jueves, 30 de enero de 2025

La sanidad de los funcionarios

Tras unos meses de tensas negociaciones, el Gobierno ha cedido a las pretensiones de las aseguradoras que proporcionan a los funcionarios la posibilidad de ser atendidos en clínicas de la medicina privada. Disfrutan de ese privilegio desde antiguo y se consolidó con la democracia, cuando se creó Muface en 1975, la Mutualidad General de Funcionarios Civiles del Estado, un organismo público, dependiente en la actualidad del Ministerio para la Transformación Digital y de la Función Pública, que absorbió el mutualismo administrativo creado en el franquismo, cuando la Seguridad Social no era universal, cosa que se consiguió en 1989. Además de las prestaciones sanitarias, Muface gestiona el Plan de Pensiones de la Administración General del Estado, el mayor plan de pensiones de empleo de Europa. No es un gestor cualquiera, pero Muface se ha doblegado ante las aseguradoras.

Pero no todos los funcionarios pertenecen a Muface. Los funcionarios de Defensa y de Justicia disponen de sus propias mutualidades, con similar régimen. Un régimen, financiado con dinero público, que permite a sus beneficiarios elegir que las prestaciones sanitarias puedan recibirlas bien a través de su mutualidad, bien por el Sistema Público de Salud. Todo un privilegio exclusivo que disfrutan 1,5 millones (profesores, policías nacionales o funcionarios de prisiones) entre los 2.968.522 servidores públicos que hay en España. Un privilegio al que el resto de trabajadores (sean empleados públicos o privados) y, por supuesto, los ciudadanos en general no tienen derecho, aunque paguen los mismos impuestos.

La realidad es que, incomprensiblemente, el modelo Muface privilegia a unos trabajadores públicos frente al resto de trabajadores, en función de unos derechos bastante discutibles y, en todo caso, inaceptables, puesto que genera inequidad a la hora de ejercer el derecho a la Salud. Máxime si unos pocos utilizan la opción concertada para patologías menores y, para las graves y complejas, recurren a la sanidad pública, que debería ser la única financiada con fondos públicos.

Por lo que sea, el Gobierno ha cedido a las pretensiones de las aseguradoras, como Adeslas, DKV o Asisa (que atienden a más del 80 por ciento de los funcionarios que optan por la sanidad privada), aumentar en un 41,2 % la prima que cobran por prestar asistencia sanitaria privada a los funcionarios con cargo al erario público, cuyo montante anual ronda los 1.500 millones de euros. En un pulso inédito, el Gobierno había ofrecido en una primera licitación una subida del 17 % que las aseguradoras dejaron desierta porque, a su juicio, no cubría el déficit que venían arrastrando, a pesar de lo cual declaran cada año pingues beneficios. Ante el plante, el Ejecutivo ofreció entonces una subida del 33,5 % que tampoco fue aceptada. Hasta que finalmente se logró el acuerdo gracias a un incremento de la prima del 41,2 por ciento. Un "esfuerzo" económico que los funcionarios beneficiados han valorado positivamente, como cabía esperar, ya que les permite seguir disfrutando de un derecho privilegiado a la Salud durante los próximos tres años y no tener que engrosar las listas de espera de la sanidad pública, como objetaban.

El Gobierno arguye, por su parte, que ha garantizado la atención a los 1,5 millones de funcionarios y sus familias a través de la sanidad concertada. Lo que ni unos ni otros destacan es que con los recursos que se invierten en la sanidad concertada podrían aliviarse buena parte de los problemas que aquejan a la sanidad pública. De hecho, el Ministerio de Sanidad -ajeno en estas negociaciones- defendía en un informe que era "viable y razonable" absorber la asistencia sanitaria de esos funcionarios por la sanidad pública. Porque con un incremento del 40 por ciento del presupuesto en Sanidad podrían construirse más hospitales, contratar más médicos y reducir las listas de espera.

Pero, al parecer, han prevalecido los intereses particulares de las aseguradoras por encima del interés general de los ciudadanos, del mismo modo que se mantiene, también incomprensiblemente, la educación concertada en detrimento de la pública. Y es que, con el sistema de concertación de servicios, el Gobierno practica dejación de funciones en beneficio del sector privado, cuya máxima preocupación, como empresa, es la cuenta de resultados, como ha quedado meridianamente claro con estas estas negociaciones de Muface. Se perpetúa, así, la anomalía de financiar con fondos públicos el disfrute de privilegios por parte de una minoría selecta de ciudadanos, lo que genera desigualdad e ineficiencia para ejercer derechos básicos, como la Salud y la Educación, pilares del Estado del Bienestar.

