lunes, 20 de marzo de 2023

Solo llega la primavera

Hoy, astronómicamente hablando, “entra” la primavera, la segunda estación del año y la más deseada por la mayoría de la población. Justo hoy el planeta atraviesa ese punto equinoccial de su órbita que hace que el día y la noche tengan la misma duración en el hemisferio norte. Según el Instituto Geográfico Nacional, ello comenzará exactamente a las 22:24 horas (hora peninsular), dando lugar a una estación que durará 92 días y 18 horas, hasta que finalice el 21 de junio próximo. En síntesis astronómica, aparte del calorcito, las flores y el buen tiempo, es lo que celebramos hoy, la llegada de la primavera.

Pero, desgraciadamente, este año parece que sólo llega lo que astronómicamente hemos descrito, y no la esperanza que suele acompañar a la primavera. Esperanza no solo de un clima agradable, sino de un florecer de expectativas nuevas que ayuden a superar y olvidar los nubarrones del invierno. Porque esos negros tiempos no acaban de ser desplazados por esta primavera soleada, nubarrones cargados con la guerra en Ucrania, tan cerca y vergonzosa, con la carestía desorbitada de la vida, de la que se forran los desaprensivos de siempre, con la enésima crisis económica, si es que la anterior se había resuelto, otra vez causada por bancos insolventes, y con los más inquietos presagios para nuestra democracia y convivencia pacífica y tolerante, debido a la inestabilidad política, al sectarismo partidista y a la incapacidad de erradicar de la plaza pública el griterío y las invitaciones al odio por uno y otro lado.

No, la primavera que hoy inauguramos solo nos anuncia luz y calor, pero no la esperanza de calma y sosiego a nuestras vidas. Es una primavera que, además de alergias y picaduras, nos deja la piel erizada por la desilusión y los temores de que los nubarrones continúen cubriendo el horizonte de nuestro futuro. Esta primavera no me hace feliz, precisamente.   

lunes, 13 de marzo de 2023

El lenguaje nos hace humanos*

Si hay algo que caracteriza al ser humano y lo distingue de todas las demás especies animales es el lenguaje. Esa capacidad de comunicarse a través de signos para transmitir su pensamiento nos ha hecho humanos, junto a lo que posibilita tal facultad: el raciocinio. La razón y su fruto, el lenguaje, son atributos específicamente del humán. El lenguaje es nuestra humanidad. Tanto, que los humanos son los únicos que hablan. El resto de animales también se comunican con gruñidos, gestos, danzas, vibraciones, olores o señales químicas –feromonas-, pero son incapaces de elaborar un lenguaje basado en un sistema de signos o símbolos.

Sólo el hombre, gracias a su inteligencia, ha logrado desarrollar una forma especial y exclusiva de comunicarse con sus congéneres de manera eficaz y precisa mediante el lenguaje, un sistema estructural de signos y señales sonoras (fonemas), que sirven para  elaborar un rico léxico y una gramática recursiva. No hace uso de onomatopeyas para designar sus estados anímicos, sus necesidades o las cosas de la naturaleza, sino de un complejo sistema  con el que, de forma derivada, articula palabras que reúnen el doble rasgo del significante y del significado, lo que confiere al lenguaje, a todas las lenguas (porque todas las sociedades humanas poseen lenguas para comunicarse), versatilidad, flexibilidad y creatividad, como sostiene el pensador español Jesús Mosterín1. De ahí que el lenguaje sea el único modo de transmitir una infinidad de mensajes distintos. Es decir, lo que caracteriza al lenguaje es, según Humboldt, “el uso infinito de medios finitos”.  En ello radica la belleza del lenguaje y la libertad que otorga al hablante: belleza para expresarse libremente, aunque no de manera arbitraria. Porque tiene sus normas, como todo gramático sabe.

