martes, 16 de marzo de 2021

Pandemia e información

La época de la censura ya ha sido olvidada por lo remota e improbable que nos parece. Sin embargo, durante la dictadura -no hace tanto, históricamente hablando- estuvo en pleno vigor por la necesaria autorización gubernativa (previa o posterior), que la hacía visible con demasiada frecuencia mediante la retirada en los quioscos de cualquier publicación que no contara con el correspondiente consentimiento administrativo o la mutilación de páginas o artículos que eran censurados en aquellas otras a las que se les permitía una difusión amputada. Más que Ministerio de Información, lo que existía entonces era, en la realidad, una Oficina de Control y Censura, cuyas tijeras -Camilo José Cela fue un censor en esos tiempos oscuros- se cebaban, con especial ahínco, con los semanarios de información general, como Triunfo, Cuadernos para el Diálogo o Cambio16, por citar algunos ejemplos. Pero de tan férreo celo no se libraban siquiera las revistas humorísticas, como fueron el caso de Por favor o Hermano Lobo, entre otras. Afortunadamente, eran otros tiempos, felizmente superados, que hoy nos parecen inconcebibles.

No obstante, no resulta tan claro que la censura haya desaparecido definitivamente. Es verdad que no se ejerce de manera tan descarada y burda, pero sí de un modo sutil, casi imperceptible. Y es que, hoy en día, existen otras formas de controlar la información que consumen los ciudadanos sin que formalmente se les impida o niegue el acceso a su derecho a la información. Más que limitársela u ocultársela, ahora se les satura de un exceso apabullante de información que mezcla noticias, opinión, especulación, datos parciales, bulos y mentiras en un tótum revolútum del que es imposible obtener un juicio de valor objetivo. Se consigue, así, que el destinatario poco habituado a distinguir el grano entre tanta paja sea incapaz de formarse una opinión fundada y válida, independiente de la que le dicta cada medio de comunicación, según su línea editorial, o la que pretenden los poderes dominantes con su capacidad propagandística. Tal saturación informativa constituye, en la práctica, una nueva forma de censura, difícilmente detectable por los ciudadanos, máxime si el flujo de información a que están sometidos no sólo es ingente, sino además contradictorio, la mayoría de las veces sin verificar ni contrastar, fragmentario y, para colmo, superficial o elaborado desde una ignorancia que se limita cortar y pegar a un ritmo que posibilite ofrecer novedades y exclusivas cada día. De ahí la dificultad de que la avalancha informativa de semejante magnitud pueda ser asimilada por alguien que, siendo por lo general profano en la materia sobre la que desea informarse, acaba convirtiéndose en víctima de una manipulación que, incluso, no pretende ser intencionada, lo cual es peor porque no se reconoce.

Se trata de un problema o peligro que se acrecienta con los nuevos canales de comunicación social que multiplican la propagación de una información no contrastada, inexacta, raramente independiente, sospechosamente vertida por intereses políticos, ideológicos o comerciales, y en no pocas ocasiones simplemente falsa, como las famosas fakenews. Desgraciadamente, es el tipo de información que abunda en las redes sociales o el mundo digital, donde la facilidad de acceso, la gratuidad, la simplicidad y el anonimato u ocultamiento de identidad facilitan un consumo generalizado de información poco fiable y confusa, cuando no tendenciosa o falaz. Esa maraña de contenidos cuestionables, sin ninguna fiabilidad, basados en su mayor parte en rumores y especulaciones más que en información verificada y de fuentes fidedignas, constituye la vía informativa por excelencia de la mayor parte de la población, la más influenciable y, por ende, manipulable.

Tal ha sido, precisamente, el inquietante panorama que ha puesto de relieve el tratamiento informativo de la actual pandemia que a todos nos ha tenido en vilo, cuando no atemorizados, impulsándonos a recabar cuánta mayor información sea posible. El incremento de horas de televisión, compra de periódicos o conexiones a internet evidencian ese súbito apetito de información al que no todos los medios han respondido con el rigor y la profesionalidad que se les supone. La mayoría de ellos han pecado de practicar desinformación con la pandemia, lo que se conoce como infodemia, por su tendencia empresarial a satisfacer las demandas de sus “clientes” si resulta rentable para la cuenta de resultados. Ofrecen lo que se vende, no siempre lo que interesa o es verdadero.

