domingo, 3 de septiembre de 2023

Arranca el curso

Se inicia un nuevo curso lectivo, económico y político -en la enseñanza, las empresas y la gobernanza de lo público, lo que de verdad condiciona la vida de las personas (no en lo tradicional, que lo marcan la cronología anual y las navidades)- en un mes de septiembre un tanto atípico, por aquello de unas elecciones generales en plena canícula de julio. Es el comienzo real de año. Y la verdad es que se presenta de lo más interesante y movido, no sólo por los condicionantes internos (nuestros problemas domésticos), sino también por el contexto global en que se produce (la coyuntura internacional). Parece conveniente, por tanto, alejar nuestra mirada del detalle para observar el conjunto del cuadro y poder valorar lo que representa.

Los colegios, institutos y universidades abren sus puertas a lo largo de septiembre para acoger las nuevas remesas de alumnos que inauguran cada etapa educativa con una ilusión que, desgraciadamente, irá menguando conforme se disponen, con los diplomas bajo el brazo, a ofrecerse a un mercado laboral endemoniado que apenas valora su formación y su esfuerzo. El mundo laboral solo tiene aprecio por la mano de obra barata, la disponibilidad cuasi absoluta a sus condiciones y las destrezas  y conocimientos que pueda aportar el empleado sin que sean remunerados. Aquello de la educación como “ascensor social” ha devenido frustración entre quienes se resistían a pensar que fuera un cuento chino para obligarlos a estudiar, y también entre unos padres que estaban convencidos de que, gracias a los estudios, sus hijos podrían escapar del destino familiar y acceder a un estatus social más elevado. Si a esa inoperancia de la educación unimos la inutilidad de unas leyes educativas que, cada dos por tres, son cambiadas por el gobierno de turno, un profesorado harto de promesas –y no me refiero a las salariales, que también- que se incumplen sistemáticamente y unos hogares que afrontan las carestías que conlleva cada nueva “entreé” escolar, lo más suave  que se puede decir del arranque del curso académico es que sólo los alumnos más ingenuos lo aguardan con inocente ilusión. Porque hasta la fecha ningún “libro blanco” elaborado al respecto ha servido para consensuar, tratándolo como Pacto de Estado, un verdadero Plan Educativo serio, fiable, eficaz, estable y duradero, ajeno a los tumbos de la política y a la tentación adoctrinadora de cada gobierno. Y así va, con ocho leyes educativas (una cada 8 años, aprox.) y una Evau –el último diseño de selectividad- cuya implantación se prorroga al próximo curso. ¿Cabe ejemplo más palpable de la eterna provisionalidad de la política educativa de España?

Mejor arranca el curso para las empresas y las finanzas. Al menos, para las grandes empresas que se reparten el pastel del comercio en nuestro país. Porque, después de tanto quejarse de los desajustes (menos ganancias) que padecieron -¡pobrecitas!- por culpa de la pandemia y los problemas que ha supuesto la guerra en Ucrania, las firmas más destacadas, en el balance anual que publican siempre en septiembre, muestran unos beneficios extraordinarios que hacen palidecer a los de años anteriores. Sobre todo en las empresas del sector de la energía (eléctricas, gasísticas y petroleras) y, por supuesto, las de finanzas (la banca). Para todas ellas, las crisis han supuesto una providencial oportunidad para incrementar sus resultados, con solo trasladar a  precios los costes adicionales que estas acarrearon. Son sus clientes quienes cargan con todos los sobrecostes, mientras el accionariado engrosa sus retribuciones. Hasta las cadenas de alimentación (distribuidoras y supermercados) vieron crecer sus rendimientos a pesar de la inflación, cobrando al consumidor hasta la bolsa para cargar la compra, cosa que, en todo caso, siempre habían hecho, prorrateando su coste en el  precio de los productos. No, el arranque de curso para las empresas y la economía no es en absoluto pesimista, sino todo lo contrario. Hasta la industria del turismo se ha visto agraciada con grandes beneficios, pues la temporada que acaba de finalizar ha sido espectacular, mejor incluso que las anteriores a la pandemia, aunque ya vuelven a quejarse de las dificultades en las que se enreda el Gobierno para  poner en marcha los viajes del Imserso. Nunca tienen bastante.