El acuerdo de Muface satisfará a sus privilegiados beneficiarios, pero entristecerá al resto de la población, aquella que no es atendida en clínicas privadas con cargo al Estado. Un acuerdo que llega, precisamente, cuando mayor es el ataque dirigido contra la sanidad pública por parte de gobiernos autonómicos conservadores, empeñados en deteriorarla para obligar a sus usuarios a preferir la asistencia privada. Es triste constatar que, si ni siquiera el Gobierno central, presuntamente progresista, prioriza la sanidad pública, difícilmente se podrá proporcionar la mejor cobertura sanitaria posible, de manera universal y gratuita, a toda la población, sin demoras ni carencias. Y sin privilegios. .                 

domingo, 26 de enero de 2025

Mis vivencias en el Bellas Artes (II)

Es curioso que el Museo de Bellas Artes de Sevilla (MBAS) apenas disponga de obras de uno de los máximos representantes de la pintura española y la historia del arte occidental, como es el sevillano  Diego Velázquez, cuyos lienzos cuelgan, sin embargo, de las paredes del Ayuntamiento y el Hospital de los Venerables de la capital hispalense, además de los más importantes museos del mundo, como el del Prado, de Madrid, el Wellington y la National Gallery de Londres, el Metropolitano de Arte de Nueva York, la Galería Dora Pamphili de Roma o el de Historia del Arte de Viena, entre otros.

Esta insólita ausencia de Velázquez en el MBAS sólo es compensada por “Retrato de Cristóbal Suárez de Ribera”, una obra póstuma sobre ese sacerdote, que pertenece a la Hermandad de San Hermenegildo, y, desde hace poco tiempo, el cuadro “Cabeza de Apóstol”, que pertenece al Museo del Prado, que lo ha cedido en depósito mientras se conmemora el 425 aniversario del nacimiento del artista sevillano en la pinacoteca de Sevilla.

Y, precisamente, delante de esa “Cabeza de apóstol”, un óleo de pequeño tamaño, es donde me detengo sin prisas a contemplarla y admirarla, pues, para mí, es otra de las maravillas que alberga, al menos temporalmente, este museo que me impresiona sobremanera. Se trata de un cuadro pintado por Velázquez entre 1619 y 1620, que representa  la cabeza de un apóstol no identificado, en el que destaca un predominante color pardo oscuro, típico de la producción sevillana del joven Velázquez.

El genial artista, que a los 24 años se traslada a Madrid y es nombrado pintor de cámara del rey Felipe IV, pinta el rostro de un anciano, basándose probablemente en un modelo real, de faz enjuta e incluso sucia, con bolsas en los ojos, penetrante mirada y profundas arrugas en la frente, en el que el modelado del cabello y la larga barba, entremezclados de canas, recuerda al anciano del Aguador del mismo autor. Todo ello denota la ausencia de cualquier clase de idealización del personaje en la intención del autor y sitúa la obra en la órbita del naturalismo tenebrista, remarcado por la oscuridad del cuadro.

Esa oscuridad, conseguida mediante una gran economía de tonos cromáticos, recibe, sin embargo, una tenue luz, proveniente de algún foco situado a la izquierda, que incide en la zona derecha del rostro, dejando el resto en absoluta penumbra, y al que, por el contraste lumínico sobre el fondo neutro, dota de volumen, como si esos toques de luz lo modelaran hasta definir las peculiaridades de la piel, consiguiendo transmitir, en su conjunto, una sensación de naturalidad y vida.

Se percibe, además, que Velázquez empleó largas pero precisas pinceladas, propias de su genialidad, para pintar los profundos surcos de las arrugas de la frente y el cabello y las barbas, de manera similar a las empleadas en otras obras tempranas del autor. Tal técnica confiere carácter a la figura, transmitiendo esa sensación de naturalismo, del que Velázquez fue uno de los principales protagonistas.

No en balde Diego Rodríguez de Silva y Velázquez es el pintor más importante y reconocido de la historia del arte de España, siendo un maestro del realismo y de la técnica del claroscuro, con la que es capaz de capturar la luz y la sombra de forma asombrosamente realista. Su influencia en el desarrollo del género del retrato es reconocida, pues logra captar la personalidad y el carácter del sujeto, como lo atestiguan este cuadro de “Cabeza de apóstol” y demás retratos de la familia real española, que son considerados obras maestras del género y del arte en general.

