor para que me atraiga ese underground latinoamericano sobre el sexo explícito, las drogas y la violencia de la calle. Para ser sincero, he de reconocer que no me gusta nada.

En primer lugar, por ese ritmo dembow, nacido en Jamaica, que suena “atún-con-pan, atún-con-pan” de manera repetitiva, de base electrónica y armonía sencilla, una especie de combinación entre el reggae, el hip hop y el rap, que me resulta monótono, aburrido. En segundo lugar, por la práctica carencia de instrumentación musical, pues deja todo el protagonismo a la parte percusiva. Y en tercer lugar, por la manera en que se canta, una especie de recitado monocorde sin apenas saltos de melodía y una vocalización gutural que apenas se entiende, que no es apta para mis oídos, poco acostumbrados a una jerga suburbana que me resulta extraña y con incipientes dificultades auditivas.

El reggaetón, originario de Puerto Rico y Panamá en la década de los 90, es un género cantado en español y centrado en las manifestaciones culturales relacionadas con el baile, la noche y el ocio. De ser algo minoritario, a partir del 2000 comenzó a tener popularidad internacional y, hoy en día, es uno de los géneros musicales más escuchados en el mundo, hasta convertirse en un competidor directo con la industria mainstream de EE UU.

Quizás por ello, los organizadores del acontecimiento deportivo estadounidense por excelencia, la Super Bowl, decidieron este año ofrecer el espectáculo que se celebra durante el descanso al artista puertorriqueño (pero de nacionalidad norteamericana, ya que Puerto Rico es un estado libre asociado de USA)) Bad Bunny (Conejito malo), una de las figuras más reconocidas del reggaetón a nivel internacional. Seguramente, les movía la intención de expandir al mundo hispano la retransmisión de una competición que ya es seguida en algunos países de Centroamérica, como México, y del Caribe. Además, no era la primera vez que artistas hispanos habían actuado durante el entretiempo de la Super Bowl, como Shakira o Jennifer López.

Sin embargo, este año la participación del cantante boricua (ciudadano norteamericano, hay que insistir) agitó las ya de por sí turbias aguas que azotan la sociedad de EE UU. Por un lado, por la política racista del presidente Donald Trump, empeñado en una cacería indiscriminada de inmigrantes en suelo norteamericano, a los que denigra, humilla y acosa, considerándolos delincuentes y peligrosos. Es tal la represión que practica que la policía de control de inmigración y aduanas, conocida como ICE, no solo ha detenido a niños de cinco años para deportarlos, sino que ha asesinado a sus propios conciudadanos por protestar contra esa violencia injustificada, como Renée Nicole Good y Alex Reffrey Pretti, ambos de 37 años y ambos norteamericanos.

Y por otro lado, porque el cantante puertorriqueño había decidido cantar sólo en español, en coherencia con la música hispana que interpreta y con su estilo, un reggaetón energético hecho para bailar y con el que hace críticas sociales y reivindicativas de su tierra. Una música que le sirve para representar la cultura puertorriqueña y denunciar las injusticias y amenazas que enfrenta la isla, como el aumento del turismo, la gentrificación, la urbanización salvaje y el daño al medio ambiente. Es más, tal es su amor a sus orígenes que organizó una gira especial en Puerto Rico, de 30 conciertos, dedicada a su gente, en la que contrató talento local, impulsó la vestimenta criolla y promovió proyectos para la comunidad, lo que dejó cerca de 400 millones de dólares de ganancia para la isla. 

Pues bien, este artista es el que aprovechó su actuación en la Super Bowl para dejar en evidencia las políticas autoritarias y racistas de la actual Administración estadounidense, convirtiéndose en símbolo de una resistencia cultural, por su orgullo hispano, frente al miedo y la represión que ejerce el trumpismo en un contexto de persecución inmisericorde del inmigrante en EE UU. Ello ha desatado la virulenta reacción del movimiento MAGA, los seguidores fanáticos de Trump, que exhibieron sus más exaltados e irracionales sentimientos, movidos por el conservadurismo radical que promueve Donald Trump, mostrándose enfadados por el uso del español y el protagonismo de personas no blancas.

Ignoran estos que se consideran yanquis puros que EE UU no tiene un idioma oficial y que el español llegó a lo que hoy es territorio norteamericano antes que el inglés y del nacimiento de USA como nación hace 250 años. 