Muchos de tales medios no han sido exigentes a la hora de recoger referencias, sin ninguna verificación, sobre, por ejemplo, la hidroxicloroquina u otros fármacos que se consideraron eficaces para el tratamiento contra la Covid-19. O han reiterado hasta la saciedad los riesgos exagerados de contagio a través de las superficies. Incluso, ahora, favorecen la alarma y las sospechas a causa de algunas vacunas, sin contextualizar unos riesgos sobre beneficios que, en otros ámbitos, aceptamos como normales aun siendo infinitamente más elevados, como los accidentes a la hora de conducir y las úlceras por la ingesta de aspirinas. Todo lo cual, unido a los mensajes populistas de políticos negacionistas o más interesados por la economía que por la salud de la población -como Trump, Bolsonaro y demás compañía-, que inundan los medios de comunicación sin apenas resistencia, ha contribuido a engordar esta colosal infodemia sobre la crisis sanitaria que aún nos asola.

Pero es que, por si fuera poco, la utilización como munición para la confrontación política que se ha hecho en nuestro país de los consejos de los “expertos”, especialistas dependientes de cada Administración y Autonomía, ha favorecido la proliferación contradictoria de informes, recomendaciones, medidas, datos, hallazgos, hipótesis y opiniones sin la suficiente credibilidad experimental y una endeble interpretación científica. Excepcionales han sido aquellos medios que han filtrado toda esa sobreabundancia de información para recoger sólo la relevante y contrastada.

La mayoría sigue así, actuando como protagonista de una desinformación que ha generado más confusión y alarma que certezas sobre el virus (SARS-CoV-19) y la enfermedad (Covid-19) que provoca. Esos medios no caen en la cuenta de que repiten el “desorden informativo”* que ya hace un siglo analizó Walter Lippmann y Charles Merz, en un estudio publicado por The New Republic, en 1920, en el que se preguntaban por la validez de la información. Y es que hoy, como entonces, la fiabilidad de la información que ofrecen los medios de comunicación convencionales, los que se supone están obligados a obtener y elaborar información de manera diligente y contrastada, adolece de una excesiva confianza en las fuentes oficiales, descansa en lo que le brindan las agencias de noticias y es escasa en investigación propia, crea confusión entre información, rumores y opiniones y, más grave aún, evidencia la pobre preparación en la materia de los encargados en recogerla y elaborarla, todo lo cual distorsiona involuntariamente la realidad de la que se pretende informar para que los ciudadanos se formen una opinión fundada y válida.

Desafortunadamente, los tiempos acelerados que vivimos no ayudan a que esta forma moderna de censura pueda ser combatida por los propios medios de comunicación, con profesionalidad y mecanismos de autorregulación, dada la complejidad de la sociedad actual y la competencia desigual que ofrecen las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Pero tal exigencia de una información fiable y veraz sigue siendo imprescindible, hoy más que nunca, para que los ciudadanos puedan formarse una opinión pública en libertad, con rigor y sin riesgos de ser manipulados, a pesar de que la pandemia haya demostrado lo contrario.

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·        * "El `desorden informativo´ hace un siglo", por Hugo Aznar, Revista Claves de Razón Práctica, nº 274, págs. 116-125.    

domingo, 14 de marzo de 2021

Vivencias de un (casi) enclaustrado (24).

La realidad se nos ha quebrado este el último año, haciendo añicos aquello a lo que estábamos acostumbrados y que nos proporcionaba una seguridad que ahora sabemos que no era tan firme ni sólida. Hace, hoy, exactamente, un año que nos hundimos en la confusión de lo desconocido y el temor a lo peligroso. Aquella rutina de certidumbres y confianza con que afrontábamos cada día se transformó, de buenas a primeras, en jornadas cubiertas por oscuros nubarrones de desasosiego e intranquilidad que han logrado paralizarnos y amordazarnos hasta hoy, sin que la tenue esperanza de unas vacunas nos alivie el espanto.

