Los de la imagen se contagiaron del virus que actualmente mantiene al mundo en vilo y, por tal motivo, fueron condenados. Ya estaban condenados de antemano para arrancarles su apreciado pelo, y sometidos a una vida enjaulada que es mucho más cruel y angustiosa que los confinamientos con que los humanos combatimos la pandemia. Para ellos no existe vacuna que valga ni ninguna cuarentena que algún biólogo, estudiante de estos mamíferos, pudiera descubrir válida para preservar sus vidas. Simplemente sucumben ante las leyes del mercado. Si representan un gasto y no son rentables, se eliminan como cualquier mercancía. Que sean seres vivos es sólo una particularidad indiferente al sistema mercantil. Al final, van al exterminio. Sus estimadas pieles, a la basura. ¡Pobres animales! ¡Y que imagen tan contundente de nuestro insensible desprecio por todo lo que no nos depare ganancias, es decir, dinero!
viernes, 13 de noviembre de 2020
Pieles a la basura
martes, 10 de noviembre de 2020
Lo bueno y malo de lo cotidiano
También es bueno que los herederos consanguíneos del
sanguinario dictador Francisco Franco se vean obligados por la Justicia a
abandonar el palacete del pazo de Meirás, en Galicia, de donde era oriundo.
Aquella propiedad, fruto de un chantaje económico al pueblo tras la Guerra
Civil para obsequiar al general sublevado, pertenece a Patrimonio Nacional, es
decir, al Estado, es decir, a todos los españoles. Pero como pretendían apropiarse
de las obras de arte saqueadas que ocultaba en su interior, extraídas de hasta
la Catedral de Santiago de Compostela, la Justicia, otra vez, ha tenido que paralizar
la mudanza hasta que se elabore el inventario de tales bienes y se esclarezca la
propiedad de cada objeto. Es otra noticia buena: impedir que los saqueadores
sigan apropiándose de lo ajeno, ese auténtico botín de guerra y de una
postguerra de cuarenta años. Seguían considerando que la “finca” (España) era
del abuelo.
Y como no hay dos sin tres, también ha venido a sumar como positivo
que la multinacional farmacéutica Pfizer anunciase que las pruebas de la vacuna
contra la Covid-19 que está elaborando, y que se encuentra en la última fase de
ensayos, ofrecen datos sumamente esperanzadores. La inmunidad que induce la
vacuna es de un noventa por ciento, tras administrarse dos dosis en el plazo de
21 días. Y anuncia que, si consigue la homologación de las autoridades de
Sanidad, para finales de año estará en condiciones de fabricar millones de
unidades de una vacuna capaz de combatir la pandemia. Para una población
confinada al borde de la desesperación, esta noticia es recibida como una luz al
final de esta pesadilla. Tanta ha sido la alegría general que la Bolsa de
Valores española subió más de un ocho por ciento, sobre todo en acciones de
empresas relacionadas con el turismo, como las del transporte aéreo y el sector
hotelero. Otro buen dato, sin duda, aunque para unos signifique pingues
beneficios y para otros, mejores expectativas de vida. Hay que alegrarse, en
todo caso. Nada es gratis. Tampoco vivir.
Pero lo bueno se alternó con lo malo. Esa tenue esperanza por
una futura vacuna no ocultó que la segunda oleada de la pandemia está provocando
que los contagios y las muertes vuelvan a multiplicarse de manera incontrolada.