Según Héctor Fouce, profesor de Periodismo y Nuevos Medios de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, “el mérito de Bad Bunny ha sido el de ocupar y aprovechar un espacio como la Super Bowl para dejar claro que existen más formas de imaginar EE UU y que hay otra América que está siendo deportada masivamente”.

Así lo subrayó el propio cantante cuando exhibió el lema “Juntos somos América”, impreso en el balón de fútbol americano que portaba, y cuando dijo “Dios bendiga a América”, la única frase que pronunció en inglés, tras la cual citó el nombre de todas y cada una de las naciones que conforman el continente americano.

Esa reivindicación de lo latino ante un estadio con una audiencia mayoritariamente blanca, donde estuvo acompañado de otras figuras de habla hispana, como el actor Pedro Pascual y los cantantes Ricky Martin, Candi B o Karol G., representa un desafío cultural que plantea que otra América, más rica y diversa, es posible frente al modelo de sociedad supremacista, profundamente racista con redadas a migrantes incluida, que defiende el mandatario norteamericano.

Hay que poseer convicciones muy sólidas para provocar e irritar a un todopoderoso presidente norteamericano que es temido a lo largo y ancho del mundo, ya que es capaz de secuestrar “manu militari” a dirigentes de otras naciones, asesinar sin pruebas a presuntos narcotraficantes en aguas internacionales y de crear una policía que actúa como guardia pretoriana, dispuesta a acatar sin reservas sus impulsivas y arbitrarias decisiones.

Nada más que por este valiente posicionamiento más ético que político, Benito Antonio Martínez Ocasio -el nombre real de Bad Bunny- ha conseguido que me interese por su trayectoria. Nunca he escuchado ninguna de sus canciones y, probablemente, seguiré sin incluirlas en mis preferencias, pero su actitud y compromiso con su lengua y las tradiciones hispanas, precisamente en estos momentos en que EE UU se precipita por el barranco de la violencia contra la diversidad, la tolerancia y la convivencia multirracial, hace que Bad Bunny se convierta en mi ídolo del reggaetón, como Bruce Springsteen lo es del rock por lo mismo, por su respuesta ante los excesos policiales en Minneapolis.

Y luego dicen que la música te aísla de los problemas de la realidad.             

domingo, 8 de febrero de 2026

Reseña de cuentos

En la revista digital “Voces errantes, revista literaria” (Febrero 2025/4, pág. 113), Alfonso Bolaños, filólogo y profesor de Lengua y Literatura, publica una reseña de mi libro Cuentos minúsculos que se asoman a realidades sorprendentes que me ruboriza por su amabilidad y que reproduzco con mi agradecimiento más sincero.

Cuentos minúsculos… se compone de diez cuentos, tal vez no tan minúsculos, de Daniel Guerrero y están narrados con mucha honestidad en la ficción narrativa y en la visión humana de un profesional sanitario y divulgador y periodista a la vez.

Me voy a mojar de inicio y confesaré cuál de los diez relatos es mi favorito: La bicicleta roja, de voz adulta recordándose aún niño y que otorga un sencillo y contundente significado, inesperado, al color rojo. Una bicicleta siempre deseo, a la que ningún coche después podrá sustituir en absoluto, tan asociada esa bicicleta a una adolescencia en ciernes, a unos vínculos y a unas expectativas.

Son diez cuentos de distinto cariz, pero siempre realistas y de voz calmada que te llevan de la mano. Sus personajes son muy variados, pero quedan dibujados con una cercanía que hará que el lector empatice con ellos. La familia, el amor, deseos no cumplidos o por cumplir, actitudes en los otros que defraudan, situaciones que salvar... También te pueden trasladar a épocas oscuras en nuestro país, que tratan de suplirse con la compañía y la limpieza del corazón del personaje, un gris que no solo está en bloques de edificios hechos en serie o una naturaleza no siempre amable, y recuerdos de acontecimientos y también de ilusiones.

El lenguaje tiene un vocabulario escogido y preciso. Se huye de las florituras, pero no se renuncia a las sensaciones, las metáforas y la multifocalidad una vez leído el conjunto. La realidad a la que se asoman estos cuentos es tan real, tan cotidiana a veces, que nos pasó de puntillas, sorprendente a la postre, ensoñada por momentos.

Esta obra es breve, esenciada, con el alma del autor en ella, y muy recomendable.