No es extraño, pues, permanecer boquiabiertos delante de esta obra, como me pasa a mí.

sábado, 25 de enero de 2025

Cuando las paredes hablan

Para el que siente pasión por la escritura no existe mayor satisfacción que ver publicado lo que escribe, lo reconozca o no. Yo admito abiertamente sentirme muy feliz por dar a conocer un libro de relatos que explora las vivencias que experimentan los que sufren algún trastorno de la salud y los que los atienden y tratan en un hospital. Sentidas historias que se acumulan en silencio, cual capas de pintura, entre las paredes de cualquier habitación hospitalaria hasta que alguien se presta a escucharlas y, como en esta obra, pueden ser conocidas e incluso comprendidas.

Se trata del libro titulado, “Historias hospitalarias. Cuando las paredes hablan”, que acaba de salir de imprenta, publicado y distribuido por la Editorial Círculo Rojo (https://www.libreriaeditorialcirculorojo.com/producto/historias-hospitalarias-cuando-las-paredes-hablan/), y que también estará disponible por medio de Amazon.

Los relatos que contiene parten de la realidad a la que me he enfrentado durante cuatro décadas como profesional de Enfermería, pero reelaborados literariamente para ofrecer una perspectiva personal sobre situaciones que apenas son conocidas fuera de los muros impermeables de los hospitales. Historias que nacen de mi experiencia como sanitario y de la necesidad de contar, como periodista que también ahorma mi formación, lo que me impresiona, conmueve e influye de unos pacientes  que gritan con la mirada, sin pronunciar palabra, reclamando comprensión y ayuda en los momentos más indefensos y vulnerables de sus vidas.

Historias hospitalarias, cuando las paredes hablan es mi segundo libro de relatos, quizás el más personal y sincero, con el que, mediante escuetas pinceladas descriptivas, intento mostrar todo el  caleidoscopio de emociones que aflora, evidenciando miedos, angustias, expectativas y actitudes, en quienes se hallan encerrados en esos cubículos deshumanizados, asépticos y fríos de cualquier estancia hospitalaria, y que denota la calidad humana no solo de los pacientes, sino también de los profesionales encargados de atenderlos y cuidarlos.

En definitiva, es un libro de relatos que invita a reflexionar sobre la fragilidad de la vida, la empatía y la solidaridad humana, y que estoy seguro despertará la atención y el interés de cualquier persona sensible que lo lea, aunque no haya sufrido ninguna experiencia semejante ni como enfermo ni como sanitario, afortunadamente..  

martes, 21 de enero de 2025

Mis vivencias en el Bellas Artes (I)

Visitar un museo constituye siempre una vivencia sorprendente porque nunca te deja indiferente, para bien o para mal. Y las veces que esa vivencia decepciona es, principalmente, porque no sabemos lo que estamos viendo (sí, es un cuadro, pero poco más) o ignoramos el significado que guarda cualquier obra expuesta con la cultura en la que se encuadra. Es decir, no conocemos el valor artístico aunque sospechamos su importancia por el mero hecho de estar exhibida en un museo. Y es que sin un mínimo de conocimientos generales, máxime si se trata de arte, es difícil valorar la relevancia de nada, ya sea un cuadro, una escultura, una cafetera o un vino. Es una exigencia válida para la vida diaria que se adquiere con la experiencia o los estudios y lecturas. Solo así podremos apreciar el valor de cada objeto, sea artístico o no.

Y eso es, justamente, lo que me sucedió a mí. La primera vez que visité el Museo de Bellas Artes de Sevilla, en mis años mozos, salí frustrado a la media hora. Aquellas pinturas me resultaban tétricas, oscuras y propias de un anticuario o de una iglesia de fúnebre atmósfera. No me gustó nada porque yo era tan “moderno” que no entendía lo que estaba mirando. Aquel estilo (todas las obras me parecían del mismo estilo) de fondos negros, temas religiosos y marcos sobrecargados, me impresionó desagradablemente. Recuerdo que pensé que esto yo no lo colgaría en mi casa ni muerto. Ahora lo reconozco: era un paleto ignorante.

