Digámoslo sin demora: la guerra en Ucrania es ilegal,
innecesaria, ilógica, inmoral e injusta. No existen razones ni amenazas o
disputas que justifiquen la invasión militar rusa en territorio ucranio. Tampoco
hay nazis ni antisemitas gobernando la república cosaca. Por no haber, no hay
siquiera fuerzas enemigas (OTAN) estacionadas en aquel país, por mucho que
Vladimir Putin blandiese esa excusa, entre otras, para enviar sus soldados a
matar y morir en el país vecino. Como mucho, existía y existe la voluntad de
los ucranianos de acercarse a Occidente, alejándose de la órbita soviética,
para disfrutar de la libertad (formal) y del consumismo (real) de los que gozan
los países capitalistas de Europa y EE UU. Pero tal aspiración no suponía
ninguna novedad que no hubiera sido explorada anteriormente y materializada,
por ejemplo, por países bálticos de la antigua URSS, como Lituania, Letonia,
Estonia, etc., sin que Moscú mostrase su oposición como hace ahora con Kiev.
¿Por qué, entonces, esa brutal reacción de Rusia contra su
antigua República Popular de Ucrania? ¿Qué peligro presenta esa frontera que no
la tenga, también, la de Finlandia, próxima a la base de Severomorsk (sede de
la Flota del Norte)? ¿Es que los 1.300 kilómetros de frontera entre Finlandia y
Rusia son menos estratégicos que los 1.974 terrestres y poco más de 300
marítimos que la separan de Ucrania? ¿Acaso son más importantes militarmente
los puertos navales mediterráneos de Crimea que los del ártico de Kola? ¿O es, quizás,
que una Ucrania integrada en la UE es un ejemplo intolerable de emancipación
nacional ante el resto de las repúblicas bajo influjo soviético? ¿La
integración de Finlandia en la UE en 1995 y su petición de formar parte de la
OTAN en 2022 no es el mismo escenario pro-occidental infausto que se le quiere hurtar
a Ucrania?¿Qué oscuras y perversas intenciones existen para violar la
integridad soberana de un Estado y hacer añicos el delicado equilibrio de la legalidad
internacional para obrar de manera tan violenta y asesina?

La respuesta se encuentra en la iluminada mente de Putin,
quien sigue empeñado en jugar una mortal partida en el flanco europeo por no se
sabe qué objetivos o intereses estratégicos. Puede que pretenda debilitar u
obstaculizar Europa como proyecto continental unitario, o averiguar la
capacidad del continente para protagonizar su propia defensa o, incluso, testar
hasta qué punto estaría dispuesta la OTAN (y EE UU) a cumplir sus compromisos
defensivos con Europa. Puede, quién sabe, que sólo pretenda dar un aviso a
navegantes a todas sus exrepúblicas con idénticas veleidades occidentales. O,
simplemente, busca afianzar su liderazgo en la cúspide del Kremlin y ante una
población que muestra signos evidentes de cansancio por las cortapisas a la
libertad, las persecuciones políticas y los tics autoritarios de su Presidente,
un antiguo agente de la KGB.
En todo caso, nada se sabe a ciencia cierta porque lo que
mueve al mandatario ruso se esconde tras una nebulosa opaca dentro de su
cabeza. Se trata de una incógnita infranqueable e incognoscible, pero que alimenta
desde hace un año una guerra ilegal, innecesaria, inmoral e injusta en Ucrania.
Y una incógnita que parece dispuesta a ir hasta las últimas consecuencias, sin
importar si perjudica a civiles ucranianos, a ciudadanos rusos, a los europeos
y cualesquiera se interpongan en su camino. En otras palabras, la guerra va
para largo sin que las razones para ello hayan sido explicadas, discutidas o
negociadas, de manera diplomática y pacífica, en ningún foro o mesa de diálogo,
como corresponde a países civilizados y democráticos. Y tal vez en esto radique
parte del problema: suponer democracia y civilización en naciones que todavía
se guían por viejas nociones imperiales, más próximas al feudalismo que al
Estado de Derecho. Y que usan la fuerza como único medio válido y eficaz de
resolver sus disputas.

La historia tampoco ayuda a apaciguar los ánimos. Porque el
conflicto bélico estalla, para más inri, entre países que comparten un legado
histórico de más de mil años y que propició lo que actualmente son Ucrania y
Rusia. Se trata de una historia de encuentros y desencuentros
que culmina en la actual guerra, con la que
Putin busca asegurarse, al menos, las tierras al este del río Dniéper, cuyos
habitantes mantienen fuertes lazos con la vieja Rusia, compartiendo
idioma y la religión ortodoxa. Esa
“rusificación” cultural vivió su momento más dramático cuando, en la década de
los 30 del siglo pasado, las políticas de colectivización de Stalin provocaron
una hambruna que causó la muerte de millones de ucranianos, lo que obligaría al
dictador a repoblar el este de Ucrania con ciudadanos de Rusia y de otras
repúblicas que ni siquiera sabían ucraniano ni tenían lazos con la región. Sus
descendientes son los prorusos que ahora
Putin dice querer defender de los “nazis” que gobiernan Ucrania.
A todo ello se suma que la Crimea que Moscú transfirió a la República
Socialista Soviética de Ucrania en 1954, y en la que ubicó la base de la Flota
rusa del Mar Negro, acabaría siendo anexionada y ocupada a la fuerza por Rusia
en 2014, al tiempo que instaba y apoyaba el levantamiento secesionista del
Donbás, justamente la región oriental situada en la margen izquierda del
Dniéper, hasta que se constituyó en sendas repúblicas independientes, las de Luhansk
y Donetsk, que ya han sido reconocidas e integradas en la Federación Rusa.
Estas dos almas que tiran de Ucrania hacia Oriente y
Occidente nunca han hallado un punto de convivencia común sin tensiones, lo que
explica que los últimos líderes del país, tanto el proamericano Victor
Yushenkpo, como el proruso Vitor Yanukovich o el proeuropeo Petró Poroschenko y
el actual Volodymir Zelenski, hayan sido incapaces de cohesionar una sociedad multicultural
y multiétnica tan dividida y polarizada.
Sea por lo que fuere, no cabe duda de que la peor forma de
dirimir estos conflictos es la guerra que lleva ya un año desarrollándose en
suelo Ucranio, con decenas de miles de muertos en ambos bandos y sin que
existan visos de cesar tal matanza fratricida. Un año de guerra ilegal,
innecesaria, ilógica, inmoral e injusta a la que asistimos impotentes,
intentando ayudar al agredido, mientras procuramos que el agresor desista de
sus intenciones mediante sanciones económicas. ¿Cómo acabará esto? Sólo Putin
podría saberlo, porque sólo él sabe lo que quiere. El resto de atónitos
espectadores intentamos comprender la evolución de los acontecimientos y el
contexto en que se producen y condiciona. Poco más. Y así desde hace un año.