Oponer resistencia a la Inteligencia Artificial (IA) es una
lucha perdida, puesto que ya ha venido y lo ha hecho para quedarse. Y como
todos los avances para los que no estamos preparados, pues son disruptivos, causa
recelo y dudas. Tantas dudas y recelos que, en mi caso, me ponen en estado de alerta
ante el avance imparable de la IA en tareas que, por ignorancia, creía libres
de tal tecnología. Y es que no confío en ella. No me fío en absoluto de la IA
como tampoco lo hacía, en su día, del microondas, de internet y hasta del
teléfono portátil, mal llamado móvil.
Reconozco que temo aquellas tecnologías que me arrollan
porque las desconozco y no las domino, a pesar de que supongan avances impresionantes
para muchos profesionales en incontables indicaciones o trabajos. Apenas les aprecio
utilidad práctica en el ámbito doméstico, en el que, como mucho, las empleamos fundamentalmente
para calentar agua o café, curiosear páginas web o intercambiar ”guasaps” por mero
entretenimiento. Tengo que admitirlo: soy así de simple y analógico.
Con la IA me sucede lo mismo. De entrada, me cuesta creer
que lo que nos venden por IA sea realmente inteligente. A lo sumo, admito que
son sofisticados programas de almacenamiento y gestión de datos, algoritmos
programados para extraer información entre miles de millones de ejemplos y bases
relacionados con la cuestión encomendada. Por ello soy visceralmente reacio a
considerar ese artilugio cibernético equivalente a la mente humana. Podrá ser muy
útil de ayuda, como una enciclopedia inabarcable, en procesos que requieren
datos y tiempo ingentes. Pero reconocerle inteligencia, capaz de construir un
pensamiento original (bastaría un simple poema), creo que es adjudicarle una
facultad de la que carece, a menos que redefinamos el concepto de inteligencia,
esa que nos hace interrogar lo que somos y poner en cuestión lo existente para
superar nuestras limitaciones.
Lo de artificial no lo discuto, por obvio. Con todo, admito
que se trata de programas sumamente complejos para buscar, seleccionar y
comparar datos con los que elaborar una respuesta mecánica a un problema
determinado. Pero los considero incapaces de acometer reflexiones para las que
no están diseñados, es decir, que no pueden pensar por sí mismos e interrogarse
sobre su propia capacidad supuestamente inteligente. No llegan al extremo, tan
humano, de elucubrar y emocionarse con hallazgos frutos de su sabiduría o
ignorancia. Ese saber que no se sabe nada.

Pero si el calificativo de IA me enerva, más me inquieta aún
su aplicación en procesos cotidianos que nos avocan a una dependencia indeseada
y que poco a poco acabará embotando capacidades propias que dejamos de
practicar. Nos vuelve cómodos y torpes, y lo que es peor, controlables y manipulables.
Máquinas cada vez más listas y personas progresivamente inútiles y obedientes. Tanto,
que ya nos cuesta aparcar porque el coche lo hace solo y mejor,
y si lo dejamos, conduce por nosotros. También
confiamos en que nos guíe con el navegador sin saber dónde estamos.
Sibilinamente, para que nos vayamos acostumbrando a esa dependencia, se va
extendiendo el hábito de pedir a un asistente electrónico que ponga la música
que nos gusta y encienda las luces al llegar a casa. Incluso le hacemos
preguntas a un ChatGPT que, muy prudente él, elude respuestas comprometidas por
ser políticamente incorrectas: “No soy capaz de tener creencias u opiniones
personales.” (OpenAI). Ya hasta le ganan la partida a todo un campeón mundial
de ajedrez (Deep blue).