Enlace:  https://heyzine.com/flip-book/ddc7a93b6b.html      

viernes, 6 de febrero de 2026

Culpa divina

Es lo que tiene la burocracia divina. Su respuesta habitual es el silencio administrativo, pero cuando responde lo hace tarde y, en ocasiones, de manera exagerada. Como estas lluvias que una sucesión ininterrumpida de borrascas ha derramado sin cesar hasta inundar medio país. No hay otra explicación para los negacionistas del cambio climático. Más que de las certezas científicas, harto comprobadas, los seguidores de supersticiones indemostrables se fían antes de las creencias sobrenaturales o conspiranoicas. Les parecen más plausibles y confortables.

Por eso, tras meses sacando en procesión imágenes religiosas en rogativas por lluvias (ad pretendam pluviam) durante la sequía pluviométrica de 2021 -que duró tres años y secó los pantanos de Cataluña, obligó a restricciones en el consumo de agua en muchas localidades de Andalucía y propició el verano más catastrófico en cuanto a incendios forestales- la respuesta de los dioses ha sido la de concedernos la gracia líquida hasta casi ahogarnos. Es decir, tarde y exagerada.  Parece que la explicación religiosa es más asimilable que las científicas sobre un cambio del clima acelerado por la actividad humana y las emisiones de gases de efecto invernadero. Además, la respuesta divina no obliga a corregir comportamientos ni sistemas productivos, sean individuales como industriales o económicos, para que resulten sostenibles con el medio ambiente y permitan reducir o enlentecer esa alteración climática. 

Es lo que sucedió la última vez. Desde 2021 España sufría la enésima sequía hídrica que hizo que zonas de Cataluña y Andalucía, entre otras, implementaran medidas restrictivas en el gasto de agua, prohibiendo, por ejemplo, el llenado de piscinas privadas y los riegos de zonas verdes, aparte de limitar el consumo humano a un volumen determinado por habitante y día inferior al normal, reducir la presión del agua en la red de abastecimiento urbano en determinados tramos horarios e, incluso, cortar completamente el suministro.

En situaciones así solemos implorar la ayuda celestial. Es lo que hemos hecho desde 1333, cuando nos dio con practicar ritos en demanda de una intercesión divina para cambiar la meteorología a favor de nuestros intereses y conveniencias. Y en 2023, agobiados, asfixiados y sedientos por la sequía, no iba a ser menos. Por todo el país se hicieron procesiones rogativas, desde Navarra a Jaén, ante la falta de precipitaciones. Y estas han sido atendidas ahora, entre 2025 y 2026, hasta el extremo de rebosar pantanos, desbordar ríos e inundar campos y ciudades. Medio país encharcado hasta las cejas por culpa de la divina providencia, tan ciega como torpe.

Porque hacer un uso más responsable del agua, modificar el modelo productivo para que sea acorde con el agua disponible y que la explotación de nuestros recursos sea sostenible y respetuosa con el medio ambiente no nos parece lo más apropiado para preservar y garantizar la disposición del agua que necesitamos. Preferimos las rogativas milagrosas a dejar de construir hoteles y piscinas, a levantar campos de golf por doquier, a transformar cada vez más hectáreas de la vieja agricultura de secano en regadío, a asfaltar en campo, a la comodidad y dependencia de fuentes de energía derrochadoras de agua como la electricidad, etc.

Y, como niños, afrontamos los problemas mediante respuestas fáciles y actitudes no comprometidas. Negamos la evidencia científica aduciendo que siempre ha hecho calor o llovido torrencialmente, sin atender que las olas de calor son cada año más intensas y prolongadas y que las precipitaciones se hacen más violentas y puntuales. Rechazamos que seamos causa de un calentamiento global que acelera el cambio climático. Pero cuando surgen las consecuencias, nos refugiamos en creencias que nos libran de responsabilidad y nos socorren de nuestra incompetencia y dejadez. Entonces clamamos al cielo para que nos ayude y al Estado para que nos indemnice como damnificados.

Pero cuando la divinidad responde a su manera, divinamente arbitraria, lo atribuimos a lo inescrutable de sus designios. Nunca es culpa nuestra. Es culpa divina. ¿No hemos rogado agua? Pues ahí la llevas. Déjala correr y no la almacenes. Ya volveremos a hacer rogativas la próxima vez. Y si todo falla, la culpa es de Pedro Sánchez. 

lunes, 2 de febrero de 2026

La guerra que nadie ganó

Ha sido noticia reciente la cancelación de unas jornadas sobre la Guerra Civil y la dictadura franquista a causa de la negativa de varios de los conferenciantes a compartir espacio con personas que cuestionan o desacreditan la realidad histórica de aquellos hechos, a pesar de los consensos historiográficos sobre la investigación rigurosa del pasado. Se trataba del evento Letras en Sevilla, organizado por Arturo Pérrez-Reverte y Jesús Vigorra, con el patrocinio de la Fundación Cajasol, que iba a celebrarse del 2 al 5 de febrero en la capital andaluza con el título “1936: ¿La guerra que todos perdimos?”, un lema que estaba escrito sin los signos de interrogación que añadieron posteriormente los organizadores para evitar el escándalo.