Estudiar o interesarse por el lenguaje es profundizar en la naturaleza humana, rastrear aquello que nos eleva sobre el resto de especies animales y sondear los cimientos que sostienen nuestra vida social. No es de extrañar, por tanto, que no sólo lingüistas o filólogos se dediquen al estudio del lenguaje, sino también filósofos, sociólogos, antropólogos, neurólogos o psicólogos. Nacemos “equipados” y predispuestos a hablar de forma natural, sin necesidad de aprender. Según Chomsky, el lenguaje no se aprende sino que se desarrolla, se accede a él con la edad, como la pubertad. Este mismo autor añade, además, que el lenguaje surge para expresar el pensamiento, no sólo para comunicar. Ambos mecanismos –del pensamiento y del lenguaje- parecen estar entrelazados, aunque se ignore cómo funcionan. Lo que sí es claro es que la capacidad lingüística es una excepción evolutiva del ser humano, que ha adaptado nuestro cerebro y el aparato fonador  para el lenguaje. Ya se conoce que la estructura cerebral que controla fundamentalmente el lenguaje se localiza en el área de Broca, cuya lesión impide al paciente articular palabras y hablar, aunque le permite entender lo que oye. Por tanto, la facultad del lenguaje está determinada por los genes e incorporada a nuestra estructura cerebral.

Hallar una teoría general que explique la estructura del lenguaje y el proceso cognitivo que lo posibilita ha sido –y es- el objetivo de los lingüistas y otros científicos, dando lugar a diversas ramas o escuelas lingüísticas, desde el estructuralismo (Sausurre) a la pragmática (Morris, Searle y otros), pasando por la semiótica (Sanders Peirce, Eco, etc.) y la filosofía del lenguaje (Locke, Alston, etc.). Cada rama se centra en un aspecto específico del lenguaje, como el estudio del significado (semántica), del contexto (pragmática), de los signos y símbolos (semiótica) o las reglas que componen una lengua (gramática), entre otras. Toda esta diversidad de teorías o enfoques lingüísticos evidencian la complejidad del lenguaje como materia de estudio. Y es que estudiar el lenguaje es pretender analizar la mente humana. 

De lo que no cabe duda es que el lenguaje es una facultad que la naturaleza ha otorgado al ser humano. Poder decir lo que pensamos, sentimos o queremos es una capacidad común del hombre que no debería diferenciarnos entre nosotros, sino distinguirnos de los animales. Entre otras cosas, porque cada lengua es atributo de la persona, no del grupo social, y reside en el cerebro, no en el territorio. Estas reflexiones, debidas al filósofo Mosterín, puede que no sean del agrado del nacionalismo identitario, dado que resultan más lógicas y demostrables que los distingos artificiales basados en el lenguaje. Esta es una razón más por la que interesarse por el lenguaje: para evitar que sea instrumentalizado con fines políticos ajenos al interés científico.

1: La naturaleza humana, Mosterín, Jesús. Editorial Espasa Calpe. Madrid, 2006.

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* Dedicado a mi hija Hilda, filóloga, con motivo de su cumpleaños.

miércoles, 8 de marzo de 2023

Hoy, Día de la Mujer

Hoy, 8 de marzo, se conmemora el Día Internacional de la Mujer, un día para recordar la lucha por la participación y la igualdad de la mujer en la sociedad que no ha dejado de celebrarse desde que Naciones Unidas decretara 1975 como el Año Internacional de la Mujer e instara a todos los países, de acuerdo con  sus tradiciones y costumbres nacionales, a fijar esta fecha para reivindicar anualmente los Derechos de la Mujer y la Paz internacional.

Ya desde antes, desde al menos mediados del siglo XIX, se organizaban manifestaciones y protestas en algunos países en pro de los derechos de la mujer, cuando no se le reconocía el derecho a votar, a abrir una cuenta bancaria, ni aspirar a una educación universitaria o defenderse de los malos tratos, abusos y violaciones de los que era objeto por estar supeditada secularmente al hombre. Con el fin de la dictadura de Franco, en España comenzaron a proliferar marchas reivindicativas a favor de los derechos de la mujer que poco a poco fueron extendiéndose por todas las ciudades, concienciando a amplias capas de la población.

Se trata, pues, de una jornada de lucha justa y pertinente que no conviene obviar tras la cortina de humo de la festividad y la palabrería de quienes siempre están dispuestos a cubrirse con cualquier bandera con tal de obtener beneficios particulares.

Y es por eso, también, que sea motivo de preocupación la división que existe en nuestro país en el movimiento que fomenta y reivindica la igualdad de derechos de la mujer: el feminismo. Y aunque históricamente siempre ha mostrado tendencias en su seno, como el feminismo liberal y el radical, ello no ha impedido la coincidencia de objetivos y exigencias a la hora de reclamar cambios sociales en pro de la igualdad de la mujer.