Porque tal día como hoy, hace justo un año, fue cuando se decretó en España un Estado de Alarma con que se empezó a combatir el avance mortífero de una pandemia que ha asolado medio mundo, cobrándose centenares de vidas diarias en cada país al que impregnaba su letal aliento. Un año de forzosa introspección e insoportable soledad, al tener que aprender a vivir aislados para evitar las relaciones con los demás. Nos vimos abocados a mantenernos enclaustrados en nuestros domicilios, apurando las horas pendientes de nuestros pensamientos y sensaciones, invadidos por la nostalgia pegajosa de una vida que dejamos detrás de las ventanas, en esas calles vacías y establecimientos cerrados.

El país entero se detuvo, escondido tras unas mascarillas que nos protegían de esta nueva cara de la peste, del miedo al otro. Sólo se permitió que los servicios esenciales no interrumpieran su actividad, mientras el resto de la economía se mantuvo en vilo, con la ventilación asistida de los Ertes, para que la pérdida de empleos no fuera devastadora. Ello nos enfrentó a un dilema de imposible solución: o se priorizaba salvar vidas o se protegía la economía, puesto que ambas cosas al mismo tiempo parecían contradictorias. Nadie tenía la receta milagrosa para hacer frente a esta crisis sanitaria sin precedentes. Y se ha hecho lo que se ha podido, salvo en países donde negaron la epidemia y favorecieron el mantenimiento de la actividad económica. La historia registrará en sus páginas el nombre con el que se designa tal actitud antihumanitaria.

Lo cierto es que jamás llegamos a imaginar que una situación como ésta podría sucedernos, tan confiados como estábamos en los avances y certezas que caracterizan al mundo moderno, en el que reina la ciencia y la tecnología. Sin embargo, los contagios y las cuarentenas nos han retrotraído hasta épocas olvidadas de pandemias, supersticiones, mortandad y miseria. Es como si el futuro hubiera aparecido emulando aquel pasado sombrío que creíamos superado, obligándonos a vivir un año distópico. Este último año de pandemia que nos ha alejado unos de otros, a nuestro pesar.  

viernes, 12 de marzo de 2021

Pat Metheny, música clásica moderna

Se dice, haciendo un resumen apresurado, que la moderna es música amplificada, surgida con el nacimiento de la guitarra eléctrica y la generación beat, la formada por los inseguros y despistados que. tras la segunda Guerra Mundial, heredaron el “peor de los mundos posibles”, el que generaba una sensación de vacío por el miedo a que podía ser aniquilado, como quedó demostrado en Hiroshima y Nagasaki. Esos hípster, jóvenes “blancos negro” que empezaron a frecuentar garitos donde los afroamericanos lamentaban con el soul y más tarde con el jazz una vida siempre en peligro en la que lo único seguro era el presente, son las simientes existencialistas, en un mundo sin futuro, de lo que se denominó música rock, cuyas manifestaciones artísticas y vitales dieron lugar a toda una cultura underground, que inmediatamente fue engullida -y domesticada- por el Sistema hasta convertirla en la “archicultura pop”, un producto inofensivo que el mercado se encargó de propagar para que fuera consumido de forma homogénea a escala global.