Los registros diarios del avance de la enfermedad no dejan de crecer, poniendo
a los hospitales en una situación límite, cercana al colapso de sus unidades de
cuidados intensivos. Y, otra vez, son los mayores, los ancianos residentes en
asilos, los que pagan el peor precio: pierden la vida no sólo a causa de un
virus para ellos letal, sino por la falta de medidas eficaces para mantenerlo a
raya en espacios donde la vulnerabilidad de las personas es un peligro de sobra
conocido. ¿Qué se ha hecho desde marzo, cuando se reconoció el azote del
coronavirus, hasta hoy? Lo que se ha hecho ha sido insuficiente y mal
coordinado, útil sólo para la confrontación política, no para reforzar la salud
pública. Es cierto que ya no faltan respiradores ni equipos de protección y mascarillas,
pero seguimos sin la dotación en recursos humanos necesaria en hospitales y centros
de atención primaria, sin los rastreadores precisos para delimitar la cadena de
contagios y supervisar el seguimiento de los enfermos que deben guardar
cuarentena en sus domicilios, etc. Tampoco se han contratado los maestros adicionales
que se requieren para rebajar el aforo de aulas en escuelas y universidades. Se
ha hecho, en definitiva, lo fácil: ordenar confinamientos, procurando
perjudicar lo menos posible la actividad económica, y se ha elaborado un
discurso propagandístico de cara a la población. El resultado de tanta vacuidad
implementada se puede comprobar en las residencias de ancianos. La muerte se
pasea ufana por sus pasillos. Es el contrapunto negro que acompaña la
cotidianeidad de nuestros días.
Y es tan malo como esa lacra que parece estar incrustada de
manera indeleble en nuestra sociedad: la de la violencia machista. Un nuevo
asesinato, cometido en Gerona, acabó ayer con la vida de una mujer de 49 años (otra
más: ¿se enterará la ultraderecha de que no se trata de violencia doméstica,
con víctimas de ambos sexos?) de manos de su pareja, ambos de nacionalidad
belga. Son ya 38 las mujeres asesinadas en España en lo que va de año por sus
parejas o exparejas, lo que eleva a más de mil el número de víctimas mortales,
todas de sexo femenino, desde que comenzara la contabilidad oficial de esta
violencia, a partir de 2008. Un cómputo superior al de víctimas del terrorismo
etarra, pero que no acaba de ser percibido con la misma magnitud y gravedad.
Vox, las siglas de los negacionistas ultras, cree que se trata sólo de una
campaña ideológica promovida por el feminismo radical, del mismo modo que la
memoria histórica es fruto del rencor de los vencidos. ¿Cuánto dolor y odio
gratuitos hay que seguir soportando en este país? ¿Cuándo la tolerancia, el
respeto, la dignidad y la justicia se convertirán en valores preponderantes de
nuestra forma de convivencia?
Es insufrible que lo malo acompañe inseparablemente a lo
bueno en lo cotidiano. Lo primero no nos deja disfrutar de lo segundo, amargándonos
los días con el desasosiego y la frustración que nos provoca. E impide que la
esperanza y la confianza en el futuro resplandezcan de manera absoluta. Es un
reto que hay que superar. Y una forma de hacerlo es asumiendo que lo bueno y lo
malo conforman la realidad que nos ha tocado vivir. Hay que ser conscientes de
ello.
sábado, 7 de noviembre de 2020
Los hijos
Llegamos a ser padres sin un libro de instrucciones. Improvisamos la crianza de los hijos imitando lo que vimos en nuestros padres, aunque ese recuerdo esté tergiversado por proceder de una experiencia infantil. El grueso del comportamiento paternal descansa en el sentido común y lo que hace nuestro entorno. Así, guiamos a nuestras criaturas, esos locos bajitos, con la mejor de las voluntades y la más deficiente formación. Y cuando llegamos a ser abuelos, intentamos enmendar nuestros errores siendo más tolerantes con los nietos o interviniendo con consejos no solicitados. Entonces tropezamos, en algunas ocasiones, con criterios de sus padres, nuestros hijos, que difieren de los nuestros. Y nos reprenden: “Papá, déjalo”. No acabamos de aprender a ser padres. Porque los hijos son seres que nos obligan a darles lo que somos, pero mejorado. Nos arrebatan nuestro ser, nuestro tiempo, nuestra sabiduría y nuestra libertad, sin ser culpables de ello. Su inocencia es proporcional a nuestra responsabilidad. Y en sus ojos ingenuos se refleja nuestro temor a fallarles. Son unos extraños adorables en los que nos vemos a nosotros mismos. Por eso nos hacen felices.