Es triste que este año, en España, se presente más dividido y polarizado que nunca, tal vez porque el feminismo es una lucha compleja y continua, en la que tras cada conquista surgen nuevos problemas y conflictos que son difíciles de afrontar y resolver.  En esta ocasión es, fundamentalmente, la ley trans y la abolición de la prostitución lo que separa a las organizaciones feministas y las obliga a convocar dos manifestaciones distintas, sin tener en cuenta el daño que infringen al feminismo como palanca social para conseguir la igualdad en los derechos de la mujer.

Más lamentables aún cuando, según la propia ONU, miles de millones de mujeres todavía no tienen las mismas posibilidades laborales que los hombres, cuando una de cada tres sigue siendo víctima de violencia de género, cuando no del machismo asesino, cuando la brecha salarial las discrimina económicamente, cuando menos del 7 por ciento de los puestos ejecutivos en las grandes empresas son ocupados por mujeres y cuando en las cúspides políticas y económicas apenas hay representación de la mujer. Cuando, en fin, tantas metas quedan por alcanzar.

Es necesario, por tanto, en un Día como hoy, mirar al pasado, no perder de vista el presente y tener claro cuáles son los horizontes de futuro en la lucha por los derechos y la igualdad de la mujer. Porque no es un día cualquiera y su objetivo sigue siendo relevante: “se refiere –en palabras de la ONU- a las mujeres corrientes como artífices de la historia y hunde sus raíces en la lucha plurisecular de la mujer por participar en la sociedad en pie de igualdad con el hombre”. Es decir, que hombres y mujeres sean considerados iguales y disfruten de los mismos derechos civiles, sociales, económicos, políticos y religiosos.  

lunes, 6 de marzo de 2023

La inevitable inteligencia artificial

Oponer resistencia a la Inteligencia Artificial (IA) es una lucha perdida, puesto que ya ha venido y lo ha hecho para quedarse. Y como todos los avances para los que no estamos preparados, pues son disruptivos, causa recelo y dudas. Tantas dudas y recelos que, en mi caso, me ponen en estado de alerta ante el avance imparable de la IA en tareas que, por ignorancia, creía libres de tal tecnología. Y es que no confío en ella. No me fío en absoluto de la IA como tampoco lo hacía, en su día, del microondas, de internet y hasta del teléfono portátil, mal llamado móvil.

Reconozco que temo aquellas tecnologías que me arrollan porque las desconozco y no las domino, a pesar de que supongan avances impresionantes para muchos profesionales en incontables indicaciones o trabajos. Apenas les aprecio utilidad práctica en el ámbito doméstico, en el que, como mucho, las empleamos fundamentalmente para calentar agua o café, curiosear páginas web o intercambiar ”guasaps” por mero entretenimiento. Tengo que admitirlo: soy así de simple y analógico.

Con la IA me sucede lo mismo. De entrada, me cuesta creer que lo que nos venden por IA sea realmente inteligente. A lo sumo, admito que son sofisticados programas de almacenamiento y gestión de datos, algoritmos programados para extraer información entre miles de millones de ejemplos y bases relacionados con la cuestión encomendada. Por ello soy visceralmente reacio a considerar ese artilugio cibernético equivalente a la mente humana. Podrá ser muy útil de ayuda, como una enciclopedia inabarcable, en procesos que requieren datos y tiempo ingentes. Pero reconocerle inteligencia, capaz de construir un pensamiento original (bastaría un simple poema), creo que es adjudicarle una facultad de la que carece, a menos que redefinamos el concepto de inteligencia, esa que nos hace interrogar lo que somos y poner en cuestión lo existente para superar nuestras limitaciones.

Lo de artificial no lo discuto, por obvio. Con todo, admito que se trata de programas sumamente complejos para buscar, seleccionar y comparar datos con los que elaborar una respuesta mecánica a un problema determinado. Pero los considero incapaces de acometer reflexiones para las que no están diseñados, es decir, que no pueden pensar por sí mismos e interrogarse sobre su propia capacidad supuestamente inteligente. No llegan al extremo, tan humano, de elucubrar y emocionarse con hallazgos frutos de su sabiduría o ignorancia. Ese saber que no se sabe nada.