Pero este ya se había producido desde que uno de los autores, el escritor David Uclés, decidió no participar en cuanto supo que el expresidente del Gobierno José María Aznar y el exdiputado de Vox Iván Espìnosa de los Monteros eran algunas de las figuras que dispondrían de tribuna en el ciclo de conferencias para exponer sus teorías equidistantes y blanqueadoras de aquella página negra de la historia de España. “No puedo verme en el mismo cartel que estos dos individuos”, esgrimió el autor de La península de las casas vacías.

De hecho, Aznar iba a ser el protagonista de la primera charla, tras la sesión inaugural, con el enfoque “¿Guerra civil: olvidar o recordar?”, que entablaría desde el estrado con el periodista de El mundo Juanma Lamet.

Otros participantes que también anularon su participación, siguiendo la estela de Uclés, fueron el también escritor Paco Cerdá, el líder de IU Antonio Maíllo, la del PSOE Andalucía María Márquez y la historiadora Zira Box. Todos ellos deploran con sus renuncias que todavía se pretenda repartir culpas entre ambos bandos, como si fuera una guerra que todos perdimos -como afirmaba el título original del congreso-, cuando la Guerra Civil fue una contienda que unos ganaron y otros perdieron, que unos iniciaron con una rebelión militar contra una República democrática que otros defendieron, y que resultó vencida y sus partidarios fusilados, tras la cual se impuso un régimen dictatorial que duró cuarenta años por parte de los golpistas.

Un tema que, por lo que se ve, genera controversia entre quienes intentan presentar aquel conflicto como algo inevitable, una tragedia irrefrenable, sin autores responsables ni causas determinantes, y los que buscan que se asuma como lo que fue, un hecho histórico de nuestro pasado, consecuencia de un golpe de estado contra un régimen legítimo que se saldó con una guerra civil y una dictadura que impusieron los vencedores alzados en armas. Es decir, que la guerra estalló porque unos golpistas la iniciaron. Y así debe recogerlo la historia, aunque a los simpatizantes de los sublevados les escueza y pretendan edulcorarlo.

Negar o blanquear una historia que incomoda provoca que la verdad de los hechos se ignore, un desconocimiento que induce a creer que ese pasado no fue tan grave o traumático, hasta el punto de que algunos jóvenes hoy en día piensen que aquella dictadura fue buena, persuadidos por interpretaciones torticeras del pasado. Además, si se diluyen responsabilidades de algo que no fue una catástrofe natural sino una tragedia provocada por autores concretos, se deslegitima la voluntad de una memoria democrática que esclarezca las causas políticas, sociales, económicas y militares de unos hechos que conviene conocer para que no se repitan.

De ahí la controversia de un congreso que ya desde el título mostraba cierto sesgo, marcaba sus claras intenciones. Sin embargo, no deja de ser lamentable su cancelación o aplazamiento porque, aparte de los dos dirigentes de la derecha y la extrema derecha cuya presencia ha causado la polémica, en él iban a participar voces autorizadas, como los historiadores Juan Pablo Fusi, Enrique Moradiellos y Julián Casanova, junto a Fernando del Rey, Manuel Álvarez Tardío y Gutmaro Gómez Bravo.

Y al que estaban invitados figuras del mundo de la literatura, como Luis Mateo Díez, Andrés Trapiello o Víctor Ameia quienes, además de los citados David Uclés y Paco Cerdá, debatirían si son más contundentes las armas o las letras, aspecto que ya han abordado en sus obras.

Incluso un teniente general, Félix Sanz Roldán, abordaría el papel de los ejércitos que combatieron en la Guerra Civil española. Tampoco se olvidaba el debate político, noventa años después de tan trágicos hechos, a cargo de Ester Muñoz (PP), Antonio Maíllo (IU), María Márquez (PSOE) e Iván Espinosa de los Monteros (Vox). Así como las opiniones de personas de variado ámbito, como Alejandro Amenábar y Juan Echanove (cine), Ignacio Camacho, Rubén Amón y Sergio Vila-Sanjuan (periodistas), Carmen Calvo (política), entre otras.          