Distinto es el panorama político, de extrema polarización y mayor confrontación, después de unas elecciones generales que la derecha estaba convencida de poder ganar por goleada. Hay que recordar que se convocaron de manera anticipada tras el enorme batacazo del partido gobernante en las elecciones municipales y autonómicas. El PSOE, que perdió muchísimo poder local y regional, interpretó aquel resultado como una pérdida de confianza de los ciudadanos y creyó oportuno convocar a urnas para clarificar la situación. El resultado no ha podido ser más nefasto, tanto para la derecha, que ganó las elecciones pero sin conseguir mayoría absoluta, como para la izquierda, que obtuvo mayoría parlamentaria si logra el acuerdo con todas las formaciones de izquierdas, incluidos nacionalistas e independentistas. Así, el panorama político empeoró notablemente respecto a la legislatura anterior, ya que ahora no basta con repetir el acuerdo de la moción de censura. Ahora hay que pactar también con el partido cuyo líder está fugado de la Justicia por organizar un referendo ilegal y declarar fugazmente la república de Cataluña. Se trata, por tanto, de un panorama realmente endemoniado que alimentará, más si cabe, la polarización y la confrontación que soporta el país. Ninguna de las alternativas que se barajan, tanto si el PP y Vox consiguen culminar el proceso de investidura de su candidato, lo que parece improbable, como si el PSOE y Sumar aglutinan los apoyos necesarios para investir al suyo, lo que se antoja más probable pero no menos complicado, no augura una legislatura tranquila y duradera. Porque la tensión política se agudizará con cada votación parlamentaria y en cada iniciativa legislativa. Tampoco una repetición electoral, bien porque ningún candidato consiga la investidura, o bien dentro de unos meses porque gobernar en tales condiciones sea imposible, garantiza solventar el problema de la gobernabilidad de España. Tal parece que estamos condenados a chocar siempre con el empate entre los bloques ideológicos y la fragmentación parlamentaria. Y con la intransigencia de quienes son incapaces de alcanzar acuerdos con sus rivales políticos en favor de los intereses de la Nación.

Mientras tanto, el país se mantiene en “stand by”, con un gobierno en funciones que, por si fuera poco, asume la presidencia del  Consejo de la Unión Europea, hasta el próximo 31 de diciembre, organizando sus reuniones  y representándola ante las demás instituciones europeas, como  el Parlamento y la Comisión. De hecho, esta “interinidad” del actual Gobierno ha obligado que Pedro Sánchez retrasara por segunda vez su comparecencia ante el Parlamento europeo, donde debía exponer las prioridades que abordaría en el semestre de presidencia española de la UE. No puede presentar el programa, aunque esté elaborado y ejecutándose, puesto que todavía no se sabe quién será el presidente del Gobierno que culminará el semestre de presidencia española de la UE. Nada más rocambolesco.

Y todo ello enmarcado en un ambiente global de inestabilidad y enfrentamientos, si no bélico directamente, sí diplomático, comercial y de sanciones económicas con Rusia, por emprender la invasión y guerra de Ucrania; con China, por la desconfianza que entraña su penetración tecnológica y económica en Occidente, donde disputa la supremacía que ejerce EE. UU.; y con África, en la que se suceden los golpes de estado en los países de la Franja del Sahel, antiguas colonias de potencias europeas, y donde se engendran los mayores problemas que preocupan a Europa, como los del yihadismo y la migración, que alimentan las respuestas populistas y los votos a partidos radicales en nuestro continente.