jueves, 5 de noviembre de 2020
El mal perder de un trapalero
Pendiente aun del recuento de los votos por correo en algunos estados clave para decantar la victoria, todo indica que el ganador de las elecciones presidenciales de Estados Unidos de América (EE UU) será el candidato demócrata Joe Biden, la persona de más edad (78 años) que ha competido por el cargo y el que mayor número de votos ha cosechado nunca en la historia de aquel país. Y el que, sin el carisma de Barack Obama ni la agilidad dialéctica de otros contrincantes, expulsará del Despacho Oval de la Casa Blanca al imprevisible, sectario y manipulador Donald Trump, quien, como buen trapalero, busca todos los subterfugios legales o alegales para mantenerse en el cargo, insinuando incluso la probabilidad de un fraude que le arrebataría el triunfo. Es el mal perder de un trapalero, acostumbrado a mentir y hacer trampas durante toda su vida. Cree que todos hacen lo que él haría.
Lo grave de su actitud, poco respetuosa con las
instituciones y los procedimientos democráticos que él está obligado salvaguardar,
es la desconfianza y el deterioro que ocasiona en ellos, provocando una
profunda división en el país que podría acarrear violentas consecuencias. Los
infundios que propala y las simpatías que exhibe sin recato hacia los sectores “militarizados”
de la extrema derecha, dispuestos “defender” con las armas a quien se presenta,
cuando no convence ni gana, como víctima de los ardides de un adversario
político, son sumamente peligrosos para la convivencia y la paz del país, hasta
el extremo de que una guerra civil sea una opción no descartable. Esa actitud denota,
además, las inclinaciones de una persona autoritaria, soberbia, nada respetuosa
con la democracia, racista y sumamente impetuosa. De hecho, si se confirman los
resultados electorales, Trump está a punto de ser considerado el peor
presidente de EE UU, cuyo estrambótico mandato sólo pudo ser soportado durante una
única legislatura. El mundo entero respirará aliviado con su marcha, salvo por
los adláteres populistas que le imitan con igual desfachatez en otras naciones
del planeta.
Si no fuera por tales consecuencias y lo que está en juego,
resultaría hilarante la conducta de mal perder de un personaje tan trapalero,
que utiliza el alto cargo que ocupa para esparcir maledicencias sobre su país y
las demás naciones del mundo, con el sólo objeto de conservar el cargo y
alimentar su engreimiento. Sin él, América volverá a ser el país de las
oportunidades para cualquier ciudadano y el faro de la democracia y los
derechos humanos para el resto del mundo. ¡Ojalá se confirmen los resultados
que pronostican su fracaso!
martes, 3 de noviembre de 2020
¿Defensores de la libertad?
Decenas de jóvenes, muchos de ellos simples adolescentes, han protagonizado hace una semana, coincidiendo con el último puente festivo, diversos actos de vandalismo en algunas ciudades de España para exigir, a voz de grito e incendios, recuperar la “libertad”. Los hechos, por minoritarios que fueran, surgieron al poco de decretarse el estado de queda que posibilitaba a las Comunidades Autónomas poder establecer confinamientos perimetrales de la población para luchar contra la segunda oleada de la pandemia de covid que ha situado a nuestro país como el que más contagios registra en Europa. Al parecer, estos jóvenes se sienten “apresados” en sus ciudades, impedidos de ejercer sus libertades y derechos. Y exteriorizan su disconformidad con las restricciones de forma colectiva, mediante protestas y desórdenes. No parecen dispuestos a hacer sacrificios individuales en beneficio de un bien común prioritario, cual es la protección de la salud de todos los ciudadanos. Si no lo entienden, con su actitud demuestran que ni siquiera quieren intentarlo.