De ahí que resulte incomprensible la suspensión del evento cuando es imprescindible, precisamente en tiempos como los actuales, conocer la historia -la canónica y la tergiversada- no solo para acceder a la verdad de los hechos, sino también para evitar que se falsee con intención de dulcificar o desdibujar lo esencial de ella. Y ello a pesar de que la intención o el enfoque de Arturo Pérez-Reverte, como organizador del congreso, haya sido el de atribuir aquellos hechos a una fatalidad del pueblo español, predestinado irremediablemente al cainismo por un destino ineludible. Una posibilidad más que probable si se tiene en cuenta que el lema del congreso reproduce el título de una antigua columna periodística suya, publicada en los años 90 en XLSemanal (dominical del diario ABC), en la que hermana a víctimas y verdugos, pues en su opinión en todas partes cuecen habas. Un argumento que reitera en otra columna, La guerra civil que perdió Bambi, de 2006, donde afirma que los “españoles todos, llenos de los rencores, las envidias y la mala baba de la estirpe, canallas y asesinos lo fuimos en los dos bandos”. Es decir, que para él todos fuimos culpables y todos fuimos inocentes. No hubo responsables ni culpables. Tal vez por ese motivo escogió como lema “la guerra que todos perdimos”, tan equidistante entre quienes la perdieron y quienes la ganaron. En realidad, un interesado e intencionado punto de vista político que desvirtúa los hechos, la historia real.

Pero, aunque esa fuera su verdadera intención, hubiera sido preferible confrontar argumentos, rebatir ideas y establecer un debate constructivo con reflexiones sobre un período tan interesante como controvertido como fue la Guerra Civil y posterior dictadura que implantó Francisco Franco, el general que se autonombró Generalísimo y Caudillo de España, con la bendición de una Iglesia católica que, el 16 de abril de 1939, se congratulaba por la victoria de los golpistas y que, incluso, paseó bajo palio al dictador.

Se ha perdido, pues, una oportunidad para rebatir y confrontar el relato manipulado de los que pretenden reescribir la historia con la verdad rigurosa de los hechos ofrecida por científicos comprometidos con la investigación histórica, y con los argumentos de aquellos del mundo de la cultura y el periodismo que defienden una memoria democrática como vacuna contra la intolerancia y la demagogia en cualquier sociedad plural, libre y sin traumas.     

martes, 27 de enero de 2026

Volver a la Luna

Nunca lo he olvidado. Era un adolescente de 16 años cuando presencié a través del televisor la llegada del hombre a la Luna, allá por el mes de julio de 1969. Era la madrugada del día 21 cuando desperté a mi padre, que se había quedado conmigo en el salón de la casa esperando la retrasmisión, para que viera conmigo las imágenes que procedían desde la superficie lunar. No tenían mucha nitidez y se emitían en el blanco y negro de la época, como toda la programación televisiva, pero sabía que quien descendía por la escalerilla del Módulo Lunar era Neil Amstrong, que, tras detenerse unos segundos sobre la base de la pata a la que estaba acoplada la escalera, saltó a la superficie lunar. Se convertía así en el primer ser humano en pisar nuestro blanco, luminoso, silente y misterioso satélite. Sobre el polvo gris del Mar de la Tranquilidad dejó impresa la huella de su bota, una imagen que se ha convertido en icono de la aventura espacial del hombre. De aquello hace ya 57 años. Y me acuerdo como si fuera hoy.  

Aquella misión número 11, la quinta del Programa Apolo, consiguió llevar a un ser humano hasta la Luna, donde Neil Amstrong y Edwin Aldrin (Michael (Collins se quedó orbitando el satélite en el Módulo de Mando) se convirtieron en los primeros terráqueos en caminar sobre la superficie lunar. Para aquel joven que presenciaba en directo las fantasmagóricas imágenes, comentadas con un entusiasmo contagioso por el corresponsal de TVE en la NASA Jesús Hermida, fue todo un acontecimiento extraordinario, como si hubiera sido testigo del desembarco de Colón en América. Algo histórico que devino rutinario.