A lo largo de mi vida he visitado en múltiples ocasiones el Bellas Artes. Y cada vez me iba gustando más, hasta el punto de quedarme extasiado con algunas de sus obras, a pesar de seguir siendo un ignorante en historia del arte. Y esa historia del arte que se producía en Sevilla –que influía en otras corrientes artísticas de Andalucía y, al mismo tiempo, recibía influencias de esas y de otras extranjeras- es lo que se puede apreciar, sabiendo lo que vemos, en el Museo sevillano: la evolución del arte medieval hasta el moderno en pintura y escultura. A cada visita se despertaba mi admiración por alguna obra que anteriormente me dejaba indiferente

Por eso, hoy, quisiera dejar constancia de las obras que para mí suponen toda una sorpresa que me dejan con la boca abierta, que me impactan por la magistral ejecución con la que han sido elaboradas y por la que siguen despertando admiración al cabo de los siglos. Serán sólo tres ejemplos de las maravillas que atesora el Museo de Bellas Artes de Sevilla y que para este analfabeto en Arte constituyen muestras magistrales del arte sevillano a lo largo de su historia. Son éstas:

San Jerónimo penitente, una de las pocas esculturas que se conservan del italiano Pietro Torrigiano durante su estancia en Sevilla, a la que llega en 1521 hasta su fallecimiento en 1528. Es tan impresionante que se expone en solitario en una sala del museo. La obra, realizada en barro cocido policromado (material habitual en la Sevilla de los siglos XV y XVI), muestra al santo en tamaño natural, con una rodilla en tierra y portando una cruz en su mano izquierda mientras que con la derecha cobija una piedra con la que se mortifica, golpeándose con ella.     

Impresiona sobre todo la perfecta anatomía del cuerpo esculpido, con sus músculos y las venas que los recorren correctamente señalados, cuyo realismo despierta la emoción del observador. Para elaborarla, el escultor tomó de modelo a un viejo criado de unos comerciantes florentinos afincados en Sevilla, esculpiendo, así, un anciano fibroso y delgado, compacto pero no voluminoso, que mantiene una posición tensa en un equilibrio inestable. Aparte del impactante estudio anatómico, en la escultura destacan, además, su magnífica cabeza y los pliegues del paño, detalles todos ellos que dotan a la figura de una capacidad expresiva excepcional, lo que pone de relieve no solo conocimientos de la estatuaria clásica del autor, sino también su trabajo con modelos vivos y la formación adquirida a través de algunas de las mejores obras y autores del Renacimiento italiano.

Por ello no es de extrañar que esta obra, admirada por sus contemporáneos y elogiada por la  crítica artística posterior, causara sensación entre los artistas sevillanos de su tiempo, pues introdujo las formas plenamente renacentistas en la escultura sevillana. De hecho, ha servido de referente para cincelar anatomía en innumerables escultores de generaciones posteriores. Incluso, la imagen del santo esculpido por Torrigiano sentó un precedente y ha pasado a formar parte, desde entonces, de su iconografía a la hora de representarlo.

San Jerónimo penitente es, pues, una obra universal, referente de la Historia del Arte, que tenemos la suerte de poder admirar en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Para el crítico de principios del siglo XIX Ceán Bermúdez, no es solo “la mejor pieza de escultura moderna que hay en España, sino que se duda la haya mejor que ella en Italia o Francia”.

Conociendo estos datos, es fácil quedar fascinado ante una obra tan impresionante. 

domingo, 19 de enero de 2025

Un putero y violento en la Casa Blanca

No, no son ataques calumniosos hacia el flamante inquilino de la sede del Gobierno más poderoso del mundo. Es, simplemente, una manera vulgar -para que todos lo entiendan- de describir lo que fallos judiciales e imputaciones diversas han determinado sobre el delincuente que dirigirá los destinos de Estados Unidos de América (EE UU) e influirá en gobiernos de todo el planeta a partir de esta semana.

Aparte de ser el único presidente sometido a juicio político (impeachment) dos veces,  Donald Trumo es un putero porque una sentencia lo ha condenado por pagar 130.000 dólares, durante la campaña electoral de 2016,  a una prostituta para que guardara silencio, procurando camuflar el pago. Y es violento en tanto en cuanto intentó interferir en el resultado electoral de las presidenciales de 2020, que perdió frente a Joe Biden, al promover y apoyar el asalto violento y el caos desencadenado en el Capitolio para retrasar la certificación de aquellas eleccio0nes, y también por intentar anular su derrota electoral en el estado de Georgia ese mismo año.

Por ninguno de esos y otros delitos el ínclito presidente de los EE UU pisará la cárcel ni pagará multa, pero quedará señalado como el primer delincuente convicto que se sienta en el Despacho Oval de la Casa Blanca, desde donde dirigirá los destinos de su país e influirá en los del mundo entero durante los próximos cuatro años. Con todo, no son sus antecedentes penales lo más peligroso del mandatario estadounidense, sino sus intenciones políticas, de las que su pasado es señal de lo que nos aguarda.