Evidentemente, la música moderna ofrece (muchas) malas y (pocas) buenas obras, puesto que, como en todo, es cuestión de talento. Pero, a veces, emergen figuras que sobresalen por su sensibilidad y virtuosismo, como el guitarrista Pat Metheny, un exponente excepcional de la música moderna. Con raíces jazzisticas, este maestro (en todas sus acepciones) de la guitarra elabora piezas de indudable calidad que escapan de las etiquetas cosificadoras, al fundir jazz y rock para crear un sonido propio, innovador y sugerente. Mi interés por Metheny, nacido en Misuri hace 66 años, comenzó cuando adquirí su disco Offramp (1982), en los años 80 del siglo pasado, en el que aparece la pieza “Are you going with me?” que me dejó impresionado. En todos los conciertos en los que he tenido oportunidad de escucharlo en directo siempre ha tenido que tocar este tema, haciéndonos levitar de emoción. Desde entonces acumulo en mi “fonoteca” los vinilos “Pat Metheny Group” (1978), “As falls Wichita, so falls Wichita falls” (1980), “First Circle” (1989) y la banda sonora que compuso para “The Falcon and the Snowman” (1985), además de los CD “We live here” (1995), “Speaking of now” (2002), “One quiet nighy” (2003) y la selección “Selected recordings 1976-1984” (2004), con grabaciones remasterizadas.

En la actualidad, Pat Metheny aborda otros proyectos que engrandecen su genio artístico. Acaba de publicar dos suites para guitarra, que conforman el álbum “Road to the Sun”, compuestas por él pero grabadas por intérpretes de música clásica, en un afán por unir la secular dicotomía entre la música improvisada y la escrita, constreñida en las partituras. Su intención es que existan músicos capaces de tocar, un día, con una Orquesta Filarmónica y, al siguiente, con una banda de jazz o rock. Músicos que no puedan ser adscritos ni al jazz ni a la música clásica, superando y ampliando ambas categorías. Metheny considera que Chick Corea o Herbie Hancock son ejemplos de tales músicos totales que pueden leer e interpretar música compleja con enorme libertad. Y se ha propuesto demostrarlo, sin que se pierda ese “toque” personal, ese estilo suyo que caracteriza todas sus composiciones. Un motivo más para seguir prestándole atención.

miércoles, 10 de marzo de 2021

“Atasco” en Marte

El planeta Marte, el cuarto en distancia al Sol y el segundo más pequeño del Sistema Solar, se está convirtiendo en algo parecido a un destino turístico: todo el que puede se dirige hacia allá, ocasionando un “atasco” de vehículos. En el caso del planeta oxidado, los que pueden permitirse el lujo de viajar son aquellos países que disponen de una tecnología astronáutica tan avanzada como para enviar sondas espaciales a escudriñar, tanto desde órbita como sobre la superficie, un lugar tan atractivo, astronómicamente hablando.

Marte, por tanto, está de moda para la curiosidad científica, puesto que, en la actualidad, ya son múltiples las misiones que focalizan en el planeta rojo su actividad exploratoria, a cual más espectacular: desde satélites en órbita, naves que “amartizan”, robots que recorren el terreno y hasta por la recogida de muestras que se prevén traer, más adelante, a la Tierra. Todo un alarde de investigación astronáutica concentrada en nuestro rojizo vecino del Sistema Solar. Y los miembros de tan selectivo club con posibilidades de emprender estas hazañas son, por orden de llegada, EE UU (NASA), Unión Soviética, Europa (ESA, Agencia Espacial Europea), China, India y Emiratos Árabes Unidos, a los que se sumará, en un futuro cercano, Japón. No es extraño, pues, que la circulación sideral en torno a Marte nunca haya sido tan intensa y variopinta como hasta ahora.

Porque, en efecto, son tantas las misiones que, para cualquier profano en la materia, se hace complicado individualizarlas entre el alud de noticias que difunden, sobre cada una de ellas, los medios de comunicación. Sólo alcanzamos a distinguir la que protagoniza el robot Perseverance, de la NASA, que ha sido el último ingenio en “visitar” tan apetitoso destino, convirtiéndose, así, en el quinto vehículo con ruedas -rover- que recorre aquellos pedregales en busca de rastros de la existencia de agua. Su llegada fue realmente espectacular, retransmitiéndose en directo, para mayor emoción, los llamados “7 minutos de terror“ que tarda el vehículo en descender y posarse en el suelo, lo que contribuyó a aumentar el súbito interés de los que siguen estas proezas de la técnica.