Pero si el calificativo de IA me enerva, más me inquieta aún su aplicación en procesos cotidianos que nos avocan a una dependencia indeseada y que poco a poco acabará embotando capacidades propias que dejamos de practicar. Nos vuelve cómodos y torpes, y lo que es peor, controlables y manipulables. Máquinas cada vez más listas y personas progresivamente inútiles y obedientes. Tanto, que ya nos cuesta aparcar porque el coche lo hace solo y mejor,  y si lo dejamos, conduce por nosotros. También confiamos en que nos guíe con el navegador sin saber dónde estamos. Sibilinamente, para que nos vayamos acostumbrando a esa dependencia, se va extendiendo el hábito de pedir a un asistente electrónico que ponga la música que nos gusta y encienda las luces al llegar a casa. Incluso le hacemos preguntas a un ChatGPT que, muy prudente él, elude respuestas comprometidas por ser políticamente incorrectas: “No soy capaz de tener creencias u opiniones personales.” (OpenAI). Ya hasta le ganan la partida a todo un campeón mundial de ajedrez (Deep blue).

Dentro de poco, porque se está en ello, llegarán a diagnosticarnos en función de los síntomas y datos analíticos que les proporcionemos, sin que ningún médico de “carne y hueso” nos ausculte y mire a los ojos. E irán reemplazando al ser humano en cada vez más actividades y tareas. Llegarán a conocerte mejor de lo que puedas conocerte tú mismo, en virtud del rastro que vamos dejando, a través de móviles, internet, tarjetas bancarias, compras on line, etc., en el enjambre digital. Pronto estaremos, si es que no lo estamos ya, eficazmente clasificados en todo tipo de registros alimentados por una IA que continuamente nos escruta y controla. Lo grave es que le permitimos ingenuamente que lo haga, ignorando que lo enumerado más arriba es, simplemente, lo menos “dañino” que puede causarnos la IA cuando se aplica “sin maldad”.

Porque podría servir, y de hecho sirve, para otros propósitos menos benévolos, como la desinformación, la elaboración de noticias falsas y para la pura y simple manipulación. Ya Iñigo Domínguez, en su artículo “Robots más listos y humanos más tontos” lo expone de forma clara, por lo que me ahorraré el esfuerzo. Añadiré, sin embargo, que la publicidad y la propaganda se elaboran en muchos casos con ayuda de IA para “personalizar” mensajes y “seducir” (iba poner embaucar) a los destinatarios, consiguiendo influir en sus decisiones, no sólo para comprar, sino incluso a la hora de votar. Son sistemas expertos en inundarte de (des)información por todos los soportes y canales comunicativos posibles hasta lograr que renuncies a seleccionar tal avalancha de mensajes, y conseguir que te creas los “empaquetados” según tus gustos y tendencias. Eso es lo alarmante y peligroso de la IA: su uso para objetivos ocultos o espurios.

Y es que la tecnología con IA que se utiliza para reconocimiento facial no sólo sirve para “copiar” rasgos de personas desaparecidas o crear rostros falsos y presentarlos como si estuvieran vivos (Deep fake), sino que puede utilizarse para rastrear, localizar y vigilar a personas de manera automática, violando sus derechos. Gracias a la IA, capaz de aprender simulando los procesos inductivos y deductivos del cerebro humano, se pueden construir armas autónomas –“armas con cerebro”, como las bautiza Javier Sampedro- que decidan su objetivo, pudiendo matar sin intervención humana. O fabricar drones autónomos, no teledirigidos, que destruyan infraestructuras, edificaciones o poblaciones (militares o civiles) con sólo “educarlos y entrenarlos” para tal misión. De hecho, esta tecnología se utiliza ya para fabricar armas, lo que mueve a Antonio Guterres, secretario general de la ONU, a clamar contra su uso: “Las máquinas con el poder y el criterio para matar sin implicación humana son políticamente inaceptables y moralmente repugnantes, y la ley internacional debe prohibirlas”.  

No se trata, pues, de ser catastrofista, sino de ser cauteloso y tener presente los riesgos que supone el “mal uso” de la IA, puesto que las consideraciones éticas, morales, culturales y emocionales escapan de los millones de big data con que estas máquinas elaboran sus respuestas y articulan sus conclusiones.   