La mecha de los altercados prendió en una barriada de la
periferia de Sevilla, donde en la madrugada del martes pasado una veintena de
jóvenes comenzó a lanzar bengalas y quemar contenedores para protestar
violentamente contra lo que considera una intolerable limitación de la
libertad. No se trataba de una iniciativa original por cuanto emulaba las
emprendidas en otros países, en los que se produjeron manifestaciones organizadas
por grupos negacionistas de extrema derecha. Pero era la primera vez que acaecía
en nuestro país en el contexto de las restricciones impuestas por la lucha
contra la pandemia. Por ello, semejaba más un espontáneo acto de imitación con pretensión
de “entretenimiento” espectacular que una genuina reivindicación de libertades gravemente
recortadas.
Tales muestras de violencia en las protestas, protagonizadas
siempre por un escaso número de personas, en su mayoría muy jóvenes, se multiplicaron
en días sucesivos por Logroño, Baleares, Murcia, Barcelona, Burgos, Málaga,
Vitoria y varias ciudades más, subrayando el carácter imitativo de cada una de
ellas. Y también su escasa participación. Ninguna de las algaradas congregó a más
de 500 personas, como mucho, lo que no impidió que se desencadenaran algunos actos
de vandalismo, como el destrozo de mobiliario público, quema de papeleras y
neumáticos, rotura de lunas y asalto y saqueo de establecimientos comerciales.
La “libertad” esgrimida consistía, con su proceder, en no respetar la propiedad
pública ni la privada para exigir el derecho a congregarse y divertirse sin
limitaciones. Tal es el único motivo que se deduce de las algaradas, puesto que
el estado de queda no vulnera ningún derecho a la educación, al trabajo, a la
salud, a la reunión o a la movilidad, siempre que se restrinja a seis personas
y en el ámbito de cada confinamiento municipal, provincial o comunitario
establecido de forma temporal en función del índice de contagios en tales territorios.
Lo que llama la atención de estas manifestaciones es que sus
protagonistas sean jóvenes que no se han significado anteriormente por luchar contra
problemas más graves e hirientes que hipotecan su futuro, como son los escasos recursos
para su formación, las regresivas condiciones para el trabajo, los obstáculos económicos
para el acceso a una vivienda propia o las tapias de desigualdad de
oportunidades que aún se levantan entre ambos sexos. No salir ni reunirse de
noche les resulta más ofensivo que todo lo anterior, aunque esa limitación
temporal de movilidad y reunión persiga la protección de la salud de toda la ciudadanía,
incluidos también ellos.
Antes que defensores de la libertad, se comportan más bien
como simples gamberros. Antes que presos, están aburridos y buscan distraerse
con actitudes de provocación y violencia. No conocen sacrificios ni penalidades
como no sean las que limitan sus salidas y reuniones movidas por el ocio. Ni se
sienten compelidos a compartir la responsabilidad de combatir la mayor crisis
sanitaria conocida en nuestro país en el último siglo, que puede ser letal, tanto
para ellos, pero fundamentalmente para sus familiares de mayor edad
vulnerables. No demuestran una actitud de concienciación social, sino de puro
egoísmo e insolidaridad.
Pero peor aún que lo anterior, es que son manipulables y
están orquestados por fuerzas ocultas que promueven estas expresiones
emocionales de descontento desde las redes sociales y la propagación de bulos y
mentiras con fines de desestabilización política. Son espoleados por populistas
del odio y la confrontación que persiguen réditos electorales. Ello se
evidencia en la heterogeneidad apolítica y social de los manifestantes, que
sólo convergen en las convocatorias virales a través de las redes sociales. E
infiltrados por grupos radicales expertos en transformar cualquier protesta en
explosiones de vandalismo y violencia.
Y es una lástima que estos jóvenes, que han vivido toda su
vida, aun con estrecheces, en la época más larga de paz, progreso y bienestar de
España, sin conocer ni los estragos de una guerra ni las calamidades e indignidades
de la dictadura, sólo sientan motivos para protestar por las “quirúrgicas”
limitaciones de ciertos derechos a causa de una pandemia que se ha cobrado miles
de muertos y más de un millón de contagios en nuestro país. ¿Es que acaso no
tienen algo realmente importante por lo que expresar su disgusto? ¿Tan
aburridos están?