En conclusión, el arranque del curso nunca ha sido más convulso como el presente, por la multitud de problemas y obstáculos que ennegrecen el futuro inmediato. Tanto es así que nadie descarta nada puesto que todo es posible, frase que evidencia la incapacidad de quien la pronuncia –o escribe- para aventurar cualquier vaticinio o prever alguna expectativa. Es mi caso, justamente. Habrá que seguir atentos.

viernes, 1 de septiembre de 2023

Septiembre


Es pronto, pero es septiembre,

cuando la luz declina en los ojos

y los humedece con la esperanza

de aquellos frescos días cautelosos.

 

Es pronto, pero es septiembre

que ya anuncia amaneceres breves,

con nubes encapotando los cielos

que emborronan la monotonía de los celestes.

 

Es pronto, pero es septiembre

el que emerge del calendario,

como adelanto de que el ciclo continúa,

para que el otoño escriba en mi diario.

 

Es pronto, pero hoy es ya septiembre.





martes, 29 de agosto de 2023

Chatarrería lunar

India acaba de conseguir, en este mes de agosto, un indiscutible éxito astronáutico al lograr que una sonda automática se pose suavemente cerca del polo sur de la Luna.  Pero ni es el único país que fija como objetivo la exploración de nuestro satélite ni su nave tampoco ha sido la primera que pasa a formar parte de los restos de artefactos terrestres que se acumulan sobre la superficie lunar. De hecho, son tantos los residuos dejados en la Luna y muchos los países que persiguen poner sus ojos y su bandera sobre un trozo del satélite que, de continuar la competición entre agencias espaciales de diversas naciones del mundo, la Luna acabará convirtiéndose en una auténtica chatarrería. Lo que sigue es un recuento no exhaustivo de lo que hemos ido dejando en la Luna como chatarra.

Y es que la Luna siempre ha atraído el interés de las potencias capaces de explorar el espacio, una carrera que iniciaron la antigua Unión Soviética y EE UU, en la década de los cincuenta del siglo pasado. Fruto de esa competición, sería la Unión Soviética la primera en enviar una nave a la Luna, en 1959, que acabó estrellándose contra la superficie del satélite. Se trataba de la sonda Luna-2, la que inició el programa soviético de exploración lunar. Es curioso que el último cacharro que, también en este mes de agosto,  se ha estrellado contra la superficie de la Luna sea, casualmente, Luna-25, la última sonda con la que Rusia retomaba su programa de exploración lunar. Entre ambas misiones, han sido más los vehículos que se estrellaron contra el satélite que los que alunizaron. En total, cinco misiones del programa Luna de la agencia espacial soviética consiguieron alunizar con éxito (9, 13, 17, 21 y 23) y otras seis acabaron impactando sin control contra el suelo de la Luna (2, 5, 7, 8. 15 y 25). Y los restos de todas ellas han quedado esparcidos sobre la superficie polvorienta de nuestro satélite, como huellas de la obsesión humana por descubrir y colonizar lo que todavía permanece lejos del  alcance de su mano. Lo malo es que Rusia no es el único país que mantiene esa ambición de explorar y conquistar la Luna, sin importar el precio de dejarla llena de desechos metálicos.

Antes del programa Apolo, con el que EE UU consiguió que el ser humano hollara la Luna por primera vez en la historia, en julio de 1969, otros proyectos habían sido emprendidos por la NASA, la agencia espacial norteamericana, hasta culminar en aquella hazaña que significó un “pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”.

Los comienzos  de la aventura lunar de la NASA se materializan con el programa Pioneer, cuyas primeras sondas bien fallaron en el despegue o bien se perdieron en el espacio. Le sucedería el programa Ranger, del que todas las naves se estrellaron contra la Luna, a lo largo de 1964 y 65. El mayor triunfo de ese programa lo consiguió la Ranger-4, que se estrelló en la cara oculta del satélite, siendo la primera nave de EE UU en impactar contra la Luna, en 1962. Allí reposan los restos de todas ellas.