Dentro de poco, porque se está en ello, llegarán a
diagnosticarnos en función de los síntomas y datos analíticos que les proporcionemos,
sin que ningún médico de “carne y hueso” nos ausculte y mire a los ojos. E irán
reemplazando al ser humano en cada vez más actividades y tareas. Llegarán a
conocerte mejor de lo que puedas conocerte tú mismo, en virtud del rastro que vamos
dejando, a través de móviles, internet, tarjetas bancarias, compras on line, etc., en el enjambre digital. Pronto
estaremos, si es que no lo estamos ya, eficazmente clasificados en todo tipo de
registros alimentados por una IA que continuamente nos escruta y controla. Lo grave
es que le permitimos ingenuamente que lo haga, ignorando que lo enumerado más
arriba es, simplemente, lo menos “dañino” que puede causarnos la IA cuando se
aplica “sin maldad”.
Porque podría servir, y de hecho sirve, para otros propósitos
menos benévolos, como la desinformación, la elaboración de noticias falsas y para
la pura y simple manipulación. Ya Iñigo Domínguez, en su artículo “Robots más
listos y humanos más tontos” lo expone de forma clara, por lo que me ahorraré
el esfuerzo. Añadiré, sin embargo, que la publicidad y la propaganda se elaboran
en muchos casos con ayuda de IA para “personalizar” mensajes y “seducir” (iba
poner embaucar) a los destinatarios, consiguiendo influir en sus decisiones, no
sólo para comprar, sino incluso a la hora de votar. Son sistemas expertos en
inundarte de (des)información por todos los soportes y canales comunicativos
posibles hasta lograr que renuncies a seleccionar tal avalancha de mensajes, y
conseguir que te creas los “empaquetados” según tus gustos y tendencias. Eso es
lo alarmante y peligroso de la IA: su uso para objetivos ocultos o espurios.

Y es que la tecnología con IA que se utiliza para
reconocimiento facial no sólo sirve para “copiar” rasgos de personas
desaparecidas o crear rostros falsos y presentarlos como si estuvieran vivos
(Deep fake), sino que puede utilizarse para rastrear, localizar y vigilar a personas
de manera automática, violando sus derechos. Gracias a la IA, capaz de aprender
simulando los procesos inductivos y deductivos del cerebro humano, se pueden
construir armas autónomas –“armas con cerebro”, como las bautiza Javier
Sampedro- que decidan su objetivo, pudiendo matar sin intervención humana. O
fabricar drones autónomos, no teledirigidos, que destruyan infraestructuras,
edificaciones o poblaciones (militares o civiles) con sólo “educarlos y
entrenarlos” para tal misión. De hecho, esta tecnología se utiliza ya para
fabricar armas, lo que mueve a Antonio Guterres, secretario general de la ONU, a
clamar contra su uso: “Las máquinas con el poder y el criterio para matar sin
implicación humana son políticamente inaceptables y moralmente repugnantes, y
la ley internacional debe prohibirlas”.
No se trata, pues, de ser catastrofista, sino de ser
cauteloso y tener presente los riesgos que supone el “mal uso” de la IA, puesto
que las consideraciones éticas, morales, culturales y emocionales escapan de
los millones de big data con que
estas máquinas elaboran sus respuestas y articulan sus conclusiones.
Y ya que está entre nosotros, deberíamos de estar pendientes
de que la IA sea utilizada respetando siempre unos límites que impidan que se
vuelva en contra nuestra. Máxime cuando esta tecnología es susceptible de un
uso malicioso e interesado, opuesto al bien general. De lo contrario, servirá
para ahondar desigualdades y generar división, abusos, discriminación y
manipulación. Un peligro del que nos vienen advirtiendo cada vez más pensadores
y líderes sociales (Stephen Hawking, Éric Sadin, José Antonio Marina, Yuval
Noah Harari, Víctor Gómez Pin y hasta ¡Elon
Musk!, entre otros) cuando resaltan la ya innegable soberanía electrónica en la
actividad económica, pero también, en gran medida, en la del ocio, las
comunicaciones y la información.
Y es que, por muy bien diseñadas y entrenadas que estén
estas máquinas, si su “inteligencia” se limita a seguir instrucciones de un
programa y no se rige con criterios éticos o morales, poca inteligencia
demostrarán poseer, aunque sean capaces de resolver y responder cuestiones sumamente complejas. Lo que no me deja más tranquilo.