Y es que Trump, de 78 años de edad, accede por segunda vez a la presidencia de EE UU con afán vengativo y dispuesto completar el programa radical que no pudo cumplir en su anterior mandato. Y lo hace desde la tranquilidad que disfruta por su inmunidad ante las causas judiciales que pendían sobre su cabeza y por el apoyo social y político que respalda su ideología populista de ultraderecha. Y que cuenta, por si fuera poco, con la bendición de la oligarquía tecnológica de los ultrarricos ultraliberales.

Es decir, Trump viene con más fuerza y más posibilidades que nunca para polarizar aun más su país y acabar de desestabilizar las relaciones y el orden internacional, en función de un proteccionismo comercial, los intereses nacionalistas de su política hostil a la globalización y las ambiciones empresariales de sus socios ultraliberales. Todo ello convenientemente elaborado con un relato antisistema, bulos y conspiraciones a mogollón y las siempre eficaces raciones de racismo y xenofobia. Una narrativa mediática con la que ofrecer hechos alternativos que sustituyan a la realidad para así controlar la interpretación de las políticas gubernamentales. Vamos, lo que ya hizo en su anterior etapa en la Casa Blanca, pero ahora con el añadido imperialista de anexionarse Groenlandia (tanto si se avienen a venderla como si no), incorporar Canadá como un estado más de EE UU y recuperar el control del Canal de Panamá, todo ello mediante presiones comerciales o el uso de la fuerza, si fuera preciso. Lo dicho: viene envalentonado.

No es difícil adivinar el comportamiento de Trump como presidente putero e irascible de la primera potencia mundial con solo recordar su anterior ejecutoria desde el 1600 de la avenida Pennsylvania de Washington. Sus impulsos son igualmente irascibles e inmorales. Porque lo primero que hizo la vez anterior fue desmantelar el programa de sanidad pública conocido como Obamacare (que no pudo derogar, pero sí erosionar). También mandó construir de manera inmediata un muro físico de 3.000 kilómetros, paralelo a la frontera con México, que impidiera la inmigración irregular procedente de su vecino del sur. Y ordenó suspender la acogida de refugiados de Siria, Irak, Irán, Libia, Yemen, Sudán y Somalia, en lo que se llamó la “prohibición musulmana”, con el fin de proteger al país del terrorismo extranjero. Además, firmó sendas órdenes ejecutivas para revisar las regulaciones medioambientales restrictivas que afectaban a varios proyectos de oleoductos. Y todo esto en sus primeros diez días de gobierno. Es así de impulsivo, como buen iluminado que se cree providencial.

Tan iluminado que no dudó en despreciar a la Unión Europea, donde se teme su nueva presidencia; descalificar a la OTAN y amenazar con salirse del tratado; no respetar a la ONU, a la que considera un “club de gente que se reúne para pasárselo bien”; abandonar la UNESCO; dar portazo al Consejo de Derechos Humanos de la ONU (UNHRC); dejar de contribuir con fondos a la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA); cuestionar a la OMS por supuesta “mala gestión” de la pandemia del SAR-Cov-2;  abandonar el Acuerdo del Clima de París para no comprometerse con las reducciones de emisiones contaminantes; desvincularse del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), etc.

Si añadimos a lo anterior sus preferencias por los líderes de fuerte personalidad pero poco recomendables, como el dictador norcoreano Kim Jong-un, el presidente ruso Vladimir Putin, el genocida israelí Benjamín Netanyahu; sus simpatías por el presidente turco Recep Tayyip Erdogan y sus amigos Jair Bolsonaro, Georgia Meloni, Javier Milei, Viktor Orbán, Nigel Farage, Éric Zemmour, Tom Van Grieken, Mateusz Morawiecki y Santiago Abascal, rancios representantes del populismo de ultraderecha que recorre el mundo e invitados ilustres a la ceremonia de toma de posesión, poco queda por decir de lo que nos espera en el nuevo mandato de Donald Trump, salvo que Dios nos coja confesados.

Nos aguarda un mundo menos seguro, en el que no se respete el Derecho Internacional, rija una economía de aranceles a la importación, el proteccionismo más aislacionista, la desregulación que favorece al poderoso, la injusticia social y racial, la amenaza en vez de la diplomacia y el desprecio a los Derechos Humanos en nombre de la seguridad..

Que un putero y violento, además de narcisista y embustero, magnate de los negocios que se jacta “saber más” que todos esos políticos “perdedores” que no tienen “ni idea”, siente sus posaderas en la Casa Blanca no augura nada bueno a nadie, excepto a la corte de multimillonarios de las `big tech´ que lo acompaña, adula y financia, y al que su trayectoria retrata con más fidelidad que cualquier biografía y dibuja el negro panorama al que nos enfrentamos desde hoy. ¡Ojalá me equivoque!