Más suerte hubo con el programa  Surveyor, de cuyas siete sondas, lanzadas entre 1966 y 1968, dos cayeron violentamente contra la superficie lunar y cinco lograron alunizar como estaba previsto. Pero después de su vida útil, los restos de esas sondas automáticas, cubiertos de polvo, configuran el mapa de vertederos de naves espaciales que el hombre está dejando en la Luna. ¿Llevan la suma?

A los anteriores habría que añadir los alunizajes del proyecto Apolo, desde que Neil Armstrong desembarcara en la Luna gracias a la misión del Apolo 11, en 1969. Le seguirían otras cinco misiones (12, 14, 15, 16 y 17) que, tras alunizar, contribuyeron a incrementar el volumen de chatarra en nuestra luminosa y plateada Luna, pues, aparte de los módulos de descenso, allí dejaron abandonados desde banderas hasta vehículos todoterreno para desplazarse y otros utensilios e instrumentos de apoyo a cada misión.

Lo triste es que la situación de la Luna, como vertedero de nuestra obsesión espacial, no ha ido a mejor, sino a peor. Porque ya no son solo EE UU y Rusia los países que dominan la tecnología astronáutica y aumentan con sus misiones de chatarra la Luna. Ahora, además, hay otros actores decididos a incrementar aquel vertedero lunar.

Japón ha sido el tercer país en participar de la exploración del satélite natural de la Tierra, enviando varias sondas a su encuentro. La nave Selene fue programada para impactar contra la Luna en el 2009, como le sucediera, sin estar programada para ello, a la Hakuto-R en 2022. Por su parte, la Agencia Espacial Europea también hizo estrellar sobre la superficie selenita la nave Smart-1, en 2006. Y la India, la misma que acaba de lograr el último alunizaje con éxito en la Luna, ya había enviado varias naves con anterioridad al satélite, como la Chandrayaan-1, que transportó una sonda lunar que impactó contra el suelo lunar, y la Chandrayaan-2, que se estrelló con su módulo de alunizaje y el rover que transportaba, en 2009.

Incluso Israel, con la nave no tripulada bautizada como Beresheet-1, que se estrelló en 2019, también ha querido contribuir a enriquecer de chatarra la Luna. Pero quien más ha ayudado a ello, siguiendo los pasos de los pioneros de la cerrera espacial, ha sido China.

China, tercera potencia en la actualidad en la disputa por el espacio, ya en 2009 había sido capaz de lanzar un orbitador robotizado, denominado Chang´e-1, que, por desgracia, acabó chocando contra el satélite. El mismo destino correría la C-2. Sin embargo, la C-3 lograría alunizar sin problemas, en 2013. Y la C-4 hizo lo propio en la cara oculta de la Luna, en 2019, donde alunizó y depositó un rover para recoger datos sobre la superficie lunar. Allí siguen.

No sé si habrán contabilizado el número de misiones que tienen por objetivo la Luna. Son más de 50, y la mayoría de ellas ha dejado su cuota de residuos sobre un satélite que sólo acumulaba polvo, regolitos y cráteres. Ahora también chatarra. Pero el futuro no es más prometedor. Nuevas misiones están en marcha este mismo año o se planifican para volver a llenar de escombros metálicos nuestro romántico disco luminoso del cielo nocturno.

La NASA continúa con su Proyecto Artemis, cuyo objetivo es volver a llevar un ser humano a la Luna, con todo lo que eso representa de desperdicios sobre el satélite. Aparte de ello, también tiene en marcha diversas misiones, como la Nova-C IM-1, para explorar la explotación de recursos de la Luna, y la Peregrine Mission, para alunizar y estudiar el hidrógeno del regolito lunar. Ambas colaborarán en el envío de material a la Luna bajo el programa Artemis. Japón, por su parte, más cautelosa y con mala suerte, no abandona sus proyectos de enviar sondas a la Luna, como su proyecto SLIM, un módulo de alunizaje. Ni tampoco China, con su programa Chang´e. Ni Rusia, precisamente por resarcirse del fracaso de la misión de Luna-25. Ni, por supuesto, las agencias espaciales de India y de la Unión Europea.

