La separación de poderes en la democracia de EE UU establece
mecanismos de “contrapeso” al poder que puede llegar a tener un presidente
electo cuando su partido, además de la presidencia, controla también las
cámaras legislativas. De ahí que, intercaladas entre los comicios
presidenciales, se celebren midterms, unas elecciones en las que se
renueva la totalidad de la Cámara de Representantes (435 escaños) y un tercio
del Senado (35 escaños). Los mandatos de los miembros de la Cámara de
Representantes (Congresistas) son de solo dos años, mientras que los del Senado
duran 6 años y se sustituyen de forma escalonada, un tercio cada dos años. Por
eso, las midterms para el Senado no se celebran en todos los estados de
EE UU. Además, en las elecciones de mitad de mandato se eligen también a los
gobernadores de 36 estados y miles de escaños legislativos en casi todos los
estados de la Unión. De esta forma, se controla el poder del presidente, ya que
estas elecciones miden o refrendan el apoyo del electorado a su gestión y, en caso
de descontento, permiten a la oposición aumentar su capacidad de supervisión
desde las Cámaras.
Por esta razón Trump se implicó personalmente en la campaña
republicana de esta selecciones, aunque su nombre no figurara en las papeletas
electorales, buscando desesperadamente remontar el bajo apoyo que su gestión ha
generado en los ciudadanos estadounidenses, principalmente por iniciar una
guerra cuyo objetivo no se comprende y que ha acarreado unos precios de la
gasolina y los fertilizantes que un país con petróleo, como EE UU, no
conocía, lo que, encima, ha hecho que la inflación encareciera el coste de la
vida.
El declive del “pato cojo” repercutirá, qué duda cabe, en la
política internacional trumpista que hasta ahora venía implementado EE UU, lo
que afectará en primer lugar al apoyo incondicional y dinerario que prestaba a
Israel y, por ende, a los equilibrios en Oriente Medio. En segundo lugar, a la “comprensión”
respecto a la Rusia de Putin y a la postura norteamericana sobre Ucrania, a la
que había dejado indefensa frente a la agresión rusa. Y en no menor medida, al liderazgo
e influencia de Trump sobre las derechas y extremas derecha tanto de América
Latina como de Europa, a las que servía de modelo y daba apoyo ideológico y
financiero, aunque ello supusiera una clara injerencia en los asuntos internos
de terceros países.
Esta etapa no representará, sin embargo, una convivencia
fácil ni tranquila, porque el presidente hará todo lo posible e imposible por
no dejarse atar las manos desde la Cámara de Representantes y el Senado,
haciendo uso de su potestad de vetar lo aprobado por los legisladores. Y
conociendo su capacidad para mentir, manipular y embestir contra los que le
llevan la contraria, la confrontación institucional será la constante en su
última etapa como inquilino de la Casa Blanca, en la que no se descarta, incluso,
la posibilidad de que pueda volver a ser sometido a un proceso de impeachment
o juicio político por sus innumerables tropelías y abusos de poder.
En cualquier caso, el fin de la era Trump, caracterizada por
el unilateralismo y cuestionamiento del orden internacional, el proteccionismo
comercial, el populismo político y las duras políticas restrictivas hacia la
inmigración, es lo que se vislumbra tras el resultado de las elecciones de
mitad de mandato y lo que determinará el declive del presidente más polémico,
impredecible, reaccionario y desconsiderado de la historia de EE UU. Es el
final más triste, pero merecido, para un anaranjado “pato cojo” como Donald Trump,
cuyo legado, una Casa Blanca horteramente decorada de dorados y un ala del
edificio convertida en salón de baile, figurará entre los más insignificantes que
se recuerdan de cualquier presidencia. Y él solito se lo ha buscado.


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