Y ya que está entre nosotros, deberíamos de estar pendientes de que la IA sea utilizada respetando siempre unos límites que impidan que se vuelva en contra nuestra. Máxime cuando esta tecnología es susceptible de un uso malicioso e interesado, opuesto al bien general. De lo contrario, servirá para ahondar desigualdades y generar división, abusos, discriminación y manipulación. Un peligro del que nos vienen advirtiendo cada vez más pensadores y líderes sociales (Stephen Hawking, Éric Sadin, José Antonio Marina, Yuval Noah Harari, Víctor Gómez Pin  y hasta ¡Elon Musk!, entre otros) cuando resaltan la ya innegable soberanía electrónica en la actividad económica, pero también, en gran medida, en la del ocio, las comunicaciones y la información.

Y es que, por muy bien diseñadas y entrenadas que estén estas máquinas, si su “inteligencia” se limita a seguir instrucciones de un programa y no se rige con criterios éticos o morales, poca inteligencia demostrarán poseer, aunque sean capaces de resolver y responder cuestiones  sumamente complejas. Lo que no me deja más tranquilo.

domingo, 5 de marzo de 2023

Museo de la Imprenta*

Uno de los hitos más trascendentes en el progreso de la Humanidad se produjo en 1450, cuando Johan Gutenberg (1399-1468) inventó la imprenta, la máquina que permitiría reproducir textos escritos en mayor cantidad e indudable calidad. Se pasaba, así, de los códices o textos manuscritos por escribanos a libros que podían reproducirse con rapidez y en número indeterminado. El saber, por tanto, ya no quedaría restringido a reyes y cardenales, sino que pasaba a ser accesible a cualquier persona que supiera leer y pudiera permitírselo.

Uno de los museos que pueden visitarse en Madrid, aparte de los del Prado, Reina Sofía o Thyssen, es el de la Imprenta Municipal-Artes del Libro. En él, sin las aglomeraciones que caracterizan al resto de espacios museísticos, se puede contemplar  la historia de la imprenta, desde su invención hasta hoy, a través de las diversas máquinas impresoras y otras piezas de artes gráficas que allí se exhiben al visitante.

Un edificio de estilo regionalista, sede de la antigua imprenta municipal, situado muy cerca de la Plaza Mayor, alberga este museo atípico, inaugurado en 2011, que atrae, no a masas de turistas aborregados, sino a los amantes del libro, la escritura y de lo que materializa todo ello, la imprenta. Se trata de un espacio diáfano y no muy grande, pero tampoco excesivamente pequeño, que acoge una buena muestra de elementos de las artes gráficas que han jalonado la evolución de la imprenta y de la encuadernación artística y artesanal de libros a lo largo de siglos.

Desde la Biblia de 42 líneas, la primera obra impresa de Gutenberg, hasta el último panfleto propagandístico que te echan al buzón, todos ellos han sido posible gracias a ese ingenio mecánico para imprimir que democratizó y extendió el soporte escrito, la mejor manera de transmitir el conocimiento, a toda la población en todas partes del mundo. Una universalización de lo escrito debido a que la imprenta, tras ser inventada en Alemania, pronto se extendió a Italia y luego España, que la llevó al Nuevo Mundo.

Pero hablar de la imprenta es referirse también al papel (creado en China en el siglo II a C. y traído a España en el siglo X por los árabes), el principal elemento sobre el que actúa una imprenta. Y a la forma definitiva en que se agrupaban los textos impresos de muchas páginas: el libro. La encuadernación de un libro, al principio artesanal y laboriosa, suponía en sí misma una auténtica labor artística que requería de orfebres y grabadores. Posteriormente, se emplearon medios industriales que simplificaron y abarataron la producción y encuadernación de libros, convirtiéndolos en objetos asequibles. Toda ese conjunto de tareas para la impresión y encuadernación es lo que hoy se denomina artes gráficas, y cuya evolución se puede conocer en el Museo de la Imprenta  Municipal y Artes del Libro, de Madrid. Una visita muy recomendable, tranquila y enriquecedora. No se la pierdan.

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* A mi hijo Dani, impresor, con motivo de su cumpleaños.