Como vemos, pues, el porvenir ineludible de la Luna es convertirse en una auténtica chatarrería cósmica, con lo que dejaría de ser una fuente de inspiración para poetas y gatos. Los selenitas, si existieran, andarían contentos con sus vecinos terrícolas, que todo lo ensucian cuando no lo destruyen.

viernes, 25 de agosto de 2023

Calor, sequía y demagogia

Este verano nos está castigando, hasta el momento, con cuatro olas de calor que han derretido el país como si fuera una tableta de chocolate expuesta al sol. No resulta extraño, por tanto, que encontráramos pegajoso el asfalto de algunas calles y carreteras de buena parte de España, esa en la que la poca sombra solo la proporcionan edificaciones o caseríos, que  permanecen recalentados hasta bien entrada la noche, por culpa de la falta de una cubierta vegetal y de  refrescantes superficies líquidas que han sido víctimas del progreso y la economía. Ni siquiera las urbes de la costa y los pueblos encaramados en las montañas se han librado del infernal azote de estos episodios extremos de calor, haciendo que, por ejemplo,  Zaragoza, Orense, Valencia o Bilbao, entre otras, suden la gota gorda durante el día y afronten noches tropicales como si de ciudades caribeñas se trataran.

No, no está siendo un verano agradable en cuanto a temperaturas se refiere, en contra de lo que afirmen los negacionistas del cambio climático, quienes consideran normal y propio de la época estos continuos episodios de calor asfixiante. La realidad y la estadística los rebaten. Porque, según los registros, el  actual es el peor verano de los últimos 80 años, y no sólo en Andalucía, alcanzando temperaturas muy superiores a los 40º C. en muchos lugares y por muchos días durante cada una de esas olas caloríficas. Tanto es así que el pasado mes de julio ha sido el más cálido del siglo, según la Agencia Estatal de Meteorología. Hay que tener en cuenta  que el calor provoca muertes. De hecho, la mortalidad asociada a excesos de temperatura arroja la cifra de más de 11.000 fallecidos a causa del calor durante el verano de 2022 en España. Es importante, pues, no ignorar los efectos letales de un fenómeno que es cada vez más recurrente en España.

Si se suma a estas olas infernales la falta de lluvias que padece el país desde hace años, la situación no solo resulta complicada sino que se torna verdaderamente alarmante. Me refiero  a lluvias persistentes, más en duración que en cantidad, habituales en otoño y primavera, y no a tormentas más o menos torrenciales que tal como caen se pierden por riadas y avenidas en el mar. Y es que, a pesar de las precipitaciones registradas a comienzos de año, nuestro país se mantiene en alerta por sequía y desertización. Una quinta parte de Andalucía, por ejemplo, sufre ya un proceso de alta erosión.

Sin embargo, tampoco convendría olvidar que la sequía es un fenómeno natural, consustancial al clima mediterráneo, que estamos acostumbrados a padecer de antiguo, y que da lugar a ciclos de escasez de agua que impactan de diversas maneras en la sociedad, la economía y el medio ambiente. Es decir, no se trata de algo nuevo. Es sabido, por quienes deberían conocerlo, que estamos expuestos a este clima mediterráneo y a la variabilidad natural de las precipitaciones. ¿Qué hemos hecho al respecto?