Pero es que, pocos días antes, otra sonda, esta vez china, la Tianwen 1, había llegado al planeta y estaba efectuando maniobras para alcanzar una órbita apropiada y más próxima desde la que emprender las investigaciones y las mediciones atmosféricas que tiene programadas acerca de tan codiciado planeta. Por si fuera poco, esta nave china había llegado sólo un día después de la lanzada por Emiratos Árabes Unidos, la primera sonda árabe, denominada Al Amal, construida y enviada en colaboración con universidades de EE UU., con finalidad también exploratoria.

Todos estos vehículos se suman a otros que ya estaban operativos en Marte, ejecutando las misiones para los que fueron diseñados, como la Mars Odyssey (NASA), Mars Reconnaissance Orbiter -MRO- (NASA), Mars Atmosphere and Volatile Evolution -MAVEN-, un orbitador que desde 2014 estudia el clima marciano (NASA), Mars Express (ESA), Exomars TGO (ESA/Rusia) y Mangalyaan (India), sin contar las dos misiones que siguen activas en el planeta rojo: InSight y el “rover” Curiosyty.

Esta saturación de artefactos espaciales no tripulados sobre un mismo destino no tiene más explicación que la capacidad técnica para desarrollarlos y enviarlos, la oportunidad que brinda la “ventana” astronómica que pone a Marte a sólo 58 millones de kilómetros, cosa que se produce cada dos años y cincuenta días, y el deseo de acopiar conocimientos y datos que permitan una probable y futura misión tripulada al planeta más parecido al nuestro del Sistema Solar. En fin, un empeño de la inteligencia que está causando un “atasco” en Marte.

lunes, 8 de marzo de 2021

Día desgraciado de la Mujer

Hoy es el Día de la Mujer, una fecha conmemorativa que señala una injusticia social, cultural y legal: la desigualdad de la mujer respecto del hombre en cuanto a derechos y oportunidades. Es, por tanto, un día desgraciado por la necesidad de dedicar una jornada para hacer resaltar una evidencia: que no todos los seres humanos son sujetos merecedores de reconocimiento como detentadores de derechos inalienables para todos.

La mujer, formalmente idéntica al hombre en igualdad legal, sufre, en pleno siglo veintiuno, discriminación laboral, salarial, social, religiosa y cultural en virtud de su sexo, ni tiene las mismas oportunidades, aunque se les contemplen, para alcanzar las metas que su formación, dedicación, inteligencia y habilidades podrían dispensarles. Aún hoy, existen techos de cristal que impiden la igualdad de la mujer en esferas acaparadas en exclusiva por el hombre, salvo contadas excepciones.

Por mucho que el machismo bienintencionado parezca intentarlo, no se trata de corregir la discriminación de la mujer con medidas puntuales que posibiliten su presencia en todos los ámbitos de la vida social, sino que efectivamente se erradiquen comportamientos, tanto individuales como colectivos, que hacen perdurar las condiciones de desigualdad que soporta la mujer por el hecho de ser mujer. Y eso no se consigue sólo con manifestaciones y manifiestos, sino con cambios profundos en la organización social, el modelo económico y, desde luego, en la relación entre hombre y mujer basada en estereotipos tradicionalmente machistas y misóginos.

Una tarea ingente que ha de promoverse desde la educación, en la que con dinero público no deberían financiarse colegios que segreguen por razón del sexo o creencias religiosas; desde la familia, en la que una real conciliación familiar deberá facilitar el pleno desarrollo profesional o laboral de la mujer; y desde la sociedad, en la que se procuraría eliminar, con más ahínco, las barreras que todavía preservan la desigualdad efectiva de la mujer.

Se trata, pues, de una tarea que nos atañe a todos, puesto que la concienciación sobre esta injusticia se consigue antes y con mayor intensidad desde el ejemplo personal y cotidiano que con grandes muestras multitudinarias y propagandísticas. Y mi forma de participar es esta contribución a un Día de la Mujer que ha de celebrarse los 365 días del año.