Porque luego se sucedieron otras misiones que apenas despertaron el interés de la gente, excepto la del accidente y dramático regreso precipitado del Apolo 13, en 1970, que consiguió traer de vuelta a los astronautas sanos y salvos. Ni jugar al golf ni pasear en coche por la superficie lunar llamaban ya la atención en los telediarios, hasta que por fin se canceló el programa, en 1974.

Apolo 17 sería la última y única misión con un astronauta científico. Los demás fueron todos militares. Y es que el objetivo del programa Apolo nunca fue la ciencia, sino la competición tecnológica con la Unión Soviética, que se había adelantado protagonizando los primeros hitos de la carrera espacial: pionera en lanzar en 1957 el Sputnik, primer satélite artificial; en poner un ser vivo en órbita, también en 1957 (la perrita Laika), y al primer ser humano en el espacio (Yuri Gagarin), en 1961.

Los soviéticos lanzaron también las primeras naves interplanetarias (sondas Venera1, a Venus y Mars1 a Marte, en 1961 y 1962, respectivamente); en mandar la primera mujer astronauta al espacio (Valentina Tereshkova, en 1963); y en realizar el primer paseo espacial fuera de la nave (Alekséi Leónov, en 1965). Tal ventaja no se podía consentir.

Los progresos espaciales soviéticos motivaron que el presidente de EE UU, John F. Kennedy, impulsara un proyecto espacial que demostrara la superioridad norteamericana, costara lo que costara. Así nació el programa lunar y el desarrollo del cohete Saturno V, el más grande construido hasta entonces capaz de impulsar una nave hasta la Luna, en respuesta al desafío de Kennedy de enviar un hombre a la luna antes de que finalizara la década.

Pero el programa era, aparte de complejo, peligroso. Un incendio durante las pruebas del módulo de mando de la Apolo 1, en enero de 1967, se cobró la vida de su tripulación, tres astronautas. Ello no desanimó a la NASA. Para noviembre de ese mismo año, el primer vuelo del Saturno V completó la misión Apolo 4, que no llevaba tripulación. Y en diciembre de 1968, la Apolo 8 permitió a tres astronautas orbitar la Luna. Las misiones 9 y 10 sirvieron para calibrar y comprobar todas maniobras necesarias para el alunizaje. Así, hasta que el Apolo 11, la quinta misión tripulada del programa, hizo historia con aquella famosa frase que pronunció Amstrong cuando plantó los pies sobre la polvorienta superficie de la Luna: “It´s a small step for a man, but a great leap for humanity”.

En la actualidad vuelve a desatarse la rivalidad por impulsar el regreso del hombre a la Luna. Esta vez la competición es entre China y EE UU, países que desarrollan sendos programas con los que aspiran a ser el primero que repite la hazaña. Los norteamericanos están a punto de lanzar el primer vuelo de prueba de la misión Artemisa II, que llevará cuatro astronautas a orbitar la Luna con la nave Orión, impulsada por el cohete SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial, por sus siglas en inglés) de 98 metros de altura, el próximo febrero, si todo sale bien. Sería la primera misión tripulada que sobrevolaría la Luna desde el Apolo 17, en 1972. Pero no alunizará, objetivo que deberá esperar a Artemisa III o a una misión china que lo consiga, ninguna de ellas antes de 2030.

En cualquier caso, el desarrollo del viaje de Artemisa II es muy complicado. Una vez fuera de la atmósfera terrestre, la nave Orión deberá efectuar diferentes maniobras para elevar su órbita, durante los dos primeros días de la misión, antes de dirigirse a la Luna. Una vez comprobados todos los sistemas, el módulo de servicio de Orión proporcionará el impulso necesario para escapar de la órbita terrestre y fijar rumbo hacia la Luna. Ese encendido de los motores enviará la nave en un viaje de cuatro días hasta un punto alejado de la Luna, en una trayectoria en forma de ocho, que la situará a 7.400 kilómetros más allá de la cara oculta del satélite. Desde esa distancia, los astronautas podrán ver la Luna en primer plano y la Tierra detrás de ella, a más de 400.000 kilómetros al fondo.

Tras el sobrevuelo lunar, la tripulación maniobrará de nuevo la Orón para situarla en una trayectoria de regreso libre, en la que la gravedad de la Tierra atraerá la nave de forma natural, sin hacer uso de sus motores. La misión durará unos 10 días.

Por su parte, el programa chino para llevar humanos a la Luna parece algo más atrasado, aunque su objetivo sigue siendo un alunizaje tripulado antes de 2030. La carrera entre ambos países es, por tanto, frenética. Los chinos basan su programa en el desarrollo del cohete Larga Marcha CZ-10, que deberá despegar por primera vez en 2027; la nave tripulada de nueva generación Mengzhou y el módulo lunar Lanyue. Los portavoces del programa espacial chino aseguran que sus astronautas pisarán la Luna antes de que termine 2030.

Aunque con retraso, no hay que minusvalorar la capacidad tecnológica del gigante asiático, empeñado en garantizar el cumplimiento de tales objetivos. De hecho, China ha reforzado en los últimos años su programa espacial, logrando hitos como el alunizaje de la sonda Chang´e 4 en la cara oculta de la Luna y la llegada a Marte de la misión Tianwen-1, aparte de estar configurando una estación espacial y planear, junto con otros países, la construcción de una base científica en el polo sur de la Luna.

En definitiva, la carrera espacial se desarrolla sobre la base de desafíos entre aquellos países que vuelcan en ella su prestigio y poder. La unión Soviética fue pionera en esta carrera, superada después por EE UU, que ahora compite con China por la supremacía comercial, económica, tecnológica, militar y, por supuesto, espacial. El interés científico queda supeditado a esas prioridades estratégicas, aunque indudablemente estas contribuyan al avance de aquel.

Pero, para el adolescente al que no le importó trasnochar para asombrarse con la boca abierta de la llegada del primer hombre a la Luna, esta competición le produce, a estas alturas, una enorme desilusión al ser consciente de los verdaderos motivos de una aventura que creyó necesaria para comprender nuestro lugar en el cosmos y lograr avances para el bien y el progreso de la humanidad. Todo era cuestión de rivalidad por la supremacía hegemónica entre las grandes potencias. ¡Qué ingenuo!         

viernes, 23 de enero de 2026

Una Junta ¿de qué?

El plan de paz para Gaza que impuso Donald Trump contempla que tras el alto el fuego, alcanzado el pasado octubre, debería dar comienzo una segunda fase en la que Hamás procedería a desarmarse completamente (cosa improbable), se retirarían las fuerzas israelíes que ocuparon y devastaron la Franja (aun siguen matando gente), se desplegaría una fuerza internacional que separaría a los contendientes y procuraría la estabilización de la zona (ni está ni se la espera) y, finalmente, se constituiría una Junta de Paz que supervisaría el desarrollo del alto el fuego y los proyectos de reconstrucción del enclave. Así constaba en el documento de 20 medidas con el que Trump consiguió poner punto final a la guerra entre Israel y Hamás.

Pero antes de que todos esos pasos previos se completen, el presidente norteamericano ha querido materializar el último de ellos con la creación de la llamada Junta de Paz, un organismo pensado para que Trump ejerza el control directo sobre el futuro del territorio palestino e, incluso, pueda sustituir a la ONU en la resolución de conflictos.

A tal efecto, EE UU ha invitado a líderes de todo el mundo a formar parte de la Junta de Paz con el objetivo de dotar de mayor credibilidad y peso internacional a un organismo que, más adelante, podría convertirse en la institución que supervise, bajo las directrices de Trump, cualquier conflicto en los que participe como mediador.  

Y como no podía ser de otro modo, Donald Trump se ha asegurado su control total, ya que será presidente indefinidamente de la Junta y tendrá potestad de aprobar qué Estados o líderes pueden ser miembros o no de ella, además de tener autoridad para vetar cualquier acuerdo o decisión que se adopte en su seno. De entrada, ha exigido que, para ser miembro permanente, hay que abonar mil millones de dólares (920 millones de euros), un fondo que, según el borrador de la carta fundacional, será el propio Trump quien lo controle.

Gaza en la actualidad
Al menos 60 países han sido invitados para sumarse a esa Junta. Y entre los que ya han aceptado figuran, hasta la fecha: Javier Milei, presidente de Argentina; Santiago Peña, de Paraguay; Recep Tayyip Erdogan, de Turquía; Viktor Orbán, presidente de Hungría; Abdalá II, rey de Jordania; Narendra Modi, primer ministro de India; Aleksandr Lukashenko, presidente de Bielorrusia; representantes de Egipto, Qatar y Emiratos Árabes, que mediaron en el conflicto; Prabowo Subianto, primer ministro de Indonesia; Shehbaz Sharif, de Pakistán; Nikoi Pashinyan, de Armenia; Vladimir Putin, quien todavía no ha dado repuesta a la propuesta de Washington; y por supuesto Benjamin Netanyahu, el dirigente israelí que, esgrimiendo legítima defensa, está acusado por el Tribunal Penal Internacional de crímenes de guerra y genocidio cometidos en Gaza y, no contento con ello, también ha decidido demoler las instalaciones de la sede de la  UNRWA (la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos) de Jerusalén Este, violando el derecho internacional y los privilegios e inmunidades de las Naciones Unidas, aparte de prohibir la actividad de otras 37 organizaciones humanitarias en el Enclave y en Cisjordania.

Otros países, en cambio, como Francia, Suecia, Noruega, España y la UE como institución, han declinado la oferta. Y algunos todavía la están estudiando, caso de China y los países bálticos.

Es curioso que la mayoría de líderes que ha aceptado formar parte de la Junta tenga una tendencia reaccionaria, comprensiva con los objetivos del mandatario norteamericano de alterar el orden mundial, está alineada con la política estadounidense y, por supuesto, simpatiza con Israel y su política de expansión sobre el territorio palestino y la consiguiente expulsión de su población árabe.

También es significativo que ningún palestino haya sido invitado a formar parte de la Junta ni que representantes del Gobierno Autónomo Palestino, rival de Hamás y legítimo representante democrático del pueblo palestino, figuren en ella. Al parecer, la paz de Gaza compete al agresor y sus simpatizantes, no al agredido y prácticamente aniquilado pueblo palestino de Gaza. Todo para Gaza pero sin los gazatíes, parece la consigna.

Entre tanto, Trump también ha elegido un Comité Ejecutivo subordinado a la Junta de Paz con personas de su máxima confianza, como Marco Rubio, secretario de Estado de EE UU; Jared Kushner, su yerno; Roberto Gabriel, asesor de Trump; Steve Witkoff, millonario propietario de una inmobiliaria; Marc Rowan, otro multimillonario, Ajay Banga, presidente del Banco Mundial, y Tony Blair, exprimer ministro británico, cuestionado en Oriente Medio por ser coartífice de la invasión ilegal de Irak.

También ha designado a dos consejeros para la Junta, Aryeh Lightstone y Josh Gruenbaum, que serán los encargados de las “operaciones y estrategia del día a día”, junto al diplomático búlgaro Nicolai Mladenov como Alto Representante para Gaza, algo así como el enlace entre la Junta y el Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG, por sus siglas en inglés), una especie de Gobierno de tecnócratas sin apenas margen de maniobra, ya que estará supervisado por la Junta de Paz, por el Alto Representante y por el Comité Ejecutivo.

La Gaza que se proyecta
Pero más allá del desprecio al pueblo palestino al que se le impide decidir su futuro, lo preocupante del plan y de la Junta de Paz es la intención que lo animan. Encuadrado en el afán del presidente de Estados Unidos por dinamitar el orden internacional, la Junta de Paz parece diseñada para relegar a la ONU, creada hace 80 años, y sustituir su política multilateral por un organismo, encargado de “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y legítima, y asegurar una paz duradera en zonas afectadas o amenazadas por conflictos”, completamente controlado por Trump y sujeto a su voluntad.

En lugar de exigir responsabilidades por la devastación de Gaza, articular políticas que garanticen la coexistencia de un Estado israelí y otro palestino, en pacífica convivencia (la "solución de los dos Estados" acordada por la ONU), y acompañar y asesorar al pueblo palestino para que ejerza su voluntad política como democráticamente decida, la Junta de Paz parece orientada a mantener las estructuras colonialistas en Gaza, permitiendo que los grandes detentadores de capital, Trump entre ellos y esos multimillonarios que lo acompañan, asuman en su beneficio la reconstrucción e, incluso, establezcan un dominio internacional indefinido sobre la Franja, manteniéndola separada de Cisjordania e institucionalizando, así, la fragmentación palestina, lo que dificultaría el sueño palestino de su autodeterminación. Todo un plan perfectamente estructurado en el que los palestinos carecen de voz y quedan reducidos a mano de obra barata y empleados sumisos, como simples súbditos bajo tutela internacional.

Más que la paz, esta Junta consolida abiertamente un descarado colonialismo sobre la maltratada Gaza a mayor gloria y vanidad del actual emperador del mundo, jefe supremo indefinidamente de esa nueva ONU que establecerá la paz mundial y una gobernanza fiable. Es para morirse de risa si no produjera escalofríos.