Pues esperar la sequía para implorar con rogativas y lamentos que llueva pronto. Es lo que hemos hecho en las últimas sequías de larga duración durante los períodos de 1979-83, 1990-95 y 2005-08. La actual, como cabía esperar, está dejando los embalses en mínimos históricos, y no, precisamente, porque esta sea una sequía mucho más acusada. Tanto la sequía o las inundaciones como el calor extremo son síntomas asociados al cambio climático, que altera los ciclos de precipitaciones y las temperaturas de forma significativa. De ahí que, en la actualidad, quede disponible poca agua embalsada y siga haciendo muchísimo calor. Y lo que es peor, no solo se vacían los pantanos sino que los acuíferos están prácticamente agotados. Consecuencia: nueve millones de personas de 600 municipios, principalmente de Cataluña y Andalucía, sufren este verano restricciones de agua de manera total o parcial. En Córdoba, sin ir más lejos, cerca de 100.000 vecinos de las comarcas de Los Pedroches y El Guadiato, incluyendo Pozoblanco, no disponen de agua en sus grifos y dependen de camiones cisternas, pues el pantano que los abastece, el de Sierra Boyera, ha sido el primero en secarse completamente en España. Y en el Parque Nacional de Doñana, la laguna permanente Santa Olalla se ha secado por segundo año consecutivo. Es evidente que los efectos de la sequía en la vida diaria de las personas, en la actividad socio-económica y en los sistemas ecológicos y la biodiversidad son considerables y sumamente perniciosos.

Pero no toda la culpa recae en la sequía. Para comprenderlo habría que diferenciar entre sequía meteorológica –provocada por la escasez prolongada de precipitaciones- y sequía hídrica –el agua disponible y su gestión-. Ambos conceptos guardan relación, pero no tienen necesariamente un efecto de causalidad directo (causa/efecto). Me explico: hay veces que una sequía meteorológica no provoca sequía hídrica. Y otras, en que llueve, pero es insuficiente el agua embalsada. Los que debieran conocerlo saben que la falta de lluvias no es exclusivamente la responsable de la escasez de agua. Gran parte del problema consiste en cómo la gestionamos y  gastamos.

En España, el principal consumidor de agua, con el 80 por ciento de la demanda, es la agricultura, un pilar básico de nuestra economía. Especialmente la agricultura de regadío intensiva e industrial. Otra parte del problema lo constituye el millón de pozos y regadíos ilegales que extraen sin control  agua de acuíferos, desecando ríos y humedales y acabando con las reservas hídricas para los períodos prolongados de sequía, como el que soportamos hoy en día. Un problema que se agrava por las fugas y pérdidas que se producen en la red de suministro de agua, infraestructuras cuyo deterioro hace que cerca del 20 por ciento del volumen total de agua embalsada se desperdicie por el camino. 

Confiar en que siempre acabará lloviendo y que tendremos agua garantizada para seguir gastando en nuevos proyectos agrícolas, industriales y urbanos es, desde cualquier punto de vista, más que una temeridad, una irresponsabilidad. No hay agua suficiente, y menos aun para seguir incrementando su consumo continuamente. Sin embargo, es lo que pretende la Junta de Andalucía al aprobar multiplicar la superficie de regadío y duplicar su demanda hasta 2027, “uno de los mayores crecimientos contemplados en toda Europa”, según la WWF, en el área de Huelva y la corona norte de Doñana. Ello depende de un trasvase desde la cuenca exprimida del Guadiana a la de los ríos Piedras, Tinto y Odiel, estas últimas gestionadas por el Gobierno andaluz.

Es verdad que estas cuencas de Huelva han sido las menos afectadas por la sequía, pero por primera vez se han visto obligadas este año a imponer restricciones al riego. Y aunque el trasvase sirva, como se esgrime, para alimentar el agua superficial y aliviar la presión sobre el acuífero casi extinguido de Doñana, permitiendo cerrar algunos pozos ilegales de la zona, los agricultores confían, como se les ha prometido, ampliar sus regadíos y que los regantes ilegales sean amnistiados. También la industria onubense aspira a que se ejecute el trasvase y se impulsen las obras de Bocachanza. Como prevén los naturalistas, nunca habrá suficiente agua porque la demanda aumenta en proporción directa a las capacidades y las promesas.

Mientras no hagamos un uso eficiente del agua y se adopten medidas sostenibles para su conservación, así como la adaptación de nuestro modelo productivo y económico al cambio climático, siempre seremos deficitarios del líquido elemento. Y más en un país como el nuestro, suscrito a las sequías y proclive al derroche de agua. Eso sí, siempre podremos elaborar campañas de concienciación sobre el agua en el ámbito doméstico (que consume el 10 por ciento del agua embalsada), cuyo ahorro, en el mejor de los casos, supondría sólo el uno por ciento del agua que se gasta en el país. Es lo que hace esa Administración regional que, paralelamente, aprueba ampliar regadíos. Pura demagogia.

domingo, 20 de agosto de 2023

Favorita de paz y tranquilidad

Descubrir un rincón que no conocías en un pueblo al que llevas más de 40 años visitando es inexplicable. O solo se puede explicar por la inopia del visitante, que regresa una y otra vez  a lo conocido sin explorar lo que se oculta más allá de sus narices. Es, justamente, lo que me ha sucedido. Constantina en una localidad enclavada en plena Sierra Morena sevillana, de por sí un lugar encantador, sosegado y abarcable con sólo recorrer su calle Mesones hasta llegar al Paseo de la Alameda y volver a bajar. Un recorrido sucinto para hallar dónde tapear, comer, comprar, charlar y ver lo típico de un enclave armonioso, con la torre erguida de una iglesia y un castillo derruido  en lo alto de un cerro.

Pero hay más. Mucho más que permanece velado a quien no se aventura a indagar más allá del escaparate urbano. Y no me refiero a los cercanos Ribera del Huéznar o Cerro del Hierro, ni a la fábrica de anisados La Violetera, como tampoco a dejarse embriagar por su vino Zancúo, sus famosos “faisanes” o cualquier elaboración casera y exquisita de venado o cerdo, que convierten a la localidad un destino gastronómico de enorme interés. Constantina tiene, además, un alma secreta que revela sólo a quienes buscan algo más íntimo y menos material, a los que persiguen el paraíso.

Porque a las afueras del pueblo, a sólo tres kilómetros en dirección hacia la Puebla de los Infantes, se halla un vergel, escondido de la vista tras una cancela señalada con un minúsculo rótulo que es imposible leer desde el coche. Se trata de un alojamiento rural de sólo seis habitaciones-apartamento que inundan al visitante de paz y tranquilidad. Es la Finca la Favorita, ubicada en pleno Parque Natural de la Sierra Norte, donde sólo se escuchan el piar de los pájaros, el zumbido de las abejas, el canto de los gallos y el balido de las ovejas.

Sobre el cielo puro de la sierra sobrevuelan majestuosos águilas o buitres, haciendo círculos hasta elevarse sin apenas mover las alas. A ras de tierra, encinas y alcornoques, olivos y almendros, junto a algún eucalipto altísimo e higueras despistadas, roturan las ondulaciones de las montañas hasta el horizonte.  El sonido del agua, increíble en esta época sedienta, que mana de fuentes en los  jardines y de las bocas y tinajas de unas piscinas transparentes y nada convencionales, consigue calmar la inquietud del espíritu y las prisas que pueda albergar el visitante.

Todo contagia al huésped de calma, paz y relax, haciendo de su estancia un reposo necesario y tonificante para el alma y el cuerpo. Todo contribuye a ello. No sólo el paisaje, sino también la decoración del inmueble, una hacienda restaurada con exquisito gusto para hacerla confortable y acogedora, junto a la amabilidad y hospitalidad que derrochan sus gestores, Ana y Javier, volcados en un proyecto hotelero y agrícola totalmente compatible con el entorno de un Parque Natural que hay que respetar y proteger. Y la mejor manera de protegerlo y conservarlo es haciendo un uso racional y sostenible de sus riquezas.

Para mí ha sido un auténtico placer descubrir este lugar idílico de una Constantina que desconocía. Un remanso inimaginable en medio de la naturaleza para disfrutar del privilegio de una paz plena. Días de silencio ensordecedor y noches pletóricas de estrellas. Nada más recomendable a quienes huyen del bullicio, los ruidos y las prisas en cualquier época del año. Ya estoy deseando volver. Es lo que me pasa siempre con Constantina y ahora, también, con la Finca la Favorita. Una experiencia